La Argentina bizarra
Por alguna razón en la cadena del ADN argentino, aun cuando por momentos sentimos que estamos ante momentos históricos respecto de la corrupción, trascendentes, claves, importantes, aparece un costado bizarro, tragicómico, que hace que se nos dibuje una risotada en el rostro, aunque el fondo del asunto sea dramático.
Por primera vez, no solo hay un lote importante de funcionarios del anterior gobierno presos sino también un nutrido grupo de empresarios de primera línea; pero hasta ahí llega cierta normalidad, como veremos, dentro de la tragedia que vivimos, al mejor estilo del Lava Jato brasilero con algo del Mani Pulite italiano.
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Los cuadernos de Centeno, el chofer del dos de Obras Públicas Roberto Baratta, están haciendo estragos dentro del ambiente político, empresarial y ahora también judicial. Como las escenas finales de una película, en las que empezamos a atar cabos sueltos y a comprender hacia dónde iba la trama, con la aparición del exjuez federal Norberto Oyarbide en el relato de los cuadernos, lo que muchos suponían pasa a tener rango de certeza: el renunciado magistrado no obró de buena fe ni acorde a su cargo en varias causas que tuvo entre sus manos, entre ellas el enriquecimiento del matrimonio Kirchner.
Oyarbide aparece entre los que recibieron los benditos bolsos de la felicidad. No debiera sorprendernos esta aparición por el historial de este magistrado que, desde las épocas de Carlos Menem, debió haber sido apartado el cargo por las irregularidades vergonzantes que exhibía. Sin embargo hasta que asumió Mauricio Macri se mantuvo en el cargo, y es claro que a más años en el cargo más hechos oscuros y corruptelas se cometen. Tampoco el actual presidente estuvo a la altura cuando le aceptó la renuncia con la que el magistrado se libró de varios juicios políticos que se perfeccionaban en su contra. Lo esperable hubiese sido que no se le aceptara la renuncia y fuera juzgado por su mal desempeño. Hasta ahora al menos, aunque se fue por la puerta chica, Oyarbide gozó de todos los privilegios de ser un (mal) juez, incluso su jugosa jubilación, arreglando con todos los gobiernos de turno la manera de evitar ser auditado por su desempeño. Ahora estamos sabiendo cómo eran esos arreglos, aunque todos los suponíamos. Desde el salvataje que le hizo el menemismo por la causa Spartacus a la fecha, Oyarbide se debió a los requerimientos del poder de la hora. Al fin, le permitieron que renunciara y no lo llevaron a juicio político, situación que aprovechó para pasar a una jubilación tranquila. Con esta causa se le habría venido, finalmente, la noche al exmagistrado.
Y aquí viene lo bizarro del asunto: llamado a declarar en la causa de las coimas, un Oyarbide, muy suelto de cuerpo, dijo en los tribunales de Comodoro Py que le apretaron el cogote para que sacara las causas de los Kirchner (se refiere a las tramitadas por enriquecimiento ilícito). Sentado en el juzgado de Claudio Bonadio, el exjuez federal responsabilizó por los presuntos aprietes al exespía Jaime Stiuso y al auditor de la Auditoría General de la Nación por el PJ, Javier Fernández. No le cabe a un juez federal la figura de la víctima arrepentida. Si pasó lo que ahora dice, debiera haberlo denunciado. Lo concreto es que Oyarbide no fue un juez imparcial, tal lo requiere sine qua non la función para la que fue designado.
Con esta actitud queda demostrado que nunca no debió ser juez, que como muchos otros- no tiene la estatura moral que amerita el cargo, que su designación fue un arreglo de la política, a la cual ató todos sus fallos.
Al admitir que fue agarrado del cogote para fallar en favor de los Kirchner, abre una nueva perspectiva respecto de qué se hace con todas causas que trató y, sobre todo, con los fallos que emitió.
Ahora veremos a dónde nos llevan los dichos del exjuez, por lo pronto la UIF solicitó la reapertura de la causa sobre enriquecimiento ilícito de Cristina Kirchner, debido a que el sobreseimiento podría haber estado viciado de un delito.
