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La política mete la cola en el aeropuerto

10 de noviembre de 2018 a las 12:00 a. m.

Recrudeció el conflicto, siempre latente, entre Aerolíneas Argentinas y los gremios aeronáuticos, que llevaron adelante un paro (disfrazado de asamblea sindical) durante 10 horas, el pasado jueves, por el que hubo más de 240 vuelos cancelados y unos 3.000 pasajeros afectados.

La condición de “asamblea” que enarbolaron fue para evitar, en una primera instancia, la conciliación obligatoria porque, al fin, técnicamente no estaban de paro. Claro que estar en asamblea por 10 horas, con suspensión de actividades, en los efectos, se parece bastante a una medida de fuerza.

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La empresa le pidió al Gobierno su “urgente intervención” en el conflicto a lo que lo primero que respondieron las autoridades fue pedir información, ya que aseguraron desconocer los motivos de la medida de fuerza, la cual no fue informada previamente y que por tanto consideraron ilegítima. Y a todas luces, lo fue.

Con esta maniobra sorpresiva, un estilo bastante habitual por cierto, los gremios aeronáuticos lograron su objetivo: caos en los aeropuertos, cámaras de TV, gente ofuscada. Todo un cóctel explosivo que les resulta muy funcional a sus intereses pero que no considera la responsabilidad y lo esencial del servicio que brindan, mucho menos tiene en cuenta el perjuicio para los pasajeros; gente que viaja con chicos, con patologías, con compromisos laborales, personas mayores con chicos, personas mayores, todos varados con su equipaje a cuestas.

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¿Cuál fue el motivo de la asamblea con aroma a huelga? ¿Será que no están cobrando sus salarios? ¿Será para reclamar mayor seguridad en las aeronaves? Ninguna de estas dos alternativas, que realmente ameritarían un llamado de atención de este tipo.

Lo que hicieron los gremios de pilotos (Apla y Uala), la Asociación del Personal Aeronáutico (APA), los técnicos de Apta y la Unión del Personal Superior (Upsa) fue un despropósito, algo así como matar una hormiga con un camión de seis ejes. Resulta que el reclamo era porque en octubre no se aplicó la cláusula gatillo que ajusta el salario por inflación cada mes desde que se superó el 17 por ciento acordado en paritarias. La diferencia que ellos reclaman que no se vio reflejada en el recibo es del 6,5 por ciento. Una vez enterada la Aerolínea el motivo del paro, respondió que tal condición regía en el acuerdo paritario que venció el 30 de septiembre y que en estos momentos se negocia uno nuevo, que contemplará nuevas condiciones, y que regirá precisamente desde el 1º de octubre. Es decir mientras los gremios se consideran estafados, la empresa considera que obró de buena fe. En todo caso, es una cuestión de interpretación de la cláusula, que bien se podría haber zanjado mediante una conversación y sin llegar a este recurso extremo. Cabe aclarar, a su vez, que el salario promedio de estos empleados está entre los 100.000 y 200.000 pesos. Claramente, a ninguno le faltaba el pan en la boca por ese 6,5 por ciento, si es que al fin les correspondiera. 

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La verdad es que como medida es extrema, sin aviso y con una justificación muy relativa para trabajadores que perciben por mes entre 100 y 200 mil pesos. En este escenario, haber infligido semejante complicación a los usuarios no tiene explicación,   salvo que los gremios tengan otras motivaciones, políticas para ser más específicos, de generar malestar para con el oficialismo, en un momento en que atravesamos una crisis severa.

El presidente Mauricio Macri estaba visiblemente enojado por la situación y a la hora de argumentar cayó en un lugar común cuando de Aerolíneas Argentinas se trata: subsidios sí o subsidios no. Planteó que si solo el cinco por ciento de la población viaja en avión, por qué toda la ciudadanía tiene que pagar los subsidios para sostener a Aerolíneas. Y así pidió a los aeronáuticos que negocien pero “para funcionar sin pedirle plata al Estado”.

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Coincidimos con el presidente en su enojo por la medida de fuerza pero no coincidimos en la posibilidad de una aerolínea de bandera con subsidio cero. Pero para comprender nuestro punto, primero hay que disociar la idea del avión con lujo.

Una aerolínea de bandera, que trabaje a pérdida las rutas que por buscar rentabilidad otras empresas no cubren, presta un servicio esencial en un país como la Argentina que tiene una extensión enorme, donde ir por tierra del extremo norte al extremo sur demanda 52 horas (y unos 20.000 pesos) y que encima no hay trenes ni rutas en condiciones, mucho menos autopistas que unan tales distancias. Así como el servicio de transporte público de pasajeros es subsidiado por ser esencial, lo mismo debe suceder con los aviones que conectan la geografía argentina; ni hablar de los aviones de carga.

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No ignoramos que ahora tenemos las “low cost”, que están cubriendo como nunca antes las rutas nacionales y regulando el mercado a favor de los usuarios. Pero estos servicios terminarán haciendo las rutas domésticas que les den ganancias y si no les funciona el negocio, un buen día levantan la empresa y se van. De modo que la aerolínea de bandera como otros transportes internos deben recibir subsidios para cubrir esas rutas deficitarias, las que llegan a lugares recónditos del país, no precisamente turísticos.

Lo que resulta absurdo, en cambio, es subsidiar viajes internacionales, un boleto a Miami, a España u otros destinos. En este caso se trata de viajes que hacen varias aerolíneas y el usuario puede elegir en qué compañía volar, por lo que no es necesario subsidiar a Aerolíneas para que podamos viajar.

Una vergüenza lo de los gremios aeronáuticos, porque lo que hicieron fue totalmente político, innecesario moralmente el reclamo, con total de-saprensión por el perjuicio causado a los ciudadanos. Pero la respuesta de Macri también es vergonzante, porque denota ignorancia sobre el rol preponderante una aerolínea de bandera en un país de casi tres millones de kilómetros cuadrados, sin conexión ferroviaria y con rutas obsoletas.

Claramente el avión en Argentina no es un lujo sino una necesidad.

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