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La ciencia como política para enfrentar complejos desafíos

10 de julio de 2021 a las 12:00 a. m.

La pandemia causada por el virus Sars-COV2 puso al mundo de rodillas y exigió a la ciencia y a los Estados el despliegue de todos los recursos disponibles para intentar poner coto a una emergencia sanitaria que limitó las actividades económicas y sociales en todas sus dimensiones. No fue la primera pandemia de la historia, ni será la última. Sin embargo, el desarrollo tecnológico y la globalización que tantas veces se cuestionan, porque se presupone pueden ser el escenario que facilita que este tipo de situaciones sanitarias ocurran por lo que implica la interacción con la naturaleza, el uso de los recursos naturales, las técnicas de producción y las posibilidades de movilización de las personas de una a otra parte del mundo en apenas unas horas de avión, también propicia las condiciones para que las respuestas ante una crisis de tamaña envergadura sean posibles. 

En este aspecto, quizás como nunca antes, la población mundial ha sido testigo de la enorme tarea de la ciencia para crear conocimiento capaz de manejar a un virus causante de una enfermedad desconocida y abordarlo con estrategias orientadas a su control. Hace tiempo era impensado que en apenas unos meses pudiera lograrse el desarrollo de varias plataformas para la fabricación de vacunas.

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Aunque a menudo pasa desapercibida detrás de la angustia que generan los efectos colaterales de la pandemia, ha sido sumamente valiosa la tarea de la ciencia en el contexto actual. No solo la ciencia del mundo que con frecuencia se pondera, sino la ciencia propia, la que alcanza la geografía del país y que cuenta con recursos y experiencia en la mayoría de las disciplinas que han tenido implicancias en la búsqueda de soluciones para afrontar la actual emergencia sanitaria.

La pandemia de coronavirus exigió al máximo la respuesta de la comunidad científica en el mundo y Argentina no fue la excepción. De algún modo la necesidad de encontrar formas de manejar la enfermedad y de prevenirla han supuesto titánicos esfuerzos que pusieron de relieve la importancia de la inversión en ciencia, tecnología e innovación, palabras que a menudo se pronuncian en los discursos, pero que resultan abstractas. La pandemia mostró y está mostrando el rostro de los científicos argentinos y la valía de sus aportes.

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En medio de las críticas que legítimamente motiva la gestión de la pandemia por parte de los gobiernos en muchos de sus aspectos y los desaciertos en los que la política ha incurrido en este tiempo, también se han generado experiencias de articulación que merecen destacarse. Solo por poner un ejemplo, apenas declarada la pandemia, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación conformó la Unidad Coronavirus, que integra junto al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicet) y la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Productivo y la Innovación para coordinar las capacidades del sistema científico y tecnológico para la realización de tareas de diagnóstico e investigación sobre la Covid-19. Haber logrado secuenciar el genoma del virus y estudiar sus variantes, no ha sido un hecho casual.

En la misma línea, mediante diversas formas de articulación público-privadas se lograron desarrollar herramientas para el diagnóstico y tratamiento y varios grupos de investigación de esos que trabajan en el anonimato de los laboratorios reorientaron sus líneas de trabajo para poner todas sus capacidades a disposición de Covid-19.

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Que laboratorios privados hayan podido intervenir y lo estén haciendo en la producción de vacunas, es una muestra clara del caudal de la ciencia argentina en materia de recursos humanos y tecnológicos. Algo que ya existía antes de la pandemia, aunque no era observado con tanta atención por parte de la opinión pública que hoy sigue de cerca cada uno de los pasos que logran darse en la dirección de resolver esta situación tan trágica como disruptiva.

Lo mismo sucedió en el marco de las universidades e institutos de salud que redefinieron estrategias y se sumaron a la red de laboratorios y volcaron sus recursos en materia de investigación para contribuir a idear respuestas que pudieran morigerar el impacto de la pandemia.

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Si bien es cierto que la urgencia que supone la emergencia sanitaria y el dolor social que causa inhabilita muchas veces la reflexión y solo se repara en las medidas que se toman para afrontar la coyuntura, la pandemia va dejando muchas enseñanzas al propio sistema de ciencia y tecnología del país. Lo ha puesto en un escalón de visibilidad pocas veces logrado en otras circunstancias. También en un lugar de suma responsabilidad que debe ser acompañado con políticas públicas que superada la emergencia queden inscriptas como políticas de Estado. Lo vivido hasta aquí ha mostrado con claridad supina que es preciso disponer de un sistema de ciencia amplio, preparado no sólo para responder a las necesidades que se consideran fundamentales para el desarrollo de la sociedad, sino también para afrontar situaciones imprevisibles como las que se viven en el presente. Hacerlo requiere de todas las áreas del conocimiento y supone la intervención de científicos fuera de la torre de cristal en la que suelen realizar la tarea, profesionales situados y comprometidos allí donde los problemas de la sociedad ocurren. Para ello es necesario tener políticas científicas definidas y movilizar recursos y capacidades para alcanzar las metas propuestas. 

Si algo ha mostrado hasta aquí la realidad causada por la pandemia es que la ciencia nunca más debe ser considerada un gasto. Por el contrario, debe ser quizás la inversión más estratégica que puede impulsar un país porque la ciencia es en el escenario actual y frente a las estimaciones futuras, herramienta fundamental de soberanía y capacidad de respuesta de las sociedades del Siglo XXI.

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