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La hora de la responsabilidad

17 de mayo de 2020 a las 12:00 a. m.

El Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio que el pasado 19 de marzo puso al país en cuarentena logró el objetivo de aplanar la curva de contagios de Covid-19 y de este modo dio tiempo al sistema sanitario para robustecerse y prepararse para estar en condiciones de brindar mejores respuestas. Sin embargo, esto de ningún modo significó haber combatido al nuevo coronavirus, ni mucho menos haberle ganado la batalla a este enemigo silencioso que fue capaz de modificar todas las dimensiones de la vida social. Esa lucha, como veremos, no se da desde el Estado sino desde uno mismo.

Tras varios días de haberse establecido una nueva fase del confinamiento, conocida como “Cuarentena Administrada”, y con actividades productivas que se flexibilizan en el espíritu de dinamizar una economía fuertemente golpeada, se impone la responsabilidad individual como principal instrumento de cuidado personal y colectivo.

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De la mano de una calle más abierta a la posibilidad de desarrollar algunas actividades por fuera de las consideradas esenciales, se hace necesario monitorear de manera rigurosa el comportamiento de los casos porque un incremento brusco no solo generaría perder el control de la situación sanitaria sino echar por tierra todos los esfuerzos que el conjunto de la sociedad hizo para llegar hasta aquí.

Si bien los especialistas aseguran que el número de casos que se multiplican están dentro de los parámetros esperables, hay miembros del comité de expertos que asesora al Gobierno encienden luces de alarma cuando observan lo que está ocurriendo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en la región metropolitana. Algunos no descartan la posibilidad de volver atrás si el sistema sanitario se desborda. Cifras que se incrementan y estrategias de testeo que se intensifican señalan el inicio de otra etapa de la pandemia, tan delicada como peligrosa si cada uno desde su lugar no actúa como corresponde en el actual contexto epidemiológico.

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Tenemos el privilegio de vivir en lugares donde la enfermedad no ha irrumpido con la virulencia que exhibe en otros conglomerados urbanos. Pero esto de ningún modo significa relajar los cuidados (que son prioritarios y previos a cualquier control), ni mucho menos pensar que la cuarentena está terminada. Quizás es más difícil cuidarse responsablemente cuando no se experimenta el hecho de tener alrededor un número creciente de personas enfermas. Pero eso es precisamente algo que resulta del cumplimiento de las normas de manera estricta. No perder ese capital ganado está hoy más que nunca en nuestras manos. Contamos con un sistema sanitario en alerta, y tenemos cerca la posibilidad del diagnóstico. Pero lo que no tenemos es un policía o inspector para cada ciudadano. Cada movimiento debe ir acompañado de una enorme responsabilidad social. El auto cuidado (o autoregulación, como lo definimos en nuestro artículo editorial del 3 de mayo) se transforma en soberano en tiempos donde ya no hay que viajar al exterior para contagiarse de Covid-19, ni pertenecer a la criticada clase “acomodada” que a principio de esta emergencia fue la acusada de “introducir al país la peste” solo por haber tenido la posibilidad de viajar. Por el contrario, el virus está mostrando su rostro en sectores sociales vulnerables de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en el Conurbano.

La posibilidad del contagio está al alcance de la mano. Alcanza con transgredir la norma instituida que señala que es el distanciamiento social la mejor vacuna hasta que ésta aparezca. Pero, por suerte, también evitarlo es sencillo: basta con agua, jabón, minimizar los movimientos diarios y durante ellos, mantener un metro y medio de separación del otro.

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Es sin dudas la hora de la responsabilidad y vale para ello lo que en alguna oportunidad se ha escuchado señalar a los especialistas respecto de la importancia que el comportamiento social tiene frente a las catástrofes.

Sin transgredir ningún precepto democrático, quizás no es tiempo de confrontar con los que saben y simplemente ser obedientes.

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Dilapidamos tiempo valioso en discutir si las autoridades avasallan libertades individuales en esta contingencia, algo que obviamente en ningún contexto debe permitirse y la propia democracia tiene instrumentos para evitar. Renegamos del excesivo o poco control, sin advertir que el único que vale es el que cada uno desde su lugar puede ejercer para acercar al presente la posibilidad de construir esa “nueva normalidad” que plantea está enfermedad que detuvo al planeta y lo obligó a repensarse en todas sus aristas.

Somos testigos y protagonistas de un fenómeno sin precedentes y sin espejos donde mirar otra cosa que la catástrofe. Eso nos pone a todos frente al enorme desafío de proteger la salud y nos convoca a dejar de lado las grietas que parecen volver a abrirse en un escenario en el que también la dirigencia está llamada a ponerse a la altura de las circunstancias.

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Con la responsabilidad como tarea de todos, el coronavirus nos interpela como sociedad a reconfigurar nuestros modos de relacionarnos, producir y entender que en el cuidado individual se dirime la posibilidad de evitar el colapso.

Quizás en esta fase del aislamiento, cuando hay más permisos y también más necesidades, se vuelve imperativo mostrar que somos capaces de madurar como sociedad y mostrarnos a nosotros mismos que podemos configurar nuevos modos de vivir a través de pautas que estamos llamados a aceptar, sin otra certidumbre más que la de nuestra propia libertad responsable, señalándonos el camino.

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