La mano que mece la cuna
Lamano que mece la cuna, es la mano que gobierna al mundo, dijo Christopher W.S. Ross. La frase es de un alto funcionario del gobierno de los Estados Unidos y diplomático de su país. Y es el disparador de las más diversas ideas respecto de la importancia futura del vínculo del niño con su madre, cuyo día en Argentina se celebra hoy.
Es indudable que, en un análisis llano, todos hemos sido formados por una madre, con sus formas, sus dichos, sus valores. Desde el más humilde albañil hasta el hombre más poderoso del planeta reconocen el sello que en la infancia dejó su mamá. Haya sido más cariñosa, más severa, tierna o fría.
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Cada ser humano lleva la impronta de una madre, de vientre o sustituta, no es eso lo que importa, porque el acto de adoptar es de un amor infinito también, tal vez mayor al biológico en el que no siempre preexiste una elección, a veces ni siquiera una vocación.
La relación que se establece entre madre e hijos tiene canales invisibles, no cuantificables sólo en abrazos o reprimendas, hay complicidades nacidas desde lo más hondo de la sangre y momentos que marcan de por vida. Por eso la frase de Ross despierta a muchos análisis, como el de ponernos a pensar cuánto incide una mamá en el futuro de sus hijos. Claramente más que haber elegido el mejor colegio o haber accedido a una beca en una renombrada academia mundial. Porque es esta mujer la que moldea excluyentemente los que han sido revelados como los años más importantes de todo ser humano, cuando se forma el carácter, cuando se generan los resortes de las responsabilidades y donde se aprende del amor, del dolor y del poder. Nada más ni nada menos.
Las madres actuales que no pueden dedicar todo el tiempo a sus hijos, porque trabajan a la par del marido, o porque son jefas de familia, pueden incurrir en el error de no valorar su rol de formadoras al rescindirlo a manos de cuidadoras alternativas. De lo que se trata el desafío de ellas hoy es entonces ofrecer mayor calidad de tiempo, al no poder ofrecer más cantidad. Buscar los ratos cuando vuelven de sus tareas para estar, para sentir a sus hijos, aunque estén agotadas de cansancio. Aprovechar los fines de semana para seguir tejiendo esa convivencia que une lazos afectivos, que son tan importantes en la primera infancia.
Pasados esos primeros años, la cosa no se pone más sencilla. Por el contrario, las madres de adolescentes se han tenido que convertir en virtuales escudos para sus hijos que empiezan a ampliar sus libertades. Cuando antes llegaba el momento de comenzar a soltar la mano, ahora llega el momento de tomarla más que fuerte que nunca para protegerlos de la droga y la violencia que hay en las calles. Por eso escuchamos a tantas madres afirmar que cuando sus hijos salen no duermen hasta que vuelven y los ven sanos y salvos.
En Argentina tenemos un grupo que es el emblema al mayor dolor que puede afrontar una madre: la muerte de su hijo o el solo hecho de no saber dónde está. En ellas, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, se hace visible el calvario. Y en estos últimos años ha aparecido una nueva versión de ellas: las madres del dolor, aquellas que perdieron sus hijos por una bala perdida, a manos de una patota o de un conductor irresponsable.
No debe haber peor dolor que perder a un hijo, en cualquier circunstancia, una enfermedad, un accidente, un ataque callejero, en medio de una tortura. Lo que importa es ese nido vacío para siempre que deja ese retoño muerto.
Por eso es tan importante preparar de niños a los hijos para el mundo que deben enfrentar, el real, el que vivirán cuando salgan a la calle, donde encontrarán gente en quien poder confiar y otros que mejor dejar atrás. Que sepan que hay afuera un mundo cada vez más violento y competitivo y que será el trabajo y el estudio el que les permitirá abrirse a un destino más importante.
No es sencillo en una sociedad que ha ido perdiendo valores, pero sólo las madres que mecen la cuna pueden ayudar a recuperar, nadie dijo que es fácil, pero no es imposible.
Como decíamos al comienzo, cada madre deja en nosotros una marca indeleble, imperceptible a la vista pero alojada en nuestra conciencia y nuestro corazón, los que aún disfrutan de su madre pueden reconocer, por momentos y en gestos cotidianos, esos sellos imborrables. Y para quienes la han perdido, no hay más consuelo que el saber que se ha cumplido la ley de la vida, partiendo ella primero, jugando quizás en el último tiempo a un intercambio de roles, a ser la madre, siendo el hijo, para cuidarla, hasta el adiós definitivo.
Para todas las madres, las que trabajan, las profesionales, las obreras, las ejecutivas, las docentes, las enfermeras, las madres-padre, las artesanas, las escritoras, las que abrazan a sus hijos como si fueran ramilletes de flores aromáticas, las que se desvelan, las que sufren, las que ríen con esa sonrisa amplia y amigable, las que esperan preocupadas, las que siempre huelen a comida casera y las que están obligadas al delivery; para todas, madres de vientre y del corazón: ¡Feliz Día de la Madre!














