"Inspiraciones"
Las comparaciones son odiosas y también es un error juzgar el pasado con valores del presente, y viceversa. Pero hay imágenes, gestos y palabras del Siglo XXI que me remiten al XIX: cuando en el año 2000 algunos piqueteros comenzaron a marchar encapuchados y con palos, la movilización, el arreo...

Las comparaciones son odiosas y también es un error juzgar el pasado con valores del presente, y viceversa. Pero hay imágenes, gestos y palabras del Siglo XXI que me remiten al XIX: cuando en el año 2000 algunos piqueteros comenzaron a marchar encapuchados y con palos, la movilización, el arreo de manifestantes, el bloqueo de accesos, el acampe y "al que no le gusta, se jode, se jode" dieron el aspecto simbólico de un malón bien organizado y amenazante. Y hace solo una semanas también Juan Grabois usó una retórica tan anacrónica como atemorizante cuando sostuvo en el Puente Pueyrredón: "Algunos gauchos acá estamos dispuestos a dejar nuestra sangre en la calle para que no siga habiendo hambre en la Argentina". El mensaje, de metafórico, no tuvo nada. Más bien resultó evidente: planes o saqueos, Salario Universal o disturbios, guita o muertes.
¿La política asistencial eterna, la administración estatal y paraestatal de la pobreza, no reconocerán inspiración, acaso, en prácticas afianzadas por Juan Manuel de Rosas para mantener una relativa calma en la campaña bonaerense durante sus gobiernos?
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En el sitio oficial del Archivo General de la Nación hay una serie de publicaciones llamadas "Inspiraciones", realizadas en 2021 para celebrar el bicentenario de este organismo. Entre ellas está la de Silvia Ratto, doctora en Historia por la UBA, investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de Quilmes, sobre el "Negocio Pacífico de Indios", tal el nombre de una iniciativa del Restaurador.
Dice Ratto: "A comienzos de su primer gobierno en la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas dio forma a una política de pacificación con los indígenas para disminuir la conflictividad que existía en la frontera bonaerense. El Gobierno implementó un sistema de entrega de raciones de ganado y artículos de consumo y obsequios a las principales jefaturas nativas con las que se habían realizado acuerdos de paz. Esta política de obsequios no era nueva para la región y sus antecedentes se remontan al período tardo colonial, pero lo distintivo de este momento es que las entregas se regularizan y para garantizar un fluido continuo de bienes hacia las tolderías se creó una partida presupuestaria llamada Negocio Pacífico de Indios".
A fin de controlar ese dinero, la Contaduría de la provincia de Buenos Aires llevaba un registro en tres pasos. En los Libros de Caja se asentaban los recibos de pago por cada peso que salía del erario provincial. En una segunda instancia, los Libros Manuales recogían la información indicando el rubro presupuestario al que debía imputarse. Por último, los Libros Mayores reordenaban los gastos por partida presupuestaria. O sea que el Negocio Pacífico está ampliamente documentado.
¿En qué consistían las raciones dirigidas a los "indios amigos"? Uno de los rubros más importantes era el ganado yeguarizo (alimento preferido de los indígenas). También se mandaban harina, maíz, ropa y los llamados "vicios" (yerba, azúcar, tabaco, aguardiente).
La repartija no era igual para todos. "En algunos casos, el ganado entregado incluía vacunos y ovinos y artículos suntuosos para las jerarquías indígenas", dice Ratto. Los caciques, a la vez, distribuían entre caciquillos, capitanejos y demás subordinados.
En 1826, antes de ser gobernador, Rosas sentó las bases del Negocio Pacífico cuando el presidente Rivadavia le encomendó negociar con las tribus del sur bonaerense en base a su experiencia como estanciero que alojaba y protegía nativos en sus campos. En aquel momento, el futuro Restaurador pagó a los aborígenes "compensaciones por el rescate de cautivas", dinero que salió de las arcas del Estado. Por otra parte, entabló relaciones personales de amistad con jefes de las tribus que cimentaron su política para la campaña una vez en el poder.
Los que entraban en el Negocio Pacífico tenían sus obligaciones para con Buenos Aires: debían asentarse dentro de estancias por acuerdo con sus dueños o en proximidades de los fuertes de frontera, como los bautizados Independencia (origen de la ciudad de Tandil) y Federación (antecesora de Junín). Asimismo, cumplían tareas de chasque o mensajería, acarreo de bienes, provisión de información (espionaje, bah) y podían sumarse a las filas rosistas en acciones militares.
Los obsequios y las raciones alcanzaban a los indios que, sin ser amigos, se consideraban aliados. La diferencia era que los aliados seguían viviendo en territorio indígena, mantenían su independencia política y se relacionaban mediante el comercio y la diplomacia tanto con Buenos Aires como con autoridades chilenas. Reportaban novedades sobre movimientos de grupos hostiles tierra adentro y sostenían largos parlamentos con los delegados de Rosas en los fuertes bonaerenses. Las estadías eran solventadas por la Tesorería de la Provincia.
