Juan José “Nene” Raimundo: un artesano de la gastronomía y el servicio
Juan José “Nene” Raimundo, una vida dedicada al Club Argentino.
(LA OPINION)
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Me llamo Juan José Raimundo, pero todo el mundo me conoce como ‘Nene’, soy el último de dieciséis hermanos, y una hermana por parte de mi padre; uno de mis hermanos fue el periodista Ramón Raimundo; él era el mayor y yo el más chiquito; fue una referencia para mí y para todos nosotros”, señala en el inicio de la entrevista, mostrando su carta de presentación: “Soy un tipo simple, creo que ser buena persona es un tesoro y yo me considero un hombre bueno y honesto, no es poca cosa”.
Es hijo de Antonia y de Salvador, dos inmigrantes italianos a los que les valora el don del trabajo y el sacrificio. “A mi mamá habría que ponerla en un pedestal por todo lo que hizo por nosotros.
“Nací en el barrio Acevedo, en Sarratea y Maipú, allí viví hasta que me casé a los 26 años; mi madre era ama de casa y mi padre fue sereno del Hospital de Llanura, después trabajó de panadero, más tarde se enfermó y no pudo trabajar más.
“Tuve una buena infancia, con amigos de potrero y frutos robados de las plantas que crecían en un terreno lindante, mientras nuestros padres hablaban con los vecinos”.
Es el sobreviviente de sus dieciséis hermanos. “Soy el único que queda, con mis 77 años.
“Me casé con Elisa Olga Della Valle, vamos a cumplir 51 años de casados, tuvimos dos hijos: Adriana Cecilia, que trabaja en el Centro de Jubilados; y Gustavo Javier, que es ingeniero y vive en México; tenemos seis nietos: Nicolás, Sebastián, Micaela, Abril, Agustín y Manuela”.
“Mi esposa trabajó siempre como modista”, señala.
Con respecto a su actividad laboral, asegura haberse dedicado a “muchas cosas”, pero resalta su trabajo en la gastronomía. “Creo que ese es el sello que me distingue; trabajé en ese rubro más de 40 años.
“En el Club Argentino estuve 22 años como conserje, a cargo del bufet del Club, ahí dejé la vida, es un trabajo muy lindo, ahora lo extraño, empecé por necesidad pero siempre me gustó. Comencé a fines de 1976, con la Guardería, una colonia de verano en la que le dábamos de comer a más de 300 chicos todos los mediodía y a la tarde antes de irse le preparábamos la merienda”, recuerda.
“Hay muchas generaciones que pasaron por allí, me encuentro con hombres y mujeres que me saludan por la calle y me recuerdan que ellos iban al Club cuando eran chicos”, señala y encuentra en ese reconocimiento la mayor recompensa.
En el Club tuvo la posibilidad de cosechar innumerables anécdotas. “He atendido selecciones a nivel nacional de fútbol y de basquetbol, tanto mayores como juveniles”, refiere y señala que el Club fue una plataforma para contactarse con mucha gente.
“Hubo una época que hablar del Salón Blanco del Club Argentino y hablar de Raimundo era un sello de gastronomía, tenía copado todo, incluso me llamaban para organizar el servicio en fiestas particulares tanto de Pergamino como de los pueblos de campaña; hasta a Rosario he ido a hacer un casamiento, era un sello.
“Impuse una costumbre que ahora ya está instalada en todos lados, como es hacer los festejos de Navidad y Año Nuevo en el Club, eran fiestas inolvidables, con orquesta y baile”, relata.
Durante muchos años trabajó “a tiempo completo” tanto en el Salón Blanco como en la sede del Club que funcionaba en el Centro. “Me gustaba mucho, así que no tenía horarios”.
El ferrocarril
Antes de su llegada al Club había sido empleado ferroviario, una tarea de la que guarda entrañables recuerdos. “Era empleado de Estación, andaba relevando, estuve casi 15 años; la vida de la ciudad era otra con el tren. Cuando llegaba la formación de Buenos Aires era increíble la cantidad de gente que se reunía en la estación.
“Era un mundo, ahora uno ve el ferrocarril así y siente pena, cosas que cuestan años o una vida para hacerse y cómo se desarman”, reflexiona.
La gastronomía
Sus primeros pasos en la gastronomía fueron en el “American Petit”, un local que funcionaba en San Nicolás entre Bartolomé Mitre y San Martín. “Allí aprendí mucho de lo que sé de gastronomía, fue como mi escuelita”, confiesa y recuerda que se dedicaba a preparar café, sándwiches y postres. “En esa época se usaba la Copa Melba”, agrega.
“Siempre me había gustado el servicio gastronómico y allí tuve la posibilidad de aprender; después me largué de mozo, me gustaba servir”, comenta y asegura que siempre sintió “haber nacido para eso”.
