La formación laboral de los jóvenes en el centro del debate
Desde hace tiempo Argentina parece no poder escapar a la trampa de dejar caer todas las discusiones estratégicas en la grieta que divide a unos y a otros y obtura la posibilidad del consenso. La formación laboral de los jóvenes no parece ser la excepción.
Hace unos días el anuncio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de instrumentar un programa de pasantías para los alumnos de quinto año y la férrea oposición de los gremios docentes instaló un debate que no se circunscribe sólo a la Capital Federal, ya que de manera recurrente este es un tema que suele instalarse en la agenda pública cada vez que se discute sobre la realidad de la educación secundaria y las dificultades de los jóvenes para insertarse en el mundo del trabajo a partir de las habilidades y competencias adquiridas durante su etapa de formación.
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Con argumentos que pueden resultar legítimos a uno y otro lado del arco de opiniones respecto de esta iniciativa, lo cierto es que casi todos coinciden en que en Argentina la escuela no prepara para el mercado laboral.
Antes, al egreso de la escuela secundaria los alumnos tenían la posibilidad de insertarse en el mundo del trabajo de manera natural y del mismo modo, aquellos que decidían formarse en un oficio o acceder a la educación superior para obtener un título de grado, podían hacerlo sin inconvenientes. Hoy eso por diversas razones no sucede.
Las propias empresas toman exámenes a los aspirantes a ocupar determinados puestos en el ámbito productivo porque saben que esas competencias no están dadas.
También el sistema de educación superior, tanto terciario o universitario, convive con los inconvenientes que representa el ingreso al sistema al que llegan personas que tienen enormes dificultades para comprender textos sencillos y desconocen las reglas básicas de las ciencias elementales. Hay algo del desempeño que se ha dejado de lado tras muchos años de retroceso y de políticas erráticas en materia educativa.
En tanto, socialmente por un lado hay una alta expectativa en torno a las respuestas que debe brindar la educación; y por el otro, una idea ilusoria y casi infantil de que las soluciones llegarán por arte de magia o lo que es peor creencias erróneas respecto de que el problema educativo es "algo que afecta a los otros".
No hay que irse demasiado lejos para escuchar lo que expresan los empresarios habituados a incorporar personal, hay quienes no solo no poseen las competencias mínimas para desempeñar tareas sencillas, sino que hay una cultura del trabajo que se ha perdido. Esto habla no solo de la escuela que como institución no es más que un emergente de la propia sociedad de la que es parte.
Habla claramente de la estructura social, y de un modo de organización de la vida que ya no considera de manera prioritaria el valor de la dedicación y el esfuerzo.
Habla con mucha claridad de la resistencia al cambio que la propia escuela o parte de sus dirigentes tienen al momento de pensar en algunas transformaciones. No es casual que la iniciativa propuesta en torno a las pasantías haya encontrado el argumento del "trabajo esclavo" como principal fundamento para plantear una discusión cerrada sin plantear otras alternativas.
Las pasantías laborales no son un formato novedoso. Han existido propuestas como el Plan Dual que le permitió a muchos jóvenes acceder al mercado laboral y permanecer en el al egreso del sistema educativo. En el ámbito de la educación superior también existen experiencias como las prácticas profesionalizantes que conectan a los estudiantes universitarios con actividades propias de sus carreras.
Por supuesto que es legítimo el argumento de quienes hallan en este tipo de propuestas la amenaza de la precarización laboral. Sin embargo, los mismos que se oponen omiten que muchas veces el propio Estado precariza a sus trabajadores con condiciones que no son las adecuadas bajo el argumento de "formarlos". Alcanza con observar las situaciones que viven becarios del sistema de salud o del sistema científico tecnológico para confirmar que muchas actitudes se cuestionan o se aprueban de acuerdo a la identidad de quien las proponga o las instaure.
Lo preocupante es que cuando se instalan esas discusiones necesarias las posturas caen en el lugar oscuro de la grieta que anula toda posibilidad de acuerdo y la conversación entre políticos y sindicalistas deja de lado la voz de los propios actores del sistema educativo que seguramente tienen mucho que decir sobre este tipo de proyectos. También se anula la voz de la propia sociedad que se queja por la calidad de la educación y le reclama a la escuela una formación para el trabajo y para la vida y sin embargo se queda ajena de un debate que hay que dar de manera urgente en torno a cambios necesarios, porque lo que no puede suceder es que los viejos problemas de la educación se perpetúen y que el común denominador de los balances siga siendo el seguir haciendo lo que se hace desde hace décadas como si la educación estuviera dando las respuestas adecuadas.