En ocasiones, la cobertura económica llegaba a la ciudad de Buenos Aires. En el texto publicado por el AGN, Ratto cuenta que, entre 1834 y 1835, aparecen gastos médicos para tratar "la enfermedad de los ojos del cacique Catriel en el corralón frente a la iglesia de la Piedad". En 1836, "el hijo del cacique Venancio Coñuepán recibía periódicamente una cantidad de dinero para alimentación de los indios alojados en dicho sitio, el cual parecía funcionar a la vez como hospital y lugar de hospedaje de partidas indígenas que iban a parlamentar con el gobernador".
Más tarde, a comienzos de la década de 1840, en Bahía Blanca, alrededor de la Fortaleza Protectora Argentina, hubo un boom de nuevos comerciantes. "El aumento de los pulperos que se convirtieron en proveedores del Estado se corresponde con un incremento de los jefes indígenas que recibían esos bienes; respondían al mando del cacique Calfucurá, asentado en Salinas Grandes. Este flujo constante y voluminoso de bienes hacia esas tolderías indica de manera clara la importancia diplomática que había adquirido el cacique en el entramado de relaciones del Negocio Pacífico", escribió Ratto para la serie "Inspiraciones" del Archivo General de la Nación. Pero no solo ella; otro historiador, Vicente Marino, en un trabajo de 2005 presentado ante las Universidades Nacionales del Litoral y de Rosario, señala: "El reparto de riquezas hizo que los toldos de Calfucurá se inundaran de inmigrantes que acudían a recibir su parte de las raciones que Calfucurá repartía. Salinas Grandes llegó a tener 20.000 habitantes".
María Laura Cutrera, doctora y profesora en Historia e investigadora del Conicet, publicó en 2009 un artículo titulado "La trama invisible del Negocio Pacífico de Indios", donde sostiene que Rosas, conocedor de la cultura, la lengua y el sistema de creencias de los indígenas, se introdujo en sus redes familiares. Por medio de estos lazos, según Cutrera, Rosas reconceptualizó la noción indígena de tierra: continuaba siendo de los indios, pero ya no con exclusividad. Ahora la compartían. "La tierra era el lugar en que vivían en armonía con los criollos. Como tal, debía ser salvaguardada de dos abominables amenazas: el unitario y el indio enemigo. Frente a ellos, la tierra habitada por indios y cristianos creaba, al menos en el plano discursivo, parientes: indígenas y criollos vivían como hermanos. En el discurso del rosismo, los indios amigos y los cristianos, hijos de un gran padre, Rosas, ligados por relaciones fraternales entre sí, no podían más que oponerse a quienes quedaban fuera de esa familia. El parentesco proporcionaba un eficaz criterio de 'inclusión-exclusión'; quien no estaba dentro de la comunidad de parientes era enemigo y salvaje, inmundo y asqueroso", concluye Cutrera.
Por supuesto que el Negocio Pacífico de Indios no fue el paraíso. Durante su vigencia se produjo la entrada masiva de indios de Calfucurá y otros caciques provenientes de Chile, atraídos justamente por las raciones y los obsequios. Los gastos y la estructura burocrática alrededor de esta política aumentaron. A veces el ganado y otros bienes no llegaban, entonces se producían malones para robar yeguas, vacas y ovejas en las estancias. De paso, se cautivaban personas. Había conflictos entre distintas tribus y tanto Buenos Aires como otras provincias desplegaron campañas punitivas y de conquista sobre territorio indígena.
Volviendo a Silvia Ratto, esta vez en su libro "Indios y cristianos. Entre la guerra y la paz en las fronteras", allí cita una carta de 1831 escrita por Rosas a Vicente González, su colaborador en la Guardia del Monte (actual ciudad de San Miguel del Monte): "Acabada la guerra con los unitarios me es necesario decir tales y tales indios son enemigos para declararles guerra de frente y conseguir de este modo salir del riesgo que se corre por los celos entre los amigos y porque a todos ha de ser imposible mantener".
Es decir, todo va bien hasta que "se pudre el rancho" y esto sucedió cuando los gastos y la estructura burocrática alrededor de esta política aumentaron. Atenciones especiales para caciques, caciquillos y capitanejos. Lenguaraces para llevar adelante las negociaciones. Lanzas, hoy cañas tacuara para enarbolar banderas en las marchas. Entregas periódicas y reguladas de comida para los demás indios de chusma y de pelea, hoy para la población marginada y empobrecida. Todo a cargo del Estado, pagado con dinero de impuestos, en aras de la paz, aunque había y hay otra moneda de cambio y era y es el apoyo al caudillo. Hasta que se pudre el rancho.
Si alguien más ve similitudes entre el pasado y el presente, quizás no se trate de una mera coincidencia.













