La gran crisis argentina no es esta
No vamos a decir nada nuevo si afirmamos que estamos inmersos en una crisis estructural de proporciones. Y lo que todos nos preguntamos es cuándo y cómo saldremos de esta situación tan difícil. Porque en medio muchas empresas y comercios van desapareciendo, otros se van achicando, pero todos padecen.
La crisis se desata ahora pero en la Argentina hay profundas raíces que hacen que nuestro país tenga cíclicamente tremendos porrazos de los que termina saliendo más o menos rápidamente. Hasta que alguna vez no sea tan sencillo volver del infierno y tengamos que hacer cambios en serio en nuestra estructura productiva. Modificaciones que superen la coyuntura, de manera que no estemos condenados a caer de tanto en tanto en una crisis.
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Nuestro presente contrasta claramente con un pasado que supo tener a la Argentina como un país cercano a lo central, cuando llegaron al país cuatro millones de inmigrantes europeos, agricultores y artesanos, que venían huyendo del hambre de una Europa en guerra. Comerciábamos en aquellos años principalmente con Inglaterra, en esos tiempos primera potencia mundial. Ellos construyeron el ferrocarril y además instalaron los frigoríficos que enviaron nuestras carnes y granos al mundo y nos convirtieron en un país productivo.
Después la historia nos fue llevando por otros caminos; para algunos la llegada del peronismo fue el hecho maldito de la historia, para otros la creación de una burguesía empresaria aprovechadora de los beneficios del Estado.
Al calor de la ausencia de derechos laborales, surgió un sindicalismo que terminó por complicar las relaciones del trabajo, con dirigentes gremiales millonarios que defienden a muerte a sus afiliados para sostener una estructura que les permite seguir viviendo como emperadores. Un caso clásico es el de Hugo Moyano que en su defensa laboral ha deformado tanto la logística en la Argentina que sale más barato traer manzanas de afuera que del sur argentino.
Los empresarios, por su parte, quedaron al descubierto ahora, en la causa de los cuadernos, cuando debieron reconocer cómo se cartelizaban y coimeaban a un kirchnerismo que incentivaba el cohecho hasta límites pocas veces visto. Pero la práctica viene de décadas atrás.
El sistema político, viendo que nuestro sistema económico en vez de tener cada vez más demanda de empleo genera más desocupados, busca la solución creando el empleo público con las consecuencias que todos conocemos: un Estado elefante, pesado, burocrático y poco eficiente, al que hay que sostener con una carga impositiva que ahora al sector productivo hasta impedirles crecer y encarece el costo de vida de todos.
Tanto que sobre una población laboral de casi 30 millones de personas, solo trabajan en el sector privado generador de riqueza y esfuerzo menos de 10 millones. Esos con su labor sostienen los miles de planes sociales, junto a empresarios que pagan impuestos imposibles.
Precisamente uno de los reproches que le hacen muchos de los votantes a Mauricio Macri es la falta de un plan estratégico serio para que el cambio que prometió se cumpla.
Pero Cambiemos se vio cercado, en muchas oportunidades, por los grandes poderes corporativos de la Argentina y no dieron los pasos adelante suficientes como para lograr resultados en estos tres años. También hubo mala praxis en la aplicación de un plan económico que terminó en fracaso.
Debemos ser inteligentes en el marco del comercio internacional, saber negociar con los países no abriendo indiscriminadamente las puertas a cualquier producto extranjero, en áreas que aún no están preparadas para la competencia, salir a vender nuestros productos al mundo de manera más agresiva.
Sobre todo, generar un marco para poder conseguir las inversiones que se necesitan hoy más que nunca. Pero tenemos que darnos cuenta que con los impuestos más pesados del mundo, el costo laboral (no el salario es claro) tan caro, con una logística tan desproporcionada, no van a venir inversiones como por arte de magia, salvo para cuestiones clave como vaca muerta, un espacio que tiene combustibles muy apreciados en el mundo.
La realidad es que para que vengan inversiones debemos cambiar de verdad nuestra matriz productiva, modificar toda la red de comunicación terrestre, fomentar producciones específicas. Los sindicatos, por su parte, ser un eslabón proactivo del cambio y no un palo en la rueda. Al fin, si al empresario le va mal, peor le va al empleado, y eso no se puede evitar con una medida de fuerza.
Este es el verdadero desafío de la Argentina, mucho más importante que salir de la crisis actual; un desafío que, hasta ahora, ningún gobierno de Sarmiento a esta parte pudo, no quiso o no supo encarar.














