La gran tarea colectiva: ganarle al coronavirus en la calle, allí donde se quiebra la cadena de contagios
El 2020 será recordado como el año de la pandemia. Nadie puede discutir la preeminencia que las cuestiones sanitarias han tenido por sobre otras en la esfera mundial. La aparición de un virus desconocido y la irrupción de una nueva cepa que perfecciona la llave que potencia su capacidad de instalarse en el organismo humano y propagarse pusieron al mundo de rodillas. Cuarentena, confinamiento, distancia social, aislamiento, barbijos, tapabocas, hisopados se transformaron en palabras de uso común tanto así que cada uno desde su espacio se transformó en un especialista en la lectura de números y datos estadísticos. Como nunca antes la ciencia realizó un trabajo colaborativo sin precedentes en la búsqueda de construir conocimientos y lograr el desarrollo de vacunas capaces de poner freno a este enemigo invisible que alteró todas las dimensiones de la vida social a escala planetaria.
En ese sentido, la tarea ha sido promisoria y 2020 pudo cerrarse con la certeza de que el avance científico es extraordinario, lo mismo que las posibilidades de los estados cuando se trazan un objetivo común y van tras su realización. Salvando los juegos de la política que siempre existen y se han puesto en evidencia también en tan inciertas circunstancias del mundo, la Covid-19 así como obligó a los seres humanos a distanciarse, les enseñó también que nadie, ni el más poderoso y omnipotente, se salvan solo.
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Así fueron pasando una a una las hojas del calendario. Y aunque fueron muchos los logros, también hubo cuestiones del manejo de la pandemia que nos alejaron de la posibilidad de estar a la altura de las circunstancias. Quizás porque primó esa necesidad de poner todo a uno y otro lado de la grieta, que es la costumbre que parece haberse inscripto en el ADN mismo de nuestro ser argentino.
No es analizar estas cuestiones el espíritu de este comentario editorial ni puntualizarlas. Es apenas poner en contexto cómo sorteamos las instancias del año más difícil del que tengamos memoria. Como al comportamiento errático de algunas decisiones, le sobrevino la solidaridad y la comprensión por parte de muchos sectores que respetaron normas y resignaron libertades. Y fundamentalmente marcar cómo con el devenir de la emergencia sanitaria y el acostumbramiento a la situación planteada por ella, fueron haciendo que el año en el que todas las miradas estuvieron puestas sobre la salud terminara con la errada convicción de que el problema estaba resuelto, solo porque se cumplió el compromiso de llegar a diciembre con disposición de vacunas.
¿Cómo luego de haber acatado severas restricciones y haber visto amenazada la salud individual y colectiva, de repente y como por arte de magia solo porque la curva de contagios había logrado descender en los principales distritos del país y porque la cuestión de las vacunas comenzó a ocupar las primeras planas de los medios, algo en el ideario colectivo fue alimentando la certeza de que la pandemia había quedado atrás?
Ni la pandemia terminó. Ni la batalla contra ella la da solo la ciencia. No es una cuestión de médicos, enfermeras, auxiliares y autoridades sanitarias- que seguramente tienen una enorme carga de responsabilidad en el manejo de la emergencia- es una cuestión de todos no echar por tierra lo ganado.
Que el sistema sanitario trabajara al límite de su capacidad sin desbordarse fue un logro colectivo. Que efectores públicos y privados pudieran cargarse al hombro años de falencias estructurales del sistema de salud, habla de un compromiso que va más allá de cualquier interés individual. Que los actores de la política tomaran la salud pública como prioritaria es un antecedente que marcará un hito. Sin embargo, el año nos ha mostrado muy claramente que la lucha contra el coronavirus se da en las calles, ni en una sala de terapia intensiva ni en un despacho de Gobierno- por lo menos no solo allí- . Vencer a este enemigo es una tarea titánica que debe asumirse en el mundo íntimo de cada persona. Es en el encuentro interpersonal donde aparece la mayor amenaza y la mayor posibilidad de contrarrestar la tragedia.
Y en función de ello, preocupa la actitud que como sociedad hemos asumido frente al virus. De algún modo pareciera que operan mecanismos de negación para subestimar su alcance. Lo que en el actual contexto sanitario representa un serio problema. Algo está sucediendo en lo más profundo de la esencia colectiva para desatender permanentemente los señalamientos que hacen los actores del sistema sanitario. Algo sucede con la idea de que el problema terminó cuando por el contrario la enfermedad expresa su virulencia no solo en la población de riesgo sino en pacientes jóvenes que deben ser internados y que sin patologías previas, en muchos casos mueren.
Si bien la recomendación sanitaria es aprender a convivir con el virus, los comportamientos que se observan no hablan de ese aprendizaje, porque todo sucede como si el coronavirus no sucede: encuentros, fiestas clandestinas, ausencia de distancia social, besos, abrazos. Todo lo que está en la esencia de nuestra sociabilidad y que está llamado a reconfigurarse.
Seguir actuando de este modo, desoyendo la voz de los mismos actores que en esta pandemia hemos convertido en héroes es condenarnos a volver atrás. En los últimos días la curva de contagios creció exponencialmente y esto no ocurre solo en las grandes ciudades. Pasa en la región y ocurrirá en nuestra geografía, anticipando la temida segunda ola. Porque el virus no desapareció. Porque ni siquiera la vacuna cuando consiga alcanzar a todos terminará con el problema. El gran instrumento está en nuestras manos y en nuestra conciencia. Adormecida por la necesidad de recuperar nuestra vida de antes, pero amenazada por un agente formidable que ha demostrado ya su capacidad de torcer el rumbo exigiéndonos a cada uno un gran esfuerzo por contrarrestarlo.
Quizás es momento de volver a analizar el contexto y asumir la cuota de responsabilidad que a cada uno le cabe. Barajar y dar de nuevo para emprender la acción. Que este año que estrenamos nos encuentre a todos abocados a esta tarea. No hacerlo solo nos dará el pasaporte a agigantar un daño social y sanitario ya inmenso.













