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"La macro no se toca"

Los problemas urgentes que enfrenta la economía argentina no son un accidente sino la consecuencia de una concepción de la política por parte del kirchnerismo que lleva necesariamente al toqueteo sistemático de las variables macroeconómicas en beneficio propio. De sus modus operandi, la construcción de enemigos está entre lo más...

12 de marzo de 2023 a las 12:00 a. m.
"La macro no se toca"

Los problemas urgentes que enfrenta la economía argentina no son un accidente sino la consecuencia de una concepción de la política por parte del kirchnerismo que lleva necesariamente al toqueteo sistemático de las variables macroeconómicas en beneficio propio.

De sus modus operandi, la construcción de enemigos está entre lo más señalado. Pero detrás de ese mecanismo se viene desplegando otro más profundo: la manipulación de la macroeconomía con intencionalidad política de consolidar una sociedad de rehenes a ser salvados. Al igual que se dice del socialismo, un gobierno que te rompe las piernas, luego te da "gratis" las muletas y esperas le retribuyas con tu voto porque gracias a ellos caminás.  

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En la Argentina en la que se reclaman políticas de Estado sostenidas y estructurales, si hay algo parecido a una política de Estado que viene siendo exitosa y efectiva desde la llegada del kirchnerismo al poder es precisamente esa: la distorsión de la macroeconomía. Los ejemplos se amontonan: desde la corrupción en la obra pública y su impacto en el déficit fiscal a los efectos políticos del toqueteo de la macro con el tipo de cambio bajo control estatal, el control de precios, el control de importaciones, las retenciones que castigan a algunos sectores y no a otros hasta los subsidios a la energía, los regímenes especiales. Todo hace a una economía a medida de la consolidación del poder kirchnerista.

Disponer de la información sobre precios reales, costos y gastos de la economía, libre de manipulaciones, nos otorga libertad y, al mismo tiempo, responsabilidad como consumidores. También como ciudadanos y votantes. Cualquier manipulación de la macro sojuzga. Crea dependencia política. Oscurece el panorama vital. No permite tomar decisiones racionales. Confunde a la sociedad, que cree que es gratis lo que es caro, como la energía. O que se cree en deuda con una dirigencia política que mueve los hilos de la economía para construir dependencia de parte de sus votantes: los subsidios a la energía o los planes sociales discrecionales son un buen ejemplo. 

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El dólar a medida de cada sector va por la misma línea. Consolida el alcance de la discrecionalidad del Gobierno e impacta en el funcionamiento libre de la macroeconomía: el empresariado grande o chico obligado a marchar en fila ante el funcionario de turno para conseguir alguna puerta de salida para sus exportaciones o de entrada para los insumos importados necesarios. El arquetipo de esa discrecionalidad infligida a la macroeconomía fue Guillermo Moreno en la Secretaría de Comercio pero el presente también trae datos en un sentido parecido: el ministro de Economía, Sergio Massa, y su secretario de Comercio, Matías Tombolini, con una agenda repleta de reuniones por sector de la economía para negociar excepciones, beneficios, salvoconductos productivos. 

Cuando la macroeconomía no se despliega según su propia racionalidad, libre de las presiones del poder y al ritmo de oferta y demanda, costos reales y precios locales e internacionales, se convierte en un "toma y daca". El que controla la macro de manera artificial, en cambio, tiene el poder y los beneficios y el poder de beneficiar o de vigilar y castigar.

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En el tema energía y subsidios, hay economistas que están planteando otro paradigma, distinto de los que hasta ahora explicaban la cuestión. El nuevo paradigma plantea las consecuencias distorsivas de cualquier toqueteo de precios relativos. Bajar artificialmente las tarifas de la energía, vía subsidios a las empresas, impacta en el sistema de precios como sistema de información, incluso en el caso de los sectores más pobres, que pierden de vista su costo real y dejan de pensar en la necesidad de cuidar el consumo de energía. El paradigma se sintetiza en una frase: "la macro no se toca". Es decir, esta teoría viene a poner fin a la legitimación del toqueteo de precios relativos como política social para los más pobres.

El planteo de estos economistas, no obstante, reconoce la necesidad de sostener a esos sectores, pero postulan a las asignaciones directas de dinero al estilo AUH como más útiles y más cuidadosas de la macro. Todo un cambio conceptual. Con una consecuencia interesantísima: preserva el acceso a la energía como un derecho, pero deja expuesto el costo real de ese derecho. Al mismo tiempo, repone el marco de la libertad con responsabilidad, en ese caso, en el uso de la energía. Sería el fin de un paternalismo de Estado que infantiliza a los más necesitados, les quita información y los convierte en deudores de un favor estatal. El fin de la fantasía de que el kirchnerismo toquetea la macro para proteger al pueblo.

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Ese mecanismo de control de las variables de la macroeconomía discrecional y sesgado que el kirchnerismo ha convertido en paradigma demanda una retórica. La construcción del kirchnerismo salvador por un lado y, del lado de enfrente, los culpables, los enemigos de los que tienen que ser salvados. En el medio, la sociedad, rehén. Por eso cada medida que lanza el Gobierno plantea un enemigo. Por ejemplo, los habitantes del emblemático edificio Kavanagh de Buenos Aires, mencionado por la presidenta de Aysa, Malena Galmarini, para explicar y justificar la segmentación de tarifas implementada el año pasado. Si hay un enemigo expoliador, como los ricos del Kavanagh, es necesario que el pueblo sea protegido y liberado.

Cuando la urgencia de la coyuntura obliga a virar a algo más parecido a una macroeconomía racional, en la que las variables no dependen de decisiones interesadas de un funcionario, el Gobierno necesita un nuevo enemigo: es el momento en que su poder de manipular la macro queda reducido, es el momento de trasladar la responsabilidad a otro.

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Aunque en principio lo parece, no se trata en realidad de un error de conceptos macroeconómicos el que termina en esta crisis argentina sino de una matriz de construcción de poder que se aprovecha también del mundo de la macroeconomía. Es decir, los problemas urgentes que enfrenta la economía argentina no son un accidente sino la consecuencia de una concepción de la política que lleva necesariamente al toqueteo sistemático de las variables macroeconómicas en beneficio propio. Es la guerra contra un funcionamiento de las variables de la economía racional, es decir, libre de la discrecionalidad del poder político y sus funcionarios y empresarios a medida, para, precisamente, restar libertad de acción a la sociedad.

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