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La crisis en Brasil, nuevo presidente sin base política propia y cómo impacta en la Argentina

13 de mayo de 2016 a las 12:00 a. m.

Michel Temer ya es el nuevo presidente de Brasil, en principio por 180 días, tras la votación del Parlamento brasilero que suspendió a la mandataria Dilma Rousseff. 

Las razones de este cambio forzado de Gobierno, siguiendo los pasos legales previstos en la Constitución de la República del Brasil, han transformado la grieta (que en el país vecino también existe) en un abismo, entre los seguidores del Partido de los Trabajadores y la oposición, incluidos los mismos socios con quienes Dilma llegó al poder. Su vicepresidente, ahora mandamás, es hoy la cabeza de la oposición y fue quien ayer mismo firmó la notificación del Senado en la que asume de manera interina la Presidencia de Brasil después de que la Cámara alta decidiera abrir un juicio político con fines de destitución contra la mandataria.

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Pasados los seis meses, en que se sustanciará el juicio, la misma Cámara de Senadores debatirá si destituye o no a la presidenta o le permite volver al cargo. Dados los resultados de la votación que la sacaron del cargo no es difícil deducir cuál será el veredicto en 180 días. 

Si bien el de Temer es un interinato, ejercerá con plenos poderes y si los parlamentarios deciden que Dilma no retorne al poder -lo que parece lo más probable- Temer deberá cumplir el mandato hasta 2018, de acuerdo a la ley del vecino país. Su investidura le permite también llamar a elecciones anticipadas, aunque dado su afán por llegar donde hoy está y su escasa base política, difícilmente lo haga. Pero su legitimidad (no la legalidad que es incuestionable) es endeble, a lo que se suma una deficiente situación económica, situaciones que podrían llevar a Temer a cambiar su pensamiento y salir del paso con una convocatoria a elecciones. Dicho de modo más llano: a este hombre no lo votó nadie y encima deberá administrar un Brasil en crisis, apoyado solamente por un partido en minoría. Hay altas probabilidades de que la cosa se le complique.

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Michel Temer es un abogado que era prácticamente desconocido en Brasil, perteneciente al Partido del Movimiento Democrático Brasileño, un grupo político que nunca ha tenido posibilidades de llegar al poder, de modo que siempre terminó siendo “rueda de auxilio” de los partidos grandes y mayoritarios, tanto en el proceso eleccionario como en las votaciones en el Congreso. Fue así como, mediante una alianza electoral, Temer llegó a ser el vice de Dilma. Su labor como coequiper presidencial fue siempre deslucida, no teniendo apoyo masivo de ningún sector social, ni de quienes apoyan al Partido de los Trabajadores (PT), ni de quienes festejan la salida de la presidenta. Y por eso, como decimos, que el abismo abierto en Brasil puede tener complicaciones. Porque si bien la salida de Rousseff es legal, Temer no tiene ni legitimidad de origen ya que no se lo votó como presidente, no tiene piso de sufragantes propios, ni apoyos sociales a la vista. De modo que su gestión será, al menos, dificultosa.

Solo para tener una idea de quién es Temer para los brasileros: una encuesta reciente confirmó lo desconocido de su figura, ya que sólo entre el uno y el dos por ciento de la población estaría dispuesto a votarlo en las elecciones de 2018.

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Dilma en realidad cae más por desgaste propio que por los enormes casos de corrupción que se han destapado en Brasil con el “petrolao”, una megacausa que involucra a dirigentes oficialistas y opositores, además de los más grandes empresarios del vecino país. Algunos están presos, otros suspendidos de sus funciones, pero no es el caso de la presidenta en concreto. Pero el clima que generó descubrir esta enorme ruta del dinero del Estado generó el clima necesario para que la sociedad brasilera dijera “basta” y con el motivo de que la presidenta “maquilló” los números de la economía antes de su reelección, fue separada del cargo.

La intoxicación que vive la sociedad brasilera frente a la corrupción, a la falta de eficiencia, a la crisis económica que se desató en este segundo mandato de Dilma, fue lo que terminó de dividir a los ciudadanos; unos que ponen en la balanza las mejoras que tuvieron los sectores de menores recursos en la primera gestión de la presidenta y otros que se paran en la vereda de enfrente, pretenden que se termine de una buena vez con las rutas del dinero y la mala aplicación de los fondos. Ya había gran resistencia a Dilma antes de su reelección, cuando veían los enormes gastos para el Mundial de Fútbol, y cómo los puentes recién hechos se desmoronaban, los estadios nuevos se rompían, todo producto de los dineros distraídos en estas construcciones. Ya la crisis se insinuaba, Rousseff ganó por pocos puntos y los conflictos políticos y económicos se hicieron más severos.

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Dicho esto sin ignorar que la oposición y los propios socios del PT, el Partido del Movimiento Democrático Brasilero, protagonizaron una suerte de juego de poder, cabildeando y conspirando contra el Gobierno. Los resultados de esta movida se medirán en el tiempo.

La importancia estratégica de este conflicto para la Argentina es que Brasil es nuestro principal socio del Mercosur, y los economistas opinan que no se verá en una mejora económica para la Argentina hasta que no surja un nuevo presidente con legitimidad para impulsar reformas que le permitan a ese país volver a crecer.

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Para los mercados brasileros el cambio mejora las perspectivas, ya que reaccionaron bien a la salida de Dilma (con descenso del dólar y suba de la bolsa), pero igualmente la Argentina no contará con Brasil en los próximos dos años. Y esta crisis del país vecinos ha pegado en las exportaciones nuestras, no solo porque no compra sino porque no tracciona el crecimiento. La clave es si sigue Michel Temer o si el mandatario interino llama a elecciones en 180 días. Si esta fuese la solución, tendería a una mejor situación con una apreciación del real frente al dólar; si se extiende este gobierno interino, no veremos mejora.

La crisis política de Brasil en un contexto de tanta incertidumbre y conflicto no puede tener un impacto positivo sobre la economía. Porque el nuevo gobierno no tendrá la legitimidad suficiente para mejorar el modelo que llevan adelante. Hace falta que Brasil recupere un gobierno con capacidad para hacer reformas sustentables de mediano plazo. Para tener una idea de lo que enfrentamos en este caso, hay que tener en cuenta que en 2010 Brasil representaba 22 por ciento de las exportaciones argentinas, en 2015 bajó al 17 y en el primer trimestre de 2016, al 15, aunque sigue siendo el primer cliente de la Argentina y las exportaciones de Brasil cayeron 25 puntos en general.

El presidente Mauricio Macri ante esta situación y conteste de que la globalización tiene estos costos, así como otros beneficios, buscará reemplazar este mercado que atraviesa una crisis por otros, ampliando nuestros horizontes y cuando Brasil se recupere se remodelará seguramente el Mercosur, pero eso es ya ir demasiado delante de la realidad.

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