La cuestión pública “es de todos, entonces no es de nadie”
Hay temáticas que por no ser urgentes no indican que no sean necesarias, son aquellos asuntos que subyacen en el desarrollo de una comunidad y que, al fin, corriendo tras las problemáticas diarias, van quedando para análisis posteriores que, al fin, nunca se encaran.
Una de estas temáticas es la cosa pública, aquello que es de todos y precisamente como es de todos terminamos sintiendo que es de nadie. La realidad es que en el cuidado de edificios, espacios y verdes, hay responsabilidades concurrentes de las autoridades y de los ciudadanos. Porque nada puede mantenerse si es permanentemente agredido y nada sobrevive como nuevo si jamás se le hace mantenimiento.
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Los espacios comunes en las sociedades modernas son tan importantes como en la antigüedad, cuando las ágoras griegas (espacio abierto, centro del mercado, de la cultura y la política de la vida social de los griegos) servían para que los vecinos se reunieran y dieran rienda suelta al sentido gregario que el ser humano tiene.
En términos modernos, las plazas, parques y edificios públicos (también los shoppings aunque sean privados) son como la antigua ágora, lugares que todos usamos y que necesitamos que el Estado y todos nosotros cuidemos. Y con mucho más énfasis cuando la concurrencia es obligatoria y puntualmente de menores, por ser ellos más vulnerables. Dentro de este esquema, también ingresan asuntos como la caldera del exColegio Nacional que no funciona correctamente desde hace tres años, o la del Hospital San José que hace padecer frío al personal y los internados. La falta de mantenimiento del Estado, en este caso, priva de una cosa tan fundamental como la climatización en pleno invierno para estudiantes y enfermos. Es muy fácil de comparar la mirada que se tiene sobre aquello que pareciera que no se paga, aunque sí lo pagamos, entre todos y durante toda la vida, y sobre los servicios y espacios sobre los que abonamos por su uso. En los segundos casos, la queja es inmediata, la demanda de una solución es enérgica y con sentido de urgente y la respuesta no tarda en llegar por parte de quienes administran el dinero que entregamos. Imaginemos, por caso Pergamino, si las circunstancias suscitadas en el exNacional o el Hospital se hubiesen producido en una clínica o en un colegio privado. Por empezar, no se hubiese llegado a este estado de cosas. Cuando se trata de lo público, el reclamo es tibio, resignado, y las respuestas transitan los cajones de la burocracia por años antes de llegar a los usuarios.
Estos meros ejemplos demuestran cómo es destratado lo que es de todos, precisamente con el mismo desinterés que despierta lo que nos es ajeno. Y cómo los usuarios son desatendidos en sus quejas, como si no fueran merecedores del servicio, que es al fin una contraprestación por el pago de los impuestos y hacen a los derechos civiles. A la falta de mantenimiento de las estructuras de uso público no se llega de un día para el otro, es un uso y costumbre que empieza por un trato no siempre correcto de sus usuarios directos, continúa por el reclamo desa-tendido por parte de quienes deben dar las soluciones y termina con la eclosión del servicio, cuando no en una tragedia. Finalmente, se llega a situaciones más complejas y más costosas de resolver de lo que hubiera supuesto inicialmente. En este sentido el sostén de un edificio público no dista de una casa de familia, porque aun entendiendo que en el primer caso es mucha la gente que pasa por ese lugar, si lo que se va rompiendo en una vivienda no se va arreglando, a poco de andar la casa se viene literalmente abajo y ponerla en condiciones supone enormes erogaciones que no siempre encuentran a la familia en un buen pasar económico. Peor sucede con los edificios públicos, como es fácil advertir a simple vista.
Hay que tener en cuenta que una obra pública terminada pasa a integrar el patrimonio de la sociedad y comienza a funcionar esa responsabilidad compartida entre los usuarios y el Estado.
Baste recorrer plazas, edificios, parques, paseos, el mobiliario urbano que es lo que más se deteriora porque la gente lo daña y las autoridades muchas veces no lo mantienen.
Es un cambio cultural profundo el que debemos hacer desde el Estado y desde el ciudadano, que será positivo y trabajando a conciencia es esencialmente posible.
Europa tiene una gran tradición de uso del espacio público (no siempre ejemplar) mercados permanentes y trashumantes, bares, recitales, fiestas, todo al aire libre.
La Argentina ha ido sumándose tímidamente a estas modalidades, no sólo con recitales, sino con ferias, y fiestas en los espacios públicos. Lo que también sucede en Pergamino.
El asunto en estos casos es que cuando se destina el espacio que es de todos para algún evento, del que participarán los vecinos que así lo deseen, hay que establecer muy claramente las pautas, tanto en el canon a pagar por parte de quienes organizan la feria o el recital o la fiesta, del mismo modo que calcular los daños posteriores si se producen. No porque sea público un espacio, su uso debe ser gratuito o muy barato. El pre, el durante y el post de un evento generan gastos extraordinarios para el Estado, cuando no rotura del patrimonio público, que deben estar contemplado en lo que se cobra, del mismo modo que un particular debe hacerse cargo cuando renta un salón, habitación de hotel o similar.
Así como cuando el Estado organiza una fiesta popular tiene contemplados los gastos y las consecuencias, del mismo modo cuando es un privado el que lo solicita, se debe hacer cargo de los daños causados.
Para poner un ejemplo reciente, la feria que vino a Pergamino el fin de semana, que a muchos vecinos los convocó y que trabajó junto a la Municipalidad en la cuestión artística, seguramente abonó el canon pertinente para desarrollar actividades como la venta de alimentos, bebidas, preparadas y comidas, en tanto es una tarea lucrativa. Pero después la comuna debió afrontar mayores gastos para poner nuevamente en condiciones el predio. Desde personal extra hasta la reposición de plantines, pasando por algún otro daño que tal vez no está a la vista. Baste recorrer la Plaza 25 de Mayo en estos días para notar pozos que han quedado y se llenan de agua, los que se deberá rellenar, canteros destrozados. En fin cuestiones propias del uso extraordinario a que se lo expone. La pregunta que nos hacemos es si el descuido o el uso inadecuado del espacio lo debemos pagar todos o quienes tuvieron el usufructo en estos días. ¿Están los cánones municipales a la altura de los valores de mercado o estamos regalando el espacio para privados hagan su negocio? ¿Contemplan los cánones municipales una especie de costo de amortización o depósito reembolsable para cubrir los eventuales daños?
Los espacios públicos, es de advertir, como los parques, ciertas calles o avenidas, son lugares usados para la recreación, son espacios donde los habitantes de una ciudad pueden expresarse de forma artística, deportiva y cultural. Y al respecto no estamos en desacuerdo con que cumplan ese cometido. El asunto es la responsabilidad con que se usan y cómo se organiza esa utilización, además de acordar con quienes lo han solicitado lo que sucederá el día después.
Es que las ciudades van creciendo, tanto en habitantes, como en espacios privados (casas, edificios, centros comerciales) lo que provoca la reducción de los espacios libres para la recreación y esto repercute en la calidad de vida de los ciudadanos.
Esta apelación al Estado y a cada ciudadano para la mantención y el cuidado del espacio público hará, como decíamos, a un cambio cultural que nos permitirá disfrutar de mejores, más limpios y más sanos lugares para compartir.
















