La pobreza estructural que reemplazó a la movilidad social ascendente
No vamos a plantear una problemática nueva, más bien vamos a hablar de una situación que se fue consolidando en los últimos 50 años en la Argentina, sin que ninguna administración, ni las que se autodenominaron más populistas, haya podido solucionar: la pobreza sistémica, estructural. La que se pasa de generación en generación, abuelos pobres, padres pobres e hijos y nietos pobres.
Este drama que, como diagnóstico en línea gruesa, nace de la falta de oportunidades y no muere a manos de un plan social o una asignación (cuya finalidad es paliativa). Tiene que ver con la desaparición de la movilidad social ascendente que alguna vez supimos tener y que ningún gobierno logró que retornara.
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Hubo mandatos más populistas u otros más liberales, los primeros más distribucionistas de ayuda social y los segundos más duros a este tipo de programas. Y del mismo modo, unos y otros, no solo no lograron revertir el paradigma sino que aumentaron el número absoluto de pobres. Es decir que ninguna administración del último medio siglo puede jactarse de haber combatido la pobreza. Si lo intentaron, no fue con éxito, a la luz de las actuales estadísticas.
Un documento elaborado por la filial local de Unicef titulado Bienestar y pobreza en niñas, niños y adolescentes en la Argentina pone el tema de la pobreza sobre la mesa, así como el mes pasado lo trajo a colación el Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina. Y lo más terrible, en los números que vamos a analizar, es la cantidad de niños que pasan distintos grados de privaciones. Cuando pensamos que esto les sucede a quienes son las próximas generaciones, no podemos menos que preocuparnos hondamente y sensibilizarnos frente a criaturas que no tienen cosas elementales para su desarrollo saludable.
De acuerdo con Unicef, cuatro millones de chicos sumidos en la pobreza es el saldo del cierre del año 2015. Esto significa que tres de cada 10 niños son pobres en la Argentina. Pero hay un número más preocupante aún: cerca de 1,1 millones de esos chicos de entre 0 y 17 años subsiste en la pobreza más extrema.
En el análisis no sólo se trata de los ingresos familiares sino de un enfoque multidimensional donde ingresan no sólo las carencias de tipo alimentaria, también están las otras, que la misma pobreza trae consigo y que son parte de una situación que transforma en estructural esa condición.
Hay dimensiones asociadas a la pobreza: la nutrición, salud, educación, información, saneamiento, vivienda, ambiente, violencia, trabajo y juego e interacción. Si bien la primera asociación con la pobreza es el hambre, según Unicef en nuestro país la nutrición básica no encabeza las necesidades, aunque resulte extraño: es la información la primera necesidad negada a nuestros chicos. Quizá porque la pobreza núcleo o estructural termina siendo una condición permanente que se rodea de una cultura propia.
Dice el estudio que entre un 18 y un 22 por ciento de los niños que no son pobres por ingresos sí lo son por dimensiones no monetarias. De acuerdo con la medición de Unicef, las privaciones en información: acceso a Internet, TV, teléfono fijo y móvil, computadora son un factor que genera esa cultura de la pobreza, o mejor dicho, la carencia de estos factores. Aunque parezcan elementos triviales frente a un plato de comida o la atención médica, esta falta de acceso a la información o a la comunicación, son cuestiones determinantes de cara al futuro de esos niños. Si no se suplen estas falencias, aunque estén alimentados y sanos, seguirán siendo pobres.
Cuando la Argentina tuvo aquella fabulosa movilidad social, sobre todo en la primera mitad del Siglo XX, el factor determinante fue la escuela pública, la universidad pública, que permitió a los hijos de ignorantes y analfabetos, muchos de los cuales sobrevivían merced a sus oficios, ser profesionales. Fue así que la Argentina tuvo una de las clases medias más fuertes y consolidadas de América Latina, por no decir la única.
