La agenda económica en un tiempo difícil
El que estamos culminando ha sido quizás el año más difícil de los que se recuerden en la historia reciente. La pandemia atravesó todas las dimensiones de la vida social, desató y profundizó crisis agudas y estructurales. Y puso a los sistemas sanitarios frente a esfuerzos titánicos orientados a evitar el colapso.
En este escenario, la cuestión económica no resultó un aspecto menor. La macro y microeconomía han estado en el centro de todas las miradas por el impacto que la emergencia por Coronavirus ha tenido sobre variables que regulan la vida y marcan el futuro.
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En el caso de Argentina las dificultades financieras venían registrándose desde hace tiempo y lo que sucede en esta materia no es consecuencia de la pandemia- por lo menos no de manera exclusiva-. Sin embargo, algunos problemas se han agravado producto de la propia tensión generada por la crisis en el funcionamiento de diversos rubros de la economía. También por la ausencia de medidas de fondo que quedaron relegadas producto de la decisión de centrar el accionar del Estado en la contención, inyectando recursos a los sectores más vulnerables de la estructura social y del aparato productivo.
Más allá del alivio que esas políticas pueden haber traído a sectores alicaídos, no hay analista que no señale que estas políticas de emergencia no serán eternas, ni deben serlo en un país que se plantee previsibilidad en términos económicos porque las consecuencias sobre la propia viabilidad del sistema pueden hacer que sea peor el remedio que la enfermedad.
No hay sector que no haya sido golpeado directa o indirectamente por la pandemia. Y ahora, cuando la emergencia sanitaria aún no ha terminado, otras premuras ponen en la agenda pública como cuestión prioritaria ocuparse de la economía y sus indicadores. Y hacerlo sin demoras, en un escenario sumamente complejo y ante un ánimo social sensibilizado y agobiado.
Cuando esta necesidad se traslada a cualquiera de los rubros económicos y se ensayan posibles estrategias, el común denominador es facilitar aperturas de actividades que habían quedado confinadas en la cuarentena y de la mano de ello quitar la ayuda que hasta ahora realizó el Estado para sostenerlas. Surge en este punto el interrogante respecto de cómo se generarán las condiciones productivas adecuadas para esa quita de asistencia no termine generando una crisis aún más profunda o directamente la desaparición de miles de empresas con la consecuente pérdida de puestos de trabajo.
Son varios los rubros que han sido sostenidos por la acción del Estado y también muchos los que ya han referido que la quita de los fondos de Asistencia al Trabajo y la Producción (ATP) por ejemplo, significaría la sentencia de muerte.
Por otro lado, la presión sobre el Gobierno para encarar medidas de fondo que resuelvan problemáticas estructurales comienza a imponerse. Los indicadores de la pobreza preocupan y alarman. Porque detrás de los números se expresan realidades anteriores al coronavirus y verdaderas tragedias para un país rico en recursos.
El presente y el futuro inmediato plantean al Gobierno un escenario complejo. En el que además también jugarán un rol los requerimientos que ciertos organismos como el Fondo Monetario Internacional impondrán como lineamientos prioritarios para encarar el futuro. Y por fuera de cualquier disquisición ideológica en términos de lo que representa que agentes externos condicionen la política económica nacional, urge la idea de configurar un plan. Un programa económico que resultó muy difícil de pensar en la crisis más grande de la historia y más aún de implementar cuando esa crisis y sus secuelas aún no han finalizado.
Diciembre es para los argentinos un mes sumamente particular en términos de reclamo social. A lo largo de la historia han sucedido hechos trágicos que han tenido este mes del calendario como epicentro. Reclamos y demandas alguna vez estallaron en diciembre como una olla a presión y lesionaron la sanidad de la vida en democracia. Eso está presente en la memoria colectiva y quienes tienen responsabilidades de tomar medidas y conducir este tiempo de Argentina, no son ajenos a ello. Saben que cada medida debe ser pensada y ejecutada con precisión quirúrgica porque los fantasmas asechan. Y porque es responsabilidad del Estado, no como partido sino como institución, tener la pericia de tomar las decisiones que deben tomarse, sin causar un daño social mayor a una sociedad ya lo suficientemente golpeada por un enemigo silencioso como el virus que llegó, se propagó y torció el cauce de toda dinámica social.
Así como en términos personales cada ciudadano está llamado a contribuir en la construcción de la nueva normalidad para garantizar la salud; en el plano político, económico y social, queda por delante también esa gran tarea, que supone llevar el país por el andarivel de la armonía, construyendo consensos y formas de vivir que sean garantía de la sanidad democrática. Para ello la pericia, la prudencia y la honestidad despojada de cualquier grieta, resultarán piezas fundamentales sin las cuales será imposible pensar en soluciones reales a problemas severos, que como el virus están ahí, asechan y tendrán impacto en una sociedad ya demasiado golpeada.