Como era de esperar, Oyarbide rechazó ante el juez haber recibido dinero, tal como describió Centeno en los cuadernos donde relató un mecanismo de recaudación de dinero en negro. Hasta ahora, todos los dichos del cuaderno han demostrado ser veraces, no así Oyarbide, una persona que carece de toda confiabilidad, al menos en cuanto a juez según él mismo admitió.
Y si faltara algo más bizarro, la vergüenza mayor es que pide declarar como arrepentido. Es un escándalo mayúsculo que el expoderoso juez federal pretenda ahora presentarse como víctima. No solo no se debiera permitir esta situación sino que de una vez por todas se debiera cerrar el círculo de uno de los magistrados, sino el más, corrupto de la historia argentina.
Para poner en contexto el tema, nadie recordará a Norberto Mario Oyarbide por sus fallos judiciales, a menudo polémicos, cuando no impresentables. Quedará en la historia, en cambio, su paso por el prostíbulo Spartacus, su anillo de 250.000 dólares, su alegría desmesurada en el carnaval de Gualeguaychú donde fue filmado beodo bailando, su dúo con la Mona Jiménez y sus selfies con Daniela Cardone en fiestas de fin de año. Ni que hablar de su baile con coreografía en un sindicato el año pasado, que se viralizó en las redes y la televisión abierta, entre otros papelones. Al fin pocos jueces tuvieron un perfil tan alto y extravagante como él, y la realidad es que pocos jueces recurrían al circo mediático para tapar hechos graves.
Pero si hubo un antes y un después en la carrera de Oyarbide, ese punto de inflexión fue Spartacus. En 1998, Luciano Garbellano denunció que Oyarbide le vendía protección al prostíbulo masculino y que recibía por ello una suma mensual de 15.000 dólares y los favores de los taxi boys del lugar. Fue filmado con un muchacho en una de las habitaciones incluso y se pudo ver parte de ese escandaloso video por televisión. Oyarbide fue a juicio político y, contra todo pronóstico, zafó. Hacían falta dos tercios de los votos de los senadores para destituirlo, pero ese día fue 11 de septiembre de 2001, la voladura de las Torres Gemelas de Nueva York comprometió a varios senadores en asuntos más urgentes. No es una leyenda urbana aunque lo parece, fue cierto y todos lo vimos en vivo y en directo, solo hay que apelar a nuestra memoria. Aquel favor político del peronismo fue el principio de una relación de protección mutua que ahora salió de las penumbras. Un tome y daca que, viendo las escenas actuales de la película, podemos hilvanar en retrospectiva en cada uno de sus fallos.
A partir de ese juicio político y de otra cuarentena de pedidos y denuncias, Oyarbide quedó al fin debilitado y si le hizo favores al menemismo, ni hablar los que les hizo (obligado, con alguna paga o como fuese) al kirchnerismo. Y es así como el juez jubilado, su novio y un amigo son investigados por un entramado de sociedades con autos de lujo y patrimonios millonarios por lo que se espera que el exjuez sea llamado a declarar en las próximas semanas para que explique las inconsistencias patrimoniales.
Pero que le permitan declarar como arrepentido sería el sumun de la impunidad, tampoco deberían aceptarlo como testigo colaborador. Fue un poderoso juez federal, que tenía pleno manejo de la Policía Federal con la que dicen hacía también de las suyas. Y sobre todo, fue un hombre en capacidad de elegir qué camino tomar y eligió mal, esta es la verdad.
Un párrafo final para nosotros, los argentinos. De estos temas, de Oyarbide y sus connivencias, ya se hablaba en los 90 de Menem, pero nadie le dio importancia y volvimos a votar al riojano, con toda su gente, embelesados con el uno a uno.
Es claro que tenemos, como sociedad, la misma estatura moral que Oyarbide, porque cuando tenemos plata en los bolsillos, la calidad institucional nos importa un comino.
Ojalá esto sirva para instalar como una prioridad la necesidad de tener una Justicia transparente, eficaz, imparcial, independiente, para que a partir de ahora en adelante no vuelva a pasar lo que ha pasado.















