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La hora de la verdad

24 de diciembre de 2023 a las 12:00 a. m.

Es dable suponer que la catástrofe sin precedentes que dejó el gobierno saliente algo ha de haber influido en nuestra victoria. Quizás la negligencia en la gestión de los problemas maritales por parte de Juntos por el Cambio, o el hecho de que el candidato del oficialismo fuera el mismo que capitaneaba el Titanic, hayan contribuido a la gesta de Milei. Pero no por ello hay que bajarle el precio.

En América Latina no está ganando la derecha, como podría deducirse de las victorias este año de Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador y Santiago Peña en Paraguay. Lo que está sucediendo es que están perdiendo los oficialismos.

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Sería un error pensar que América Latina era de izquierda y de la noche a la mañana se transformó en una región conservadora, coincide Patricio Navia, profesor titular de Estudios Liberales de la Universidad de Nueva York. "Discrepo de esa lectura de que América Latina había hecho un giro a la izquierda. En 2019, Evo Morales perdió las elecciones y en Uruguay ganó la derecha, y en 2022 fue derrotado Jair Bolsonaro, que es de derecha", agrega.

Lo que está sucediendo, a juicio de Navia, "es que todos los que están en el poder son castigados, porque la gente está descontenta. Y eso es lo que ha vuelto a pasar en Argentina, donde perdió el oficialismo y ganó la oposición".

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Con la caída de los precios de los commodities y un crecimiento promedio del 0,8 por ciento, este 2023 la región cumple una segunda década perdida, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Eso propicia que "en lugar de ciclos políticos largos haya más alternancia en el poder y una muy clara tendencia al voto de castigo a los oficialismos", explica Daniel Zovatto, director regional de Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral.

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Desde 2021 hasta la fecha todos los presidentes que fueron elegidos donde existe la segunda vuelta tuvieron que ir al balotaje. "Más que la preferencia por la izquierda o la derecha, lo que estamos viendo es una tendencia a castigar a los oficialismos por un desgaste importante en materia de gobernabilidad", señala el jurista y politólogo argentino.

El liberalismo es gobierno, se acabó la retórica y el argumento refractario. Es la hora de la verdad, el tiempo de que quienes ahora rigen nuestro destino aprehendan que la vida fuera de Twitter es más ambigua e intrincada que insultar en 280 caracteres. Que los influencers con avatares anónimos conocen del ejercicio del poder lo que un periodista sobre entrelazamiento cuántico. Es hora de digerir que la política es mucho más compleja que gritos, caos y destrucción. Es un ejercicio difícil, para ellos y para el pueblo, sobre todo. Madurar siempre lo es. Implica poner en tela de juicio cada uno de nuestros dogmas. Algún día deberemos amansar la resistencia visceral ante cada designación o resolución de un gobierno que lleva dos semanas y entender a la política como algo ecléctico, bastante más intrincado que la narrativa maniquea de un cuento de Disney, donde los personajes se dividen nítidamente en buenos y malos. Quienes hoy son gobierno siempre han tenido consciencia de esta complejidad, aunque hayan optado por no revelárnoslo de manera explícita. Somos como adolescentes demasiado enojados con el mundo, demasiado sordos para hacer el esfuerzo de entenderlo. Pero ahora nos corresponde poner "las barbas en remojo", despojándonos de respuestas y reacciones simplistas. De empezar a leer, entender los por qué y dejar de repetir. De dejar de gritar y empezar a escuchar. En este proceso, nos aguarda una perspectiva más rica y matizada, no tan de un lado u otro de la grieta.

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Nuestro presidente, aunque mostrara lo contrario, siempre supo que tendría que doblarse para no quebrarse. Nunca dudó que tarde o temprano el poder lo transformaría en un mandatario dócil de buenos modales y voz serena, capaz de construir puentes incluso con los arquitectos de este desastre. Y está bien que así ocurra, porque en el mundo real no suceden líderes mesiánicos sino más bien emprendimientos de marketing que nos venden a la semejanza de nuestro enojo. Nosotros éramos los únicos que no lo sabíamos. El siempre se imaginó intercambiando sonrisas amables con el líder chino, a pesar de haber declarado en campaña que no negociaría con comunistas. No nos podía contar abiertamente que en el ineludible precio de gobernar estaba implícito el negociar con los gerentes de la pobreza del norte y darle la bienvenida al rey español con los brazos abiertos, a pesar de las contradicciones que la monarquía suscita en la razón liberal. Tal vez existen innumerables formas de alcanzar el poder, pero no tantas maneras de ejercerlo. Al menos no en democracia.

A medida que abandonemos la grieta y nos alejemos del simplismo, descubriremos que no todo era tan dicotómico como nos habían hecho creer. Tal vez volvernos menos simplistas era necesario para empezar a construir un país, y muchos de los que tildados de parásitos algo tienen para aportar, incluso más que los insultos que les fueron propinados estos últimos meses.

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Quizás detrás del estrafalario loco de la motosierra había más pragmatismo del que imaginábamos. Como solía decir Carlos Saúl Menem, si hubiera revelado sus planes, no lo hubiéramos votado nunca. Un gran sector de la población quería ver"sangre" en lo últimos comicios, soñaba con políticos apedrados en las plazas, billetes ardiendo en las pantallas de televisión nacional, funcionarios perseguidos y temblando de miedo. Todos ellos que votaron a Milei en el balotaje es porque querían un ajuste diseñado a medida de la casta, sin que los rozara siquiera un pelo, todo mientras desde la comodidad de las pantallas verían cómo los salarios de la gente de bien crecían por arte de magia, como si tal cirugía fuera posible. En realidad, todos queríamos convertirnos en la Suiza de América. Y lo queríamos ya.

Lamentablemente, resulta que la realidad es un tapiz complejo que no se soluciona ni así de pronto, ni así de fácil ni mucho menos si no estamos dispuestos a asumir que los cambios y el dolor del trance, esta vez, es para todos.

El martes el presidente libertario derogó 30 leyes que, a su juicio, son las que obstruyen el libre juego de la actividad económica. Son 30 leyes muy fuertes.

Derogar la ley de alquileres era previsible; las de abastecimiento, Góndolas, Compre Nacional, Observatorio de Precios, Promoción Industrial y Promoción Comercial fueron las que pusieron la responsabilidad de la inflación en el sector privado e inspiraron a todos los secretarios de Comercio del gobierno que se fue.

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Avanzar en la privatización de las empresas públicas derogando leyes que lo impiden puede ser una moneda al aire, y deberá evitarse el costo social de la experiencia de los '90. Lo mismo vale para la anunciada modernización del régimen laboral, una idea que no es original y que, como antecedente, acumula varios fracasos y fuerte resistencia de la CGT.

La modificación del marco regulatorio de la medicina prepaga y las obras sociales, la eliminación de las restricciones de precios y otras medidas relativas a la administración privada de la salud parecen demasiado profundas como para un trámite tan sumario como es el DNU, sobre todo considerando las deficitarias prestaciones del sistema sanitario argentino. La salud no es un negocio.

El presidente juega fuerte y cumple sus promesas de campaña. El apuro puede ser traicionero. El Congreso deberá reunirse lo antes posible y analizar estos decretos. Un vuelco hacia el libre mercado, en pocos días, sin red de contención y con un 30 por ciento por ciento de inflación mensual puede afectar a muchos sectores que ya están sufriendo mucho.

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