Hugo “Pipi” González: manos para amasar el pan y puños para boxear
Hugo “Pipi” González, en la tranquilidad de su hogar, relató sus experiencias de vida.
(LA OPINION)
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Hugo Ronald “Pipi” González es un hombre de 76 años, de apariencia sencilla. Vive en el barrio Acevedo, en la casa que comparte con su compañera de vida. Espera la entrevista con las puertas de su hogar abiertas, sentado en una silla que mira hacia la puerta. De lejos se perfila su figura. Cuando el diálogo comienza se muestra respetuoso como “los hombres de antes”. Mide cada palabra y preserva detalles de su vida privada. El relato se concentra en aquellos aspectos de su vida que han tenido trascendencia por sus características. Es panadero de oficio y boxeador. Pero además fue zapateador de malambo y trabajó en la Cooperativa de Guerrico.
Usa lentes y detrás de ellos se ve una mirada cargada de tiempo. En su relato hay innumerables anécdotas. Arranca por sus orígenes y por el honor de su oficio panadero. Describe con precisión ese arte de “amasar el pan”.
Nació en el barrio Trocha, en una familia humilde, en la que eran doce hermanos, de los cuales viven seis. “soy hermano de Omar González, el cantante”, dice apenas se inicia la charla.
A los 7 años se dedicaba a barrer veredas por un centavo. Hizo hasta sexto grado en la Escuela Nº 5 y recuerda con nostