La grieta es lo que nos aleja de aquello que podemos ser
Al parecer, siempre es posible ensanchar un poco más la grieta que divide a la Argentina por la mitad y que, lamentablemente, no tiene vacuna que al menos por ahora pueda neutralizar este virus de la discordia, de desencuentros y del nosotros y ellos.
La radiografía muestra un país partido y lo que es peor, sin puentes a la vista. En un año electoral como el que transitamos, las miserias de la política y de los políticos volverán a emerger y nos dejarán frente a un espejo sincero que nos mostrará tal como somos, en lo que nos convertimos por elegir la pelea antes que la unidad.
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La Argentina se ha transformado en una tierra de enfrentamiento en el que dos sectores pugnan por el poder mientras millones de personas se levantan, trabajan, se esfuerzan para salir adelante y superar los escollos que cada día se le presentan, pagan sus impuestos con los que encumbrados funcionarios cobran sustanciosos salarios, jubilaciones y pensiones cada 30 días sin tiempo adicional, como suele sí suceder en el ámbito privado. En cierta forma, el país ha copiado el molde de Shakespeare que describe la Verona italiana de los Capuleto y Montesco.
El sábado, en ocasión de llevarse a cabo una nueva protesta opositora, esta vez por el vacunatorio VIP, quedaron postales que no ayudan a cicatrizar heridas sino que, todo lo contrario, profundizan las diferencias, establecen posiciones intransigentes y alejan la posibilidad de hallar coincidencias. Se trata de una peligrosa espiral de enfrentamientos en el plano de la violencia real y también, simbólica, a la vez que asoma la pregunta sobre cuál es el límite.
La grieta, entonces, se percibe más ancha entre el Gobierno y la oposición, a nivel nación, provincia y municipal, pero también entre los ciudadanos, en el nivel de la calle. Las escenas del sábado frente a la Casa Rosada y a la Residencia de Olivos lesionan nuestra vapuleada democracia y afectan las instituciones, a la vez que alejan la pretensión de unidad nacional que siempre se pregona desde los palcos de la política argentina (quizás no es un llamado sincero pero sí es lo políticamente correcto).
Aun cuando hay pandemia para rato y las dificultades económicas están lejos de superarse, el pase de facturas del presidente al gobierno anterior y las chicanas opositoras en el comienzo del año legislativo adelantan lo que serán los próximos meses de cara a las elecciones.
Podríamos decir que, lamentablemente, es natural que las conversaciones se planteen en esos términos en un año electoral argentino. Y así van pasando los años, las décadas, las generaciones, sin solución de continuidad. Sin solución, punto.
Lo que sucede en la sociedad argentina, la política y la civil, es que los actores todos- vamos a la negociación (léase literal o entendida como una simple conversación entre conocidos) plantados en una posición y no en un interés. Sí, incluso sobre la premisa de que a todos compartimos el mismo interés, el bien de la Argentina, lo que aflora es la posición y no el interés que nos motiva.
En el método de negociación de Harvard, asumir una posición en una negociación significa adoptar de antemano una postura, fijar un criterio que muchas veces no consulta valores objetivos y a partir de esa postura, iniciar una negociación/conversación. Pensemos cómo afecta esto a nivel de la dirigencia ejecutiva y especialmente de la legislativa.
Quienes negocian con base en las posiciones, no llegan a intentar construir consensos con la contraparte sino que buscan hacer valer el criterio propio de valor dado a lo negociado. Para dar una explicación más entendible, implica tener un comportamiento en muchas ocasiones terco. ¿Le suena esto estimado lector? También es un modo de negociar que aplican quienes como método de negociación asumen el clásico tire y afloje de posiciones: uno parte con un valor alto y otro con un valor bajo. Se empiezan a hacer concesiones mínimas y recíprocas para intentar llegar a un punto medio, a ver si es posible hacer el acuerdo.
En cualquier caso, la discusión sobre posiciones produce acuerdos insensatos. Un ejemplo de esta aseveración lo brinda el libro ¡Sí, de acuerdo! de Roger Fisher y compañía, con el caso de las niñas que discutían por unas naranjas, un clásico ejemplo de posiciones.
Para los amigos lectores que no lo conocen lo resumimos así: dos niñas de 10 y 6 años se quedan solas en casa porque sus padres salieron. La niña de 10 años llega a la cocina y toma las 10 naranjas que hay. Su hermana entra instantes después y dice que ella también quiere naranjas y pide la mitad de las frutas.
Empieza una discusión por posiciones: la mayor dice que las vio primero y que las tomará todas. La hermana menor dice que ella también tiene derecho porque las naranjas son de todos, que le toca la mitad. Empieza un regateo en que cada vez más las hermanas comprometen su ego con sus posiciones.
Al final la mayor se impone por su fuerza y se queda con seis naranjas, enojada porque la hermana menor, en su sentir, las quiso cuando vio que ella las tomó, o sea, se antojó. La hermana menor también queda enojada y resentida; siente que la atropellaron porque solo recibió cuatro naranjas y le correspondía la mitad de las frutas por justicia, según su pensamiento.
Final de la negociación entre las niñas: las partes enojadas y resentidas. Negocio ineficiente. Esto es lo que arroja negociar con base en las posiciones.
Normalmente en este modelo de buscar acuerdos, se hacen concesiones pequeñas entre las partes hasta buscar un punto medio, que no quiere decir que el negocio haya sido eficiente, porque, aunque hay acuerdo, las partes muchas veces no quedan satisfechas y lo más importante: se pierden los negociadores la oportunidad de obtener buenos o mejores negocios.
Contrario a la negociación por posiciones, está la negociación basada en intereses o en principios. Según este modelo de negociar/discutir, lo que hay que buscar es saber con la mayor exactitud posible cuáles son los verdaderos intereses de cada una de las partes.
Regresemos al ejemplo de las niñas que no lo habíamos concluido; en este caso, la hermana mayor tomó las seis naranjas que le correspondieron, las peló, tomó las cáscaras e hizo un dulce, la pulpa de la fruta no le interesaba y la tiró a la basura. La hermana menor también peló las naranjas, arrojó a la basura las cáscaras y se comió la pulpa de sus cuatro naranjas.
Como negociaron con base en posiciones, no intentaron descubrir los verdaderos intereses de la contraparte. De haberlo hecho, la mayor hubiese hecho su dulce con la totalidad de las naranjas y la menor su hubiese comido la totalidad de las pulpas. Hubiesen maximizado los beneficios de las dos y ambas también hubiesen terminado felices y no enojadas y resentidas como sucedió. Esto en negociación se llama el win-win (ganar ganar) de la negociación.
Es dable suponer que los argentinos de toda laya tenemos un mismo interés, que es el bienestar, la salubridad económica que otorgue previsibilidad y seguridad, equidad y oportunidades, en una apretada y generalizada síntesis. Pero a la hora de conversar entre pares o debatir en el Congreso las leyes futuras, o cuando hay que negociar entre partes la decisiones que nos afectan a todos, priman las posiciones, se deja de lado el interés y así es como no solo no se logran los mayores beneficios sino que encima todos quedamos enojados y resentidos.
Esto es, ni más ni menos, la grieta y nos cuesta justamente lo que todos buscamos: el bien común. El resultado es una situación menos satisfactoria para las partes de lo que hubiera podido ser.
















