La problemática palestino-israelí en el Vaticano de la mano de Francisco
El escenario internacional que involucra a Oriente Medio es siempre complejo. La creación del Estado de Israel en 1948 no mejoró la situación de la región sino que creó nuevos conflictos.
La problemática de los palestinos que ocupaban los mismos territorios de la nueva nación no tardó en aparecer y persiste hasta hoy, sin haberse encontrado una resolución definitiva, solo armisticios temporales.
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Una de las alternativas era crear el Estado Palestino en la franja de Gaza, sin embargo el Estado de Israel resiste a este país emergente. Razones históricas, religiosas, políticas y raciales distancian a ambos pueblos desde hace siglos.
No obstante muchos países europeos y americanos, como la Argentina (en 2010) y el Vaticano (en 2012), han reconocido ya al nuevo gobierno palestino. Y paulatinamente Israel va quedando sin apoyos internacionales, aunque siempre cuenta con Estados Unidos, para expulsar a los palestinos de lo que es geográficamente su país.
El Vaticano comenzó a usar el término Estado de Palestina en noviembre de 2012, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció a Palestina como un Estado observador. El término Estado de Palestina aparece desde entonces en el anuario pontificio y fue utilizado en diversas ocasiones por Francisco durante su viaje a Tierra Santa y durante la oración interreligiosa por la paz de junio pasado. El miércoles pasado, sin embargo, fue la primera vez que el Vaticano usó la expresión Estado de Palestina en un acuerdo legal global entre las dos partes, hecho que fue considerado como un reconocimiento expreso. Se trata de un acuerdo que se firmará próximamente, dijeron en la Santa Sede.
Y es en este tema tan complicado que el Papa Francisco, en una ceremonia que significó un mensaje de esperanza y de paz para Oriente Medio, y de aliento para los cristianos que viven en esa zona castigada del planeta, canonizó a las dos primeras santas palestinas de la era moderna. Todo un gesto del Santo Padre que demuestra que jamás esquiva un problema, lo enfrenta e intenta mediar en él.
Se trata de dos monjas: la carmelita descalza sor María de Jesús Crucificado, cuyo nombre original era Mariam Baouardy (1846-1878), y sor María Alfonsina Ghattas (1843-1927), fundadora de las Hermanas del Rosario de Jerusalén.
La misa en la que se las canonizó tuvo lugar a pocos días del anuncio de un tratado bilateral global entre la Santa Sede y el Estado de Palestina y al día siguiente de que el Papa definiera al presidente palestino, Mahmoud Abbas, a quien recibió en audiencia privada y estuvo presente en la misa de canonización, como un ángel de paz.
Obviamente que este acercamiento no cayó nada bien en Israel, que sabe que Francisco es una personalidad muy reconocida en el mundo, a quien todos atienden, incluso en países de mayoría anglicana como Estados Unidos. Temen, en definitiva, que el Santo Padre sea la gota de esperanza que rebase un vaso que se viene llenando lentamente por parte de la comunidad internacional.
Una delegación oficial del Estado judío, no obstante, estuvo presente en la ceremonia solemne, así como una de Francia, Italia y Jordania. Junto a las dos primeras santas palestinas, en efecto, el Papa elevó al honor de los altares a otras dos beatas: Jeanne-Emilie de Villeneuve (1811-1854), de Francia, y María Cristina de la Inmaculada Concepción Brando (1856-1906), nacida en Nápoles. Como es tradición, el retrato de cada uno de las cuatro mujeres, cuyas virtudes el Papa destacó en su homilía, saltaba a la vista en tapices colgados en el frente de la Basílica de San Pedro.
Pero no todo terminó allí: al concluir la celebración, el Santo Padre pidió que a partir de ese momento se implemente un nuevo impulso misionero a los respectivos países de origen de las santas. Y planteó la dramática situación que viven los cristianos en Oriente Medio, especialmente por el conflicto palestino-israelí, pidiendo a los cristianos de esos lugares que tengan misericordia unos de otros. Eso en términos humanitarios y sociales; dicho en términos políticos, fue un llamado a Israel a seguir en la línea del diálogo con el Estado Palestino, con una mayor apertura a atender el reclamo que se le hace.
Antes de recorrer en papamóvil la Plaza San Pedro, donde entre las 50.000 personas presentes se destacaban más de 2.000 fieles venidos desde Palestina, Siria, Líbano, Jordania, Chipre, Túnez, Egipto, Marruecos e Irak, Francisco fue a saludar a Abbas con un abrazo. Los iraelíes se volvieron con la sensación de que el Papa nunca sería su aliado en la contienda con Palestina.
Este fue un gesto más de cercanía hacia el pueblo palestino, hubo otros antes: en su visita a Belén el año pasado, la ciudad donde nació Jesús, Francisco sorpresivamente hizo detener su papamóvil para rezar en silencio ante el muro de cemento lleno de grafittis que rodea la ciudad, construido por Israel hace varios años para defenderse de atentados terroristas. Todo un gesto inequívoco de que Francisco intenta promover el diálogo sin barreras y, sobre todo, sin enfrentamientos que lejos de definir un ganador tienen saldo de pérdida para ambas sociedades civiles.
Poco después, el Papa sorprendería al mundo al convocar a Abbas y a su entonces par israelí y premio Nobel de la Paz, Shimon Peres a realizar una oración interreligiosa para la paz en la región. La ceremonia tuvo lugar el 8 de junio pasado en los Jardines del Vaticano, cuando, junto al patriarca ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé I y el mismo papa argentino, plantaron un olivo.
La realidad es que, además de ser un promotor de la paz en Oriente Medio, el Papa Francisco es un defensor de la causa palestina y, así como intercedió para descongelar las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, ahora ingresa de lleno en este otro conflicto que el mundo no ha podido resolver en siglos.














