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La policía comunal, un camino certero y posible

01 de abril de 2014 a las 12:00 a. m.

Va avanzando en la Argentina la idea de la policía comunal. Se trata de un proyecto que ha atravesado diversas etapas, se han hecho pruebas en pequeñas localidades, se han dado pasos adelante y pasos hacia atrás. Pero finalmente, ante el auge del delito y el narcotráfico como un emergente de estos tiempos, se ha llegado a la conclusión que la concentración del mando en las capitales provinciales para la policía ha comenzado a no ser operativo.

También se tienen en cuenta casos internacionales, como la estrategia desplegada en Brasil para repeler la violencia en las favelas. El secretario de Seguridad de Río de Janeiro, José Benincá Beltrame, estuvo en nuestro país para relatar cómo se fue consolidando la idea de una policía local, de proximidad, y centró su exposición en el auditorio de la Universidad Católica Argentina sobre la experiencia desarrollada en esa ciudad brasileña para pacificar estos barrios que alguna vez fueron tildados como los más violentos del mundo.

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“Estoy de acuerdo con las policías municipales; los agentes tienen un área menor para trabajar y ayuda la proximidad que existe entre la comuna y la sociedad local, el conocimiento que tiene el intendente del lugar, de los habitantes y de sus problemas”, expresó Beltrame.

El carioca reseñó la situación de Río de Janeiro antes del lanzamiento del plan de policías pacificadores en 2009, cuando esa ciudad tenía un índice de 49,9 homicidios cada 100 habitantes. Casi cinco años después, la expectativa es terminar este año con una cifra como la que hoy tiene Rosario, es decir que su campo de acción era realmente adverso. No es para relajarse tampoco, porque de a poco, si no se pone un alto, podemos amanecer en medio de un territorio siniestro. Hoy, los municipios bonaerenses más comprometidos presentan tasas de entre 8 y 11 por cada 100, pero en ascenso.

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Para Beltrame, uno de los sucesos que generó mayor violencia en Río de Janeiro tuvo que ver con el enfrentamiento de bandas narco en busca de colonizar territorios ocupados por otros criminales. Algo que estamos viviendo en Rosario y en villas porteñas y del Conurbano, donde las bandas se enfrentan en busca de ampliar sus territorios.

Narró el funcionario brasileño que se estableció una verdadera guerra. “Río era una ciudad partida, la zona sur, con índices de criminalidad europeos, y otros lugares tomados como zona de guerra. Y como en toda guerra las bandas comenzaron a buscar mejores armas para imponerse a la otra facción. Así entraron los fusiles automáticos. La Policía también se convirtió en una fuerza guerrera; no importaba la seguridad pública sino combatir”, explicó.

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En 2009 se decidió modificar a fondo la estructura policial del estado de Río de Janeiro, con sus dos fuerzas, la Policía Civil, unos 12.000 hombres dedicados a investigaciones, y la Policía Militar, con 47.000 efectivos dirigidos a la prevención. Una de las claves que presentó Beltrame fue la coordinación de esas fuerzas que se veían con recelo, que se retaceaban informaciones básicas. Para conseguirlo se asignó a cada distrito policial un jefe de Policía Civil y uno de Policía Militar, que compartirían por igual éxitos y fracasos.

Reseñó Beltrame los cambios en los sistemas de control interno y detalló, además, el sistema de premios simbólicos y monetarios para los distritos que cumpliesen con metas de disminución real de delitos.

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Incluso se da una competencia entre distritos y cada seis meses se define qué sector trabajó mejor. La recompensa es una bonificación adicional de 13.000 reales para cada integrante de ese distrito ganador, desde el jefe hasta el agente y desde el especialista hasta el cocinero. Todo un estímulo para cualquier trabajador.

Y llegó luego el momento de ingresar y permanecer en las favelas tomadas por los narcos, con la idea de que “sin seguridad pública no hay otros derechos posibles”. De esto podemos dar fe con lo que está sucediendo en estos días con la ola de linchamientos. La sociedad no ve la mano del Estado velando por su protección, tampoco un gesto de asimilación del problema o de condolencia, porque de eso la presidenta no habla. En consecuencia, el ciudadano se muestra dispuesto a ocupar ese rol, asume -sin estar preparado y sin corresponderle- una potestad que es del Estado, como lo es la seguridad. Un horror que no puede continuar, sería la sepultura del contrato social para pasar a vivir como animales. Pero para que esto cambie, el primer paso es que el Estado asuma y actúe con mayor efectividad.

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En Río se dio un período de ocupación militar de algunas favelas, situación que se produce nuevamente en estos días. Para Beltrame, ese uso mayor de la fuerza tiene razón de ser durante un lapso breve para permitir la instalación de los pacificadores.

En Argentina, la presencia de una policía comunal a la que también se le afecten recursos, supondría una mejor administración de los mismos. Ya lo decíamos en nuestro informe central de ayer: para la Provincia, Pergamino prácticamente no existe en el mapa delictivo bonaerense, lo que explica que a la hora de recibir recursos humanos y logísticos seamos últimos orejones del tarro. No obstante, para los vecinos, la inseguridad se percibe creciente, amenazante, como si todos estuviéramos en lista de espera. Mucho más le duele el “no existir” para el Ministerio de Seguridad a aquel que sufrió en carne propia la violencia, el robo, el arrebato, la impotencia del desvalijamiento del hogar que llevó años montar. Por eso, una policía próxima, que afecte recursos con criterio, conocimiento y pertinencia, sin tener que relativizarse con distritos más complejos, sería un cambio para mejor. 

La Argentina necesita de la policía comunal, porque si bien nuestra realidad no es idéntica a la brasileña que es claramente más grave, a medida que se siga incrementando el delito y se expanda el narcotráfico, vamos a tener que tomar serias medidas y la descentralización de las fuerzas de seguridad puede mejorar la situación.  

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