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La Pascua de Resurrección como invitación al hacer

17 de abril de 2022 a las 12:00 a. m.

A escala global, la Pascua de Resurrección este año encuentra al mundo en una situación de guerra. La invasión de Rusia a Ucrania atraviesa todas las geografías por sus implicancias y en términos reales muestra cómo se ha deshumanizado la relación entre los hombres y cómo la acción desmesurada puede conducir a la barbarie. Las apelaciones de los principales líderes del mundo e incluso el llamado a la Paz formulado por el propio Papa Francisco no han encontrado aún el eco necesario para dejar atrás una escalada de violencia tan hostil como innecesaria.

A nivel del país, esta fecha religiosa sucede en un momento sumamente complejo, signado por la inestabilidad económica, las inequidades cada vez más profundas y una sensación de pérdida de rumbo que afecta al conjunto de una sociedad agobiada por una crisis que promete profundizarse.

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En el pago chico, sin ir más lejos, las problemáticas que aquejan son aquellas que hasta hace poco parecían reservadas solo a las grandes urbes y que hoy, sin embargo, están instaladas como un destino inevitable.

En este contexto, el tránsito por la Semana Santa fue un tiempo reservado a los fieles, a aquellos que viven la Cuaresma con verdadero sentido cristiano e intentan trasladar a la vida de todos los días eso que viven en el templo. Para el resto y desde hace ya bastante tiempo, el mensaje queda en un segundo plano y estas jornadas se viven más como un momento de descanso o como un paréntesis que incentiva la distracción y el turismo. En el mejor de los casos, recupera la costumbre de la reunión en familia.

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A contracorriente de lo que sucede, y a la luz del difícil momento que atraviesa la humanidad en todas sus dimensiones, la Pascua de Resurrección, debería servir para eso: para disfrutar de lo que se ha instalado como costumbre en la vida moderna, pero también como un tiempo de reencuentro con la esencia de lo que esta fecha significa en términos de espiritualidad, no de manera utópica, sino anclada en lo real.

Si pudiéramos mirar el mundo y establecer las relaciones bajo el prisma que propone esta celebración religiosa, quizás podríamos nutrir al presente de esa necesaria cuota de esperanza que posibilita "mirar al otro de un modo diferente" y construir el futuro desde la empatía. Parece ingenuo el pensamiento, sin embargo, si esta pauta se traslada en la pequeña y en la gran esfera a las acciones de todos los días, quizás podamos salir de todas las crisis que atravesamos fortalecidos y hermanados. Para eso hace falta tomar conciencia real del rol de cada uno en la transformación y del valor que tiene el buen obrar para sí y para el prójimo.

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Este año, la Cuaresma tomó como consigna: "No nos cansemos de hacer el bien, porque si no defallecemos, cosecharemos los frutos a su tiempo. Pero mientras tanto, tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos". Y la Pascua, desde este lema aparece como una invitación porque propone un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria y una oportunidad propicia para la reflexión. 

El concepto de siembra y cosecha, tomado de la parábola del apóstol San Pablo que guió el tiempo de Cuaresma, es la metáfora apropiada para transitar este tiempo porque sugiere volver a lo esencial desterrando todo vestigio de individualismo y atropello. Invita a recuperar la paciencia del agricultor, en un mundo en el que con demasiada frecuencia prevalecen la avidez y la soberbia, el deseo de tener y acumular, por sobre la voluntad de dar y compartir. Quizás como ninguna otra efeméride religiosa, la Pascua de Resurrección es una invitación a recuperar la escucha atenta, para madurar en una solidaridad genuina. Y también una convocatoria a sembrar el bien, algo que parece haber quedado de lado en un mundo en el que el individualismo se impone. Aquella frase que habla de la "gran nobleza" como "aquella cualidad que tiene aquellos que son capaces de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros con la esperanza puesta en las fuerzas del bien que se siembra", parece ser hoy un mensaje olvidado por aquellos que tienen responsabilidad de impulsar las construcciones colectivas. Quizás este es el tiempo de volver sobre esa premisa, sembrar el bien sabiendo que con esa acción en la "micro" y en la "macro" esfera se dejan de lado las estrechas lógicas del beneficio personal y se abren horizontes más benévolos para la humanidad.

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El significado simbólico de este tiempo que invita a "sembrar lo corruptible y resucitar incorruptible; sembrar lo débil y resucitar lleno de fortaleza", es una apelación a volver a una espiritualidad que conduzca las acciones personales y colectivas hacia la esperanza "esa gran luz que Cristo resucitado trae al mundo" y que para quienes creen resulta tan reconfortante como motivador. Y para quienes no lo hacen, sirve de propuesta a una acción terrenal desprovista de sentido religioso, pero no eximida de posibilidad porque la premisa de este tiempo de resurrección de "no cansarnos de hacer el bien" es una propuesta capaz de incluir a todos y erigirse como arma frente a la amarga desilusión por tantos sueños rotos, frente a la preocupación por los retos que nos conciernen, frente al desaliento por la pobreza, 

La Pascua de Resurrección y lo que antecede a ella, nos recuerdan cada año que "el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día". Quizás, sea tiempo de no desistir en hacer el bien, un paso tras otro, hasta por fin construir ese mundo que anhelamos y esa vida que nos merecemos, lejos de la hostilidad que nos muestra la realidad todos los días. Que para todos, este tiempo sea, una invitación a recrear la esperanza. Felices Pascuas.

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