Asegura que mucho de lo que aprendió fue “mirando a los demás” y “preguntando”.
“Siempre me gustó curiosear, cada vez que preparaba un plato nuevo, me preocupaba por conocer los ingredientes, cómo estaba preparado, recuerdo que el cocinero siempre me decía: ‘Raimundo, qué curioso que es usted’”, cuenta en un anecdotario rico en experiencias.
En este segmento del relato recuerda también sus experiencias como mozo en el Club de Viajantes y en las fiestas particulares. De cada vivencia, sacó un aprendizaje.
“Después cuando me dediqué al Club, ya me aboqué de lleno ahí, fue una época muy linda, trabajé hasta mediados de 1998”, señala y confiesa que luego del Club siguió trabajando por su cuenta a requerimiento de quienes lo iban a buscar para “preparar pollos o algún asado”.
Asegura que su especialidad es “el pollo relleno” y confiesa que aún hoy hay mucha gente que pregunta por ese plato. “El pollo a la parrilla también me salía muy bien”.
En la actualidad sólo cocina para su familia y siempre encuentra una forma de “consentir” a sus nietos con sus platos preferidos.
“Mi nieta la que está en México extraña mis ñoquis, aunque mi nuera se llevó la receta para hacérselos”, confiesa y menciona que siempre fue “generoso” con sus secretos de cocina.
“También hacía muy bien el pollo a la portuguesa, un día vino García Cano que tenía una casa de tornillos, y me pidió la receta, se la di, pero aunque anotó el paso a paso siempre me señaló que nunca le salió igual; yo creo que es una cuestión de ‘oficio’, de saber cómo condimentar y preparar.
“Ojo, no digo con esto que yo sea un profesional especializado, no soy un chef, soy un artesano, aprendí mirando y caminando la vida”, aclara con cierta modestia.
Su hermano
Aunque fueron muchos hermanos, Ramón Raimundo fue para Juan una referencia. “Yo no puedo hablar de mi hermano, hay que preguntarle a la gente lo que piensa de él; para mí fue un gran referente, el que era enemigo de mi hermano es porque era mal llevado.
“Como soy el más chico, yo era para él como un hijo, me mandaba a las canchas cuando él no podía para hacer los resúmenes de los partidos, hoy a la distancia creo que él quería que yo tomara el oficio de periodista”, refiere.
“Me gustaba ir a las canchas, quizás porque jugaba al fútbol en Provincial y luego en la Liga de Independiente, pero nunca me tomé en serio lo del deporte”, cuenta.
La referencia de su hermano está presente en varios momentos de la charla, con recuerdos intactos “Fue una gran persona, yo tengo 77 años y él tendría hoy 106, era como un padre para mí, yo perdí al mío siendo chico, así que él fue para mí más que un hermano”.
Su presente
Retirado de la actividad laboral, hoy disfruta con su esposa de rutinas sencillas. Le gusta estar en su casa. “Somos dos amigos con mi esposa, nos conocimos en un baile en 1959, en la época que se hacían los bailes de familia en los clubes y la volvería a elegir porque ha sido muy compañera, excelente madre, trabajadora y muy fiel”.
Durante su vida supo cosechar “un montón de amigos”.
“Muchos de ellos ya han partido, pero guardo de cada uno preciosos recuerdos”, asegura.
“Trato de pasar mis días tranquilo, lo único que proyecto y ambiciono es que mis hijos y mis nietos estén bien, con eso ya estoy hecho”, agrega en una consideración en la que reconoce el transcurso del tiempo.
Entre las asignaturas pendientes aparece un viaje a Italia. “Me hubiera gustado conocer la tierra de mis padres; cuando pude, no tenía tiempo; y ahora que tengo tiempo, no tengo la posibilidad”, confiesa y se conforma con saber que la casa donde vivieron sus antepasados en un pueblito calabrés sigue intacta.
En la gastronomía lo que le hubiera gustado hacer es “una vaquillona” y en esa confesión está parte de la esencia que lo define: nunca temerle a nada, emprender cada día nuevos desafíos con la disposición de aprender y preocuparse porque las cosas salgan bien en lo que esté a su alcance.
“Esa característica tal vez me viene de mis padres”, señala sobre el final de la entrevista y trae al relato anécdotas de la vida de sus progenitores, que los marcan en su disposición al trabajo. De aquellas vivencias tomó los valores que llevó a su vida y transmitió a los suyos: “La familia y la casa deben ser referencias y ejemplos, ser buena persona es un título de honor; yo no poseo ningún título de estudio, pero no tengo que agachar la cabeza frente a nadie, eso es muy importante”, concluye, definiéndose como “un pergaminense de alma”.






















