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La malnutrición, un problema que afecta el capital humano de un país

28 de abril de 2019 a las 12:00 a. m.

La malnutrición, con su consecuencia en los extremos de obesidad o desnutrición, es un problema que atraviesa a la sociedad en su conjunto y tiene impacto por diversas causales en todas las escalas sociales. Esto señala un problema social de los más graves que debe enfrentar el país, aunque poco se habla de ello. Es un flagelo que encierra por un lado un problema de falta de educación alimentaria; y por el otro, en el caso de los sectores más vulnerables muestra las caras de la de-sigualdad con trágicas consecuencias, fundamentalmente en la infancia por sus implicancias en el desarrollo físico y cognitivo.

En la pobreza, la problemática se expresa con una crudeza que alarma. Los problemas de nutrición son una constante y hablan de la escasez de alimentos- marcada en los sectores que sumidos en crisis estructurales no tienen acceso ni a lo mínimo para establecer una correcta alimentación- y del acceso a productos de baja calidad nutricional y pobres en nutrientes esenciales. Es más común de lo que se querría ver niños gordos y desnutridos en las barriadas de cualquier pueblo del país ante el argumento negador de gobernantes que aseveran que todas las familias carentes de recursos económicos acceden a programas sociales y planes para hacer frente a la pobreza que los agobia. Lo que nadie repara es en la calidad de los alimentos a los que tienen acceso, generalmente ricos en hidratos y pobres en proteínas. Y aunque en algunos lugares desde el propio Estado y desde varias organizaciones se proponen talleres de nutrición destinados a las madres, la estrategia no está lo suficientemente extendida como para alcanzar a todos, atendiendo además que es complejo llegar con este tipo de mensajes a quienes no cuentan ni siquiera con lo mínimo para asegurar la subsistencia.

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La escasez de comida nutritiva o el consumo repetitivo de alimentos que no aportan los nutrientes necesarios, tiene un impacto comprobado en el desarrollo de los chicos, en la inteligencia y en todos los aspectos de la vida humana. En este punto radica la importancia de reflexionar sobre esta cuestión sin hipocresía. Porque los problemas de talla y peso hablan mucho más que de alimentación. Muestran la cara que la propia sociedad muchas veces no quiere ver. Son varios los referentes que trabajan socialmente en estos temas los que aseguran que para tener educación hay que tener cerebro y para ello la buena nutrición resulta fundamental. Es impensable tener niños con un funcionamiento cognitivo pleno si en la primera infancia no son alimentados correctamente y si las madres tampoco tienen acceso a los nutrientes indispensables durante la gestación o el amamantamiento.  La ciencia señala que la formación del sistema nervioso central está determinada en los primeros dos años de vida. Si durante ese lapso el niño no recibe la alimentación necesaria, se detendrá el crecimiento cerebral, afectando su coeficiente intelectual y capacidad de aprendizaje.

Los datos difundidos hace un par de semanas por Unicef en Argentina el 42 por ciento de los niños, niñas y adolescentes vive bajo la línea de pobreza- lo que equivale a  5,5 millones- y un 8,6% vive en hogares que no alcanzan a cubrir la canasta básica de alimentos. Solo este indicador grafica el problema en su dimensión real. De perdurar, tan inadmisible como absurdo en un país que produce alimentos de calidad capaces de abastecer a buena parte del mundo, lo que se está hipotecando es el futuro.

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Ahora bien, con características distintas en los sectores socioeconómicos medios y altos, la malnutrición también es un tema que es imperativo atender. Allí las dificultades no se presentan por falta de recursos para acceder a los alimentos, sino por hábitos no educados que hacen que los chicos consuman productos pobres nutricionalmente. Los datos que se conocen a nivel de las estadísticas son elocuentes, una buena porción de la población infanto juvenil tiene sobrepeso y obesidad. Muchos de ellos a pesar de haber ganado kilos están desnutridos, porque les faltan los nutrientes que resultan necesarios para el normal desarrollo. Quizás en este segmento de la sociedad la problemática se aprecie menos o cause menor preocupación, o despierte menor sensibilidad social, pero no es menos importante porque la obesidad es una de las más graves epidemias del mundo y genera consecuencias que afectan la salud en el mediano y largo plazo.

Los especialistas que estudian este tema- la Sociedad Argentina de Pediatría, por ejemplo, realiza estudios de seguimiento para analizar los factores de crecimiento infanto- juvenil- advierten sobre las consecuencias silenciosas de la mala alimentación en niños y adolescentes de sectores medios y clases económicamente acomodadas donde prima la comida rápida, muchas veces sin presencia real de padres que están distraídos en compromisos laborales. Aquí la realidad muestra un serio problema de educación alimentaria. Y en muchos casos de ausencias de familia que descansan la alimentación de sus hijos en productos ricos en sal y grasas y no atienden lo que verdaderamente necesitan en materia de nutrientes para alimentarse adecuadamente.

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En uno y otro extremo, la problemática no es nueva. En la pobreza y en la riqueza, el déficit nutricional acarrea serias consecuencias. Y este fenómeno no es nuevo. De hecho hace poco la Secretaría de Gobierno de Salud emitió hace poco un informe en el que señala que los índices de obesidad y desnutrición constituyen un verdadero problema epidemiológico en el país y requieren de políticas activas y sostenidas en el tiempo para revertir indicadores que alarman.

Tanto la desnutrición como la obesidad se pueden prevenir y revertir. Pero esto no ocurrirá por generación espontánea. Nadie cambia hábitos de vida de un día para el otro. Más aún en la vorágine de una vida que no da tregua en las crisis que agobian.

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La desnutrición es el estado final del subdesarrollo. Y la obesidad es una epidemia que mata. Trabajar sobre la propia estructura social, resolver problemas estructurales del país y pensar e implementar políticas inteligentes en este campo, es tan urgente como vital. Hacerlo es pensar en el desarrollo individual de niños, niñas y adolescentes de todos los estratos sociales y también es apostar al país, porque la principal riqueza que tiene una Nación es su capital humano, capital que hoy por hoy en sectores vulnerables o ricos, está empobrecido de lo que verdaderamente nutre.

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