Insensateces electorales en un país en crisis
Apoco del inicio del año electoral, nada parece indicar que estamos en un país que atraviesa por una dura crisis económica. Porque si lo miramos desde las provincias, vemos un extenso calendario de regiones que hacen sus elecciones en distinta fecha a las presidenciales que son en octubre, con las Paso en agosto.
En algunos casos hay provincias que históricamente van a elecciones en fechas diferidas y es legal aunque improcedente desde el punto de vista operativo-, las autonomías provinciales así lo permiten y como lo vienen haciendo desde siempre, siguen esta línea para cumplir los plazos de mandato. Pero ahora se da el fenómeno de otras provincias que deciden adelantar sus comicios con el único fin de que no coincidan con las nacionales, especulando con el arrastre positivo o negativo, según el caso, de los candidatos a presidente. No es la primera vez que sucede, es un artilugio más de la baja política que nos viene gobernando desde el retorno de la democracia, pero en esta ocasión, la picardía no solo incomoda al votante sino que multiplica exponencialmente un gasto que no estamos en condiciones de hacer. Y como en este caso son los mandatarios de Cambiemos los que especulan con esta estrategia, porque temen que el arrastre del presidente los perjudique viendo que los números de Mauricio Macri no son alentadores, se hace evidente una contradicción en el mensaje. ¿Dónde están el ajuste y la austeridad necesarios en esta movida?
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Cornejo en Mendoza, Morales en Jujuy quieren desdoblar la fecha de los comicios y el golpe de gracia se produciría si María Eugenia Vidal, principal abanderada de la prudencia económica de Cambiemos, al fin decide ir también con fecha propia a las elecciones 2019.
En un momento en el cual estamos contando las monedas, que cada mandatario transforme los comicios en un traje a medida, especulando pero con el dinero de todos nosotros, es inaceptable. No solo porque de este modo el gasto se multiplica al poner en marcha en cada caso todo el aparato del Estado para garantizar la elección sino porque es una afrenta a la institucionalidad jugar de este modo con un cronograma electoral.
Todo esto además de unas Paso que también se dividen en provinciales y nacionales que no tienen ninguna razón de ser tampoco y que agregan enorme gasto a los comicios.
Las Primarias no son ineficientes per sé; es nuestra idiosincrasia electoral la que las hace impropias para nuestro país al no poder cumplirse con su espíritu. En un país donde la política se desarrolla y decide tras los cortinados, es una puesta en escena llevar la elección de los candidatos de un partido al público en general. Ya lo hemos visto: antes de que lleguen las Paso las candidaturas ya están arregladas por lo que la figura del precandidato es decorativa y una excusa para movilizar fondos, no siempre de origen conocido. La realidad es que si hay varios candidatos por partido, que cada sigla vaya a la interna tradicional, que la pagan ellos y eligen a sus postulantes. Y no a una Paso que es obligatoria, la pagamos todos y no se usa para elegir candidatos sino para medirse entre partidos, como ha venido sucediendo. Una suerte de encuesta general carísima, que sirve para especular y nada más.
Para clarificar el panorama, nos ubicamos en Pergamino. Si la provincia desdobla elecciones tendremos las Paso, los comicios bonaerenses (que incluyen las municipales), la Paso, la elección presidencial y la segunda vuelta si nadie gana en primera. Cinco veces iríamos a votar, en una lógica que, la verdad, no se justifica ni se entiende.
Debiéramos actuar con más responsabilidad, eliminar las Paso y dedicar un día a las elecciones generales, para presidente, gobernador, intendente y legisladores.
El proyecto de ley de presupuesto para el año próximo intenta imponer recortes en los gastos de campaña y destina menos fondos a la logística electoral que despliega el Ministerio del Interior respecto de los últimos comicios. Pero inflación mediante, la partida destinada a la ejecución de los gastos electorales será de casi 8.000 millones de pesos, un 33 por ciento más respecto de las elecciones legislativas de 2017.
Además, ya no se trata, como en 2017, de dos elecciones (primarias y generales), sino de tres, si llegase a haber doble vuelta en la elección presidencial.
Por lo tanto, las erogaciones que deberá afrontar la Dirección Nacional Electoral serán mayores que hace dos años.
Imagínese el lector si aparte de estas erogaciones nacionales ineludibles, tenemos las provinciales. Tendríamos todo duplicado. Porque los gastos del Estado para una elección van desde los aportes a los partidos políticos para la impresión de boletas y aportes de campaña hasta la impresión de padrones; seguridad electoral: efectivos de policía y de las Fuerzas Armadas para custodiar los comicios; la compra del material electoral (urnas y sobres) y el pago a las autoridades de mesa.
El juego político por encima de todo, ese es nuestro gran karma. Todas las expectativas puestas en una alternativa outsider como fue el PRO se fueron al tacho ni bien empezaron a jugar en la arena nacional, donde -se ve- terminaron sucumbiendo ante las viejas formas que juraron erradicar, tras una exitosa gestión en la Ciudad de Buenos Aires que pretendieron transpolar al resto del país.
La política es una enfermedad; nuestra dirigencia se enloquece cuando se trata de las elecciones y de repente hace lo insensato, lo impensado, lo que juró nunca hacer, abusando de fondos que no tenemos en un sistema híper especulativo.
Alguien debiera poner algo de racionalidad a todo este asunto, eliminando las Paso y volviendo al sistema de internas tradicionales y que haya un día, solo uno, de elecciones para todos los cargos y categorías.
Seamos serios.















