La interna peronista y las preocupaciones de Cambiemos
Luego de semanas de febriles reuniones, amenazas de portazo y tironeos, se oficializa una lista de unidad para conducir el Partido Justicialista bonaerense. La encabezará el intendente de Merlo, Gustavo Menéndez, que alternará la presidencia del Consejo del PJ con el jefe comunal de Esteban Echeverría, Fernando Gray.
La dupla se impuso así sobre el actual jefe partidario, Fernando Espinoza, que frente a los planteos de renovación encarnaba la corriente más identificada con Cristina Kirchner dentro del partido y en esta etapa, tras la derrota bonaerense, le jugó claramente en contra.
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Lo que estamos presenciando, en realidad, es la consecuencia tardía de la derrota en las presidenciales, retocada por lo sucedido en octubre pasado, donde Cristina Kirchner no logró vencer al oficialismo. En el peronismo casi todo se perdona, desde traiciones hasta causas por manejos de fondos poco claros, menos la derrota. Porque la búsqueda del poder está en el ADN del peronismo desde que nació como movimiento y el Partido Justicialista siempre fue una herramienta, más valiosa en la medida que necesiten ganar comicios difíciles, pero no necesariamente el determinante de los liderazgos electorales.
Y en este armado del Partido Justicialista bonaerense vemos el resultado del poder de los jefes territoriales del peronismo, que es lo mismo que decir que ante la falta de un liderazgo que los reúna a todos (pejotas puros o k), son los intendentes que con sus triunfos revalidaron títulos, los que se erigen en una jefatura, por el momento, genérica. Del mismo modo que a nivel nacional los gobernadores peronistas se pusieron en pie de igualdad, en una suerte de liga de mandataros que aun no tiene jefe.
En territorio bonaerense la jugada de los intendentes es clara, tanto que con el correr de los días, Espinoza fue perdiendo los pocos apoyos que le quedaban entre los jefes comunales, que desde un principio se abroquelaron mayoritariamente detrás de sus rivales y el golpe de gracia vino de la mano de La Cámpora, que se terminó declarando prescindente en la interna partidaria. Sin embargo, otros sectores k prefirieron sumarse al armado de los intendentes, entendiendo que se viene otra etapa y no quieren quedarse afuera. Muchos kirchneristas en secreto se alegran cuando este sector debe retroceder porque, dicen por lo bajo, los han padecido cuando Cristina era gobierno.
Hay una creencia en este armado peronista que no es sencillo de resolver: saben que no pueden prescindir de los tres millones y medio de votos que tiene Cristina Kirchner más o menos fidelizados en territorio bonaerense, pero saben también que en este juego de la grieta entre Cristina y Macri, las cartas ya están jugadas y Cambiemos se lleva la mayor tajada.
Al fin, los jefes comunales prefirieron mirar para adelante y arriesgarse a que Cristina vaya paulatinamente quedando en el pasado, que se ocupe de su banca en el Senado en el que asumirá el diciembre, pero correrla de la centralidad. Una tarea dificilísima porque ni la expresidenta pretende correrse, ni al Gobierno le conviene este peronismo que busca renovarse y unirse.
Precisamente, para el macrismo es una mala noticia que, aunque con tironeos y rencores, el peronismo comience a rearmarse por fuera de la grieta. Los ejemplos de estos días son claros al respecto: Menéndez con excelentes relaciones con Sergio Massa y Florencio Randazzo los convoca a que vuelvan a la casa grande del pejota. La idea de superar diferencias para un armado opositor de porte para enfrentar a Cambiemos en el Parlamento, en principio y luego en la calle misma peleando el voto ciudadano, no es lo que los operadores del macrismo esperaban en esta etapa, ya que calculaban (y siguen pensando lo mismo) en ayudar a sostener un peronismo irremediablemente roto.
Una luz de alerta para el Gobierno fue que, a fin, la reforma laboral que parecía que pasaría por el Senado como un trámite, no sólo no se aprobó sino que la pasaron a tratamiento cuando asuman los nuevos senadores. Desde el peronismo Miguel Pichetto se había comprometido a tratar la nueva ley, siempre y cuando la CGT estuviese de acuerdo. Hace unos días el oficialismo trasmitía triunfalismo al haber logrado la media palabra del triunviro cegetista. Pablo Moyano de Camioneros y Sergio Palazzo de Bancarios, así como las dos CTA se opusieron de plano y llamaron a una marcha a Plaza de Mayo. Pichetto automáticamente negó el voto peronista en el Senado, insistió, hasta que no haya acuerdo sindical. Y es claro que sin el apoyo opositor Cambiemos no llega con sus votos propios a aprobar leyes en la Cámara Alta. De modo que habrá que trabajar en los consensos.
En realidad, si pensamos en nuestro sistema republicano de Gobierno, es positivo que la oposición empiece a encontrar su destino común y el oficialismo tenga así una voz coherente con la cual confrontar. Es así y no de otro modo como han crecido todas las potencias de occidente, con oficialismos fuertes y oposiciones de porte. Es esta cuestión es la que, aquí y en cualquier país del mundo, obliga al diálogo, al consenso, al mejoramiento de las leyes y a los controles que deben existir, en la democracia, entre los poderes del Estado. Porque la tentación de quienes ganan una elección a no respetar cuestiones republicanas, atropellando incluso a las leyes por ir detrás de distintos objetivos es grande y debe ser permanentemente exorcizado.
El tiempo dirá cómo evolucionan las relaciones entre oficialistas y opositores.














