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La Navidad entre el agobio por la crisis y la esperanza

22 de diciembre de 2023 a las 12:00 a. m.

La llegada de la Navidad es quizás el momento del año que más propicia la reflexión sobre la esperanza. El nacimiento aparece como símbolo y como promesa que alcanza no solo a la comunidad cristiana sino al conjunto social porque invita a mirar el futuro con una mirada ilusionada. Más allá de la pertenencia religiosa, la fecha llama a la unión y acerca los mejores valores desde los cuales edificar el porvenir.

Esta Navidad encuentra al país sumido en una profunda crisis, definida por los propios gobernantes como "un drama social con pocos antecedentes conocidos". La consecuencia de este diagnóstico se siente no solo en la economía cotidiana sino en el sentir de una ciudadanía que se aferra a lo que puede para no caer en la desesperanza. El descalabro de años de políticas erráticas ha dejado más deudas que recompensas y eso afecta el modo de percibir claramente cómo será el futuro. Todo genera un clima de descontento y agobio que amenaza la paz. En este escenario, la Navidad, lejos de una mirada ilusoria, desde el punto de vista simbólico, es la oportunidad para recrear la armonía, esa condición sin el cual no hay vida en democracia posible. Son diversas las voces que por estas horas señalan que es necesario "pacificar el clima social" y como nunca esta consigna irrumpe como un imperativo.

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Con un gobierno nacional dando sus primeros pasos, con el reclamo social instalado en las calles, y con la cautela de no saber aún que rumbo tomará el país, la sociedad sigue inmersa en la grieta, ideologizada y dañina. La Navidad brinda una posibilidad de tender lazos allí donde hace años se han roto puentes. Para cruzar y estrechar un diálogo genuino, empático, de convivencia colectiva en la disidencia y la diversidad.

La sociedad se ha dispuesto a iniciar un camino que se anunció será sinuoso. Ha tenido determinación para tomar esa opción y ahora se requiere de templanza para transitarlo sin más dilaciones. Hay quienes aventuran que pronto vendrá el desencanto. También están los que afirman que no había otra dirección posible. Entre unos y otros hay una distancia llamada a acortarse porque cualquier transformación que se pretenda duradera, requerirá de todos.

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El clima de la Navidad convive con la esperanza y la desazón. Una mirada retrospectiva, de esas que a menudo se realizan en esta época del año como ejercicio para mensurar el peso del balance, muestra que hace apenas un año, el desempeño de Argentina en el campeonato mundial de fútbol le había devuelto al país la esperanza y todo era algarabía. Se había producido un acontecimiento que el colectivo social vivió como una gesta. Doce meses después, nada de lo que se vive en lo cotidiano se parece a esa épica. Hay que recrearla, valerse de esos ejemplos cercanos para traer nuevamente al imaginario colectivo la importancia de la tarea compartida, del esfuerzo sostenido entre pares.

Lamentablemente, con el tamaño de la crisis, se profundiza el individualismo y se impone el viejo "sálvese quien pueda". Quizás sea tiempo de recrear aquella convicción de que las dificultades pueden sortearse con templanza y valerse de ella para sortear la adversidad y por fin edificar un sueño colectivo.

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Cuesta mucho alzar esos pilares en la incertidumbre. Ni siquiera la contundencia del resultado electoral consiguió construir una épica. No hay una Argentina abrazando un anhelo común. Hay apenas una aceptación de las circunstancias y cierta cuota de tolerancia llamada a no desvanecerse.

En tiempos de Navidad, volver sobre la imagen del nacimiento propone, en lo simbólico y en lo real una oportunidad, de encontrar otras causas a las cuales aferrarnos para seguir multiplicando la certeza de que solo se construyen cosas buenas estrechando lazos.

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Socialmente es urgente hallar un lugar donde recrear la esperanza colectiva. Encontrar motivos que convoquen y alberguen la convicción de que hay un país posible y viable. Que el pago de las consecuencias finalizará y será posible inaugurar un camino virtuoso que deje atrás el derrotero de sufrimiento, postergación y exclusión que devuelva esa "argentinidad" de la que alguna vez estuvimos orgullosos.

Esta Navidad se vive en un contexto social en el que el común de la población transita entre la frustración, el cansancio y la expectativa. Se requiere de mucha empatía por parte de los líderes y prudencia. Hay una sociedad que debe recuperar la confianza en su capacidad de recomponerse para volver a estar de pie. Pero son muchos los caídos y frente a ellos la mirada empática cobra un valor superlativo. Como quedó de manifiesto hace un año en el mundial, se requieren liderazgos generosos y potentes, de esos que recrean la fuerza transformadora que da el empuje necesario para sentir que pronto, habrá recompensa.

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La Navidad convoca esa esperanza que como sociedad estamos llamados a recrear para hacer de ella el deseo que motoriza una tarea que no es individual sino colectiva.

Como cada año, vaya desde aquí el saludo a cada uno de nuestros lectores, y el deseo de que estos días de celebración nos encuentren unidos, recreando la potencia transformadora de esa esperanza llamada, por fin a nacer y a perdurar para acompañarnos en el camino.

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