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La historia de una mujer trans que muestra que la inclusión es posible

07 de marzo de 2021 a las 12:00 a. m.
La historia de una mujer trans que muestra que la inclusión es posible
'' Pamela y Carlos contraerán matrimonio el jueves, luego de 27 años de convivencia. (LA OPINION)

Pamela Piedrabuena el jueves pasará por el Registro Civil para sellar su amor con Carlos, el hombre con el que convive hace 27 años. Ese mismo día cumplirá 55. Su testimonio revela cómo, sorteando prejuicios, pudo asumir su identidad de género y torcer un destino para forjarse un porvenir.


A menudo se habla de la diversidad y de las grandes batallas que integrantes del colectivo Lgbti van dando por la legitimación de sus derechos. Pero pocas veces esas historias trascienden de la esfera privada a lo público para hacer visible el modo en que, dejando atrás prejuicios y trabajando con constancia, es posible torcer el rumbo de destino que hubiera podido quedar confinado a la marginalidad, producto de la discriminación.

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La historia de Pamela Piedrabuena habla de eso: de asumir su identidad de género, quebrar mandatos y desafiar a la vida para alcanzar la felicidad que es el anhelo de cualquier persona de bien.

Es pergaminense por adopción. Nació en San Nicolás, donde vivió hasta los 4 años. Cuando sus padres se separaron se mudó al norte y llegó a Pergamino junto a su mamá, Elba Vega, y sus hermanos cuando tenía 13 años. Aquí se establecieron en casa de un familiar. Por entonces su nombre era Fabián. Eso quedó muy lejos. A partir de la sanción de la ley de identidad de género su documento dice que se llama Pamela Fabiana Piedrabuena. Lo que representa más que una cuestión formal: sintetiza años de trabajo interior para aceptar una realidad que le costó asumir porque rompía con todos los mandatos establecidos en su crianza.

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Pamela fue el nombre que nació de su condición de artista, ya que siendo muy joven trabajó en un circo donde la bautizaron. Comenzó a reconocerse en esa identidad que adoptó para seguir transitando el camino. Más tarde fue convocada para realizar shows musicales y hoy es cantante, además de emprendedora independiente.

En el contexto actual en que han sido significativos los avances en materia no solo normativa sino social, lo que relata en la entrevista concedida a LA OPINION resulta natural. Sin embargo, no lo es a la luz de la época en la que como a tantas personas de su generación le tocó librar la batalla por derechos elementales. Por entonces, a las mujeres trans se las llamaba "travestis" y se las encarcelan por incurrir en contravenciones como las de “circular por la calle vestidas de una cierta manera”.

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“En aquellos años, el odio que había hacia las travestis era muy grande y lo descargaban con mucha violencia”, refiere. Y cuenta que, de formación católica, creció en el seno de una familia que aunque en un principio tuvo dificultades para entender sus elecciones, siempre las respetó. “Mi mamá se enteró de mi condición cuando yo tenía 16 años, obvio que no le cayó bien pero con el tiempo lo aceptó, tal vez porque nunca le traje problemas. Cuando ella lo supo yo ni siquiera había tenido relaciones sexuales con nadie, porque siempre tuve la idea que tiene cualquier mujer que no es de ‘cascos ligeros’, de tener una pareja y encontrar un buen amor”.

"Siempre recuerdo que la primera vez que me depilé las cejas, mi madre me dijo que parecía ‘el hijo del diablo’. Fuimos a terapia y siempre digo que quien me salvó la vida fue la doctora Silvia Mártire”, relata, reconociendo lo trabajoso que resultó para ella misma asumir su verdad. “Sin el apoyo de mi familia y la terapia, no hubiera podido sortear la violencia institucional de la que fui víctima. Yo nunca sentí discriminación en mi casa. Tampoco con la gente. A cualquier lugar al que voy me llaman señora. Pero sí sufrí mucho la violencia policial y la persecución en muchos momentos de mi vida".

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“No nací para puta”

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Confiesa que en su juventud no le quedó otra alternativa que pararse en una esquina y prostituirse: “Cuando arranqué, como les pasa a muchas chicas trans, tuve que ir a la calle; pero no podía, llegaba y me sentía muy mal, sentía culpa. La pasé realmente muy mal y eso me valió dos intentos de suicidio. Fue con la ayuda de la terapia que desistí de la idea. Trataba de entender lo que me pasaba y no lo comprendía. No me veía como la persona que había parido mi mamá”.

“Nunca pude asumir la prostitución como un destino inevitable. No nací para puta, así de sencillo”, afirma. Ese convencimiento la llevó a buscar alternativas para ganarse la vida. “Conocí a Marina Aguirre, una modista del espectáculo que me propuso hacer un show musical. Me hizo probar un vestido violeta precioso, me recogió el pelo y comencé a hacer playback de canciones de Paloma San Basilio en un boliche que se llamaba Casa Blanca. El espectáculo se convirtió en una atracción. Llegué a hacer un desnudo con la canción ‘Cuerpo sin alma’.

Emprendedora

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A la par de su trabajo artístico comenzó a vender productos de belleza. “Un amigo viajaba a Buenos Aires, yo le daba el dinero y él me traía los productos. Yo visitaba a mis amigas y los vendía. De ese modo me transformé en una emprendedora independiente y en algunas ocasiones seguía haciendo shows en distintas ciudades”.

“Tiempo más tarde, por recomendación de Alberto Ranucci, me dediqué a cuidar a una señora mayor. Fue una experiencia que me enseñó mucho”, agrega. También trabajó para una importante empresa que comercializa artículos de cocina y actualmente comercializa Arbell y es cantante.

El amor verdadero

Aunque había tenido parejas estables, el verdadero amor llegó a su vida cuando conoció a Carlos. Fue en el barrio. “Yo lo veía pasar y me parecía un hombre hermoso, pero aunque soy abierta también soy tímida, así que una amiga, Carolina, ofició de celestina y estamos juntos desde entonces, eternamente novios”.

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Conviven desde 1993 y sortearon todo tipo de dificultades: “Cuando empezamos él no tenía trabajo y no me da vergüenza decirlo: nos fuimos a cirujear al viejo basural”.

Pamela trabajaba para la empresa “Reino de la Miel” como experta naturista; fue líder y coordinó un equipo de trabajo. “Llegamos a tener la distribución de los productos y Carlos comenzó a encargarse de las cobranzas. Tiempo después tuvo la posibilidad de ingresar al Municipio, donde trabaja actualmente como recolector de residuos”.

Crecieron en 27 años de vida juntos y han sido generosos en el afecto con los suyos. Hoy viven en la casa que construyeron. Con ellos, una sobrina de Pamela y dos sobrinos nietos. Cuando habla del paso que darán el próximo jueves, señala: “La decisión de casarnos fue el deseo de legitimar legalmente nuestra relación”.

En lo simbólico representa mucho más: es la ratificación de la elección que ambos hicieron hace casi tres décadas. “Soy la primera mujer trans que se casará en Pergamino, fui la primera que llegué a la ciudad, pareciera que estoy destinada a abrir caminos”, reflexiona.

Otros logros

Hace unos años tomó la decisión de terminar la escuela primaria a través del Programa Fines. Egresó en 2019 y tuvo la fortuna que su madre le entregara el diploma. Ese mismo año comenzó a tomar clases de canto con Marianela Sosa, profesora de San Nicolás, y grabó un CD.

El anhelo de adoptar

En lo personal confiesa el deseo de poder adoptar. “Lamentablemente las leyes están mal hechas y el sistema es un poco desigual. Quizás el matrimonio nos abra una puerta de menos burocracia”, señala Pamela y manifiesta: “Con Carlos entendemos la adopción como un acto de amor inmenso. Trabajamos, somos personas sanas y tenemos mucho amor para dar”, resalta.

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“Por nuestra forma de ser hemos ayudado a mucha gente a criar chicos, pero nunca tuvimos la posibilidad de tener los nuestros. Quizás podamos lograrlo, sería cerrar el círculo; estar completos”.

Otro camino posible

Pamela reflexiona sobre las puertas que se van abriendo a la diversidad producto de la evolución de la propia sociedad y de la tarea de quienes militan por esta causa. “Uno imagina que la única salida es la prostitución, pero no es así. Soy muy respetuosa de las chicas que lo hacen y siempre estoy del lado de ellas; me duele que las lastimen. Pero para no tener que pararte en una esquina, hay que tomar decisiones. Eso significa resignar en lo económico pero ganar en muchos otros aspectos como la salud, la seguridad y la posibilidad de construir una buena relación. Yo no puedo usar un labial de mil pesos, uso uno que vale 300, pero gano todos los días en cosas que son más valiosas que el dinero”.

“A algunas chicas yo les he propuesto trabajar como emprendedoras en algún equipo de ventas, pero cuando les decía lo que iban a ganar lo comparaban con lo que ganaban en la calle. No les resulta fácil salir de ese lugar”, comenta. “Colaboro con Pamela Rodríguez de la ONG Diversidad Pergaminense y valoro mucho su trabajo, además de su amistad”, señala.

Sobre el final se le quiebra la voz cuando recuerda que teniendo 43 años fue a contarle a su madre que quería obtener su nuevo documento de identidad: “Fue ella la que con mucha sabiduría me dijo que debía llamarme Pamela, el nombre con el que todos me conocían. Yo solo quería pasar al femenino mi nombre de nacimiento. Me abrazó y me dijo que estaba orgullosa de mí”. Su batalla por la empatía, en ese gesto y tantos otros, estaba ganada.

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