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Inflación: admitir el problema y atacar sus verdaderas causas

14 de enero de 2014 a las 12:00 a. m.

La inflación en Argentina no encuentra un techo y ya nadie se atreve a pronosticar con precisión un índice medianamente confiable para este año. El total de 2013 fue por encima del 27 por ciento y en las últimas cuatro semanas (dos de 2013 y dos de 2014) ya lleva más de medio punto porcentual lo que, visto linealmente, indica un promedio del 60 por ciento anual. Nadie se anima a arriesgar una cifra tal, pero tampoco hay quien aventure un número menor al 30 por ciento para el acumulativo de los 12 meses de 2014. De hecho todos los gremios que se preparan para las paritarias adelantan que las negociaciones comenzarán con un piso superior al 30 por ciento de aumento salarial, porque esa es, mínimamente, la expectativa inflacionaria.

Ayer se conoció un informe de la Consultora Elypsis, en el que se precisa que el punto de quiebre para la aceleración de la inflación se produjo en la segunda quincena de noviembre, coincidiendo prácticamente con el anuncio de la salida del Gobierno de Guillermo Moreno. Por esa circunstancia algunas empresas habrían aplicado aumentos antes de que se pusiera en marcha el nuevo congelamiento de precios. También se atribuye a una inflación reprimida que venía sosteniendo artificialmente Moreno.

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Según el mismo informe privado, que coincide con el de otras consultoras, en las últimas cuatro semanas los aumentos fueron liderados por las frutas, que sufrieron un impacto adicional por cuestiones estacionales. Pero las frutas y verduras representan apenas el cinco por ciento de la canasta de precios cuidados que lanzó el Gobierno para contener la inflación.

Es tan cierto que la inflación crece como que el Gobierno no logra sincerar el fenómeno para atacarlo de una buena vez desde donde corresponde. Es como una enfermedad que por empecinarse en negarla, fue avanzando cada vez más. Hasta que ese mal no sea reconocido como tal, en su real dimensión, no va a menguar, ni mucho menos desaparecer.

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Cuando en países de la región se aguarda que la inflación descienda, los indicadores locales auguran que crecerá, situación que resulta un ir a contracorriente de lo que requiere el progreso. Y de lo que hacen naciones prósperas como Uruguay, Brasil, Perú y Chile que vienen recibiendo inversiones y sustentan sus economías en la base de su previsibilidad ante el mundo.

En este contexto, y como desconociendo la voz de ámbitos que desde hace tiempo vienen estudiando y advirtiendo acerca del desenvolvimiento del proceso inflacionario en Argentina, la palabra oficial sigue desatendiendo el fenómeno, no considerándolo como un factor de riesgo al que prestarle atención. Al menos en el discurso, porque por lo bajo son ingentes las tratativas de ponerle un freno a un proceso que corroe las entrañas mismas del poder, pero ninguna corresponde a lo que la situación amerita. De hecho, en el Gobierno está prohibida la palabra inflación, pero la batería de medidas adoptadas en materia económica para frenar el proceso van todas hacia ese objetivo. Es decir que se siguen tomando decisiones donde lo primordial no es la resolución de los verdaderos problemas que afectan a los argentinos, sino cuidar el espacio de poder político. Así, mirando el ombligo y pensando siempre qué hacer para retener los cargos, no hay futuro.

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En materia económica, la inflación es el termómetro que aporta información sobre el verdadero estado de la salud económica de un país. Tener bajo control este indicador evita la espiral inflacionaria, una escalada con consecuencias conocidas por todos.

En este marco, se hace necesario abandonar la sordera. Y resulta imperioso hacerlo identificando e interviniendo con convicción y firmeza sobre las causas que motivan la disparada de los índices inflacionarios.

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Para Argentina, que tiene un pasado reciente complicado en materia económica, trabajar sobre la inflación es imperativo. También lo es detener la mirada sobre los países que han conseguido resultados ciertos y visibles.

Independientemente de la entidad y del crédito que el Gobierno determine darles a los estudios de opinión pública que revelan la disconformidad de una importante porción de la población respecto del rumbo económico, la preocupación por la inflación se ganó un lugar preponderante en el escenario de la realidad argentina. Y está en la consideración de la gente común que padece sus efectos cuando ve que los precios suben desproporcionadamente y que se altera la ecuación de su economía.

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Nadie puede desconocer este indicador de la realidad. Mucho menos el Gobierno. Menos aún si considera que la discusión salarial deberá iniciarse sobre la base de un porcentaje de aumento de más del 30 por ciento. Todos sabemos que la definición de este piso tiene que ver con la expectativa inflacionaria, y eso se traslada a los precios. Aunque el Gobierno pretenda negarla o minimizarla y siga alejándose con las determinaciones del rumbo económico que han tomado los países que crecen. 

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