La situación educativa es clave a la hora de lograr romper esa pobreza estructural que se fue haciendo sistémica en la Argentina, varias generaciones que nacieron en la pobreza, no llegaron más que a cumplir la primaria y a veces incompleta, obtienen trabajos poco valorados económicamente y sus hijos siguen sus pasos. Por eso insistimos la educación es clave para romper el círculo de la pobreza núcleo, ya que lo más probable que una familia caiga en la pobreza cuando el jefe de hogar no terminó la escuela primaria. El asilamiento (por la concentración de oportunidades en grandes y pocas urbes) y la falta de infraestructura básica en puntos relegados de nuestra geografía son otros aspectos condicionantes de la pobreza en Argentina, que ningún gobierno atinó a resolver. Y lo decimos, sostenemos y afirmamos con vehemencia porque es fácil de inferir: cualquier acción destinada a resolver de cuajo estas problemáticas y a partir de ello erradicar la pobreza demandaría no menos que una década. Y claro está, lo sabemos todos, que ningún presidente, gobernador, intendente en este bendito país planifica más allá de la próxima elección, y si lo hace y no consigue una reelección, de seguro quien lo reemplaza no continúa con los proyectos de su antecesor. Esta, lamentablemente, es la lógica de nuestra dirigencia política, con muy pocas y honrosas excepciones. Esta es la inercia que hay que romper en la Argentina.
Y si bien el kirchnerismo estuvo -con sus variantes- 12 años en el poder, los números al cierre de su último mandato, sean los de Unicef o los de la UCA, demuestran que fracasaron en este sentido: el 30 por ciento de los niños es pobre, al igual que más del 25 de la población en general. Una prueba cabal de que el progresismo quedó solo en el relato. Porque no hay que llamarse a engaños: la ayuda social puede paliar situaciones de pobreza o indigencia, o que el pobre tenga un mejor pasar, pero no lo saca de pobre, no le resuelve el problema de fondo. Es necesario el asistencialismo y también es bueno y procedente cuando es el bastón en un camino hacia. Seguirá siendo necesario pero pasa a ser negativo cuando se convierte en medio de vida; esa es la forma en que la pobreza pasa de generación en generación.
El gobierno actual se ha puesto una vara demasiado alta para los tiempos que corren: pobreza 0 roza más la utopía que un proyecto para un mandato de cuatro años. Macri se encargó de aclarar que se trata de un enunciado que define un lineamiento de trabajo y no de una promesa literal. El tema es que para poder lograr modificar el paradigma de la pobreza en Argentina hace falta que toda la dirigencia vaya en el mismo sentido, con el mismo plan de acción, con un proyecto serio e integral, pensado para trascender los partidos y sus candidatos. Si no es de este modo, se seguirá asistiendo a los pobres para que sigan siendo pobres, lo que nos lleva a pensar si no es esa la condición que más beneficia a la clase política, por ello la falta de un trabajo serio al respecto.
Haber hablado de pobreza 0 deja a Macri siempre al límite de la condena porque se le endilga una interpretación literal y sabido es que no lo va a lograr en cuatro años. Triste, porque los políticos que lo atacan con este ardid entienden perfectamente a qué se refiere el presidente, pero prefieren sacar rédito político, dejándolo en el absurdo.
Vivimos en uno de los países más ricos del planeta, con educación pública y gratuita en todos los niveles, sin conflictos bélicos en el territorio desde hace tiempo, con biodiversidad y reservas propias de agua dulce (el gran problema del futuro cercano). Pero tres de cada 10 niños argentinos son pobres. Señores políticos, de ayer y de hoy: han hipotecado nuestro futuro por las próximas generaciones. Tienen una deuda con esta sociedad, a la que han condenado a la pobreza por su ambición desmedida, más que por impericia, porque siempre han sabido bien lo que estaban haciendo y lo que dejaban de hacer. De una vez por todas, sean patriotas y no trabajen para la próxima elección sino para la gente que los tiene que elegir.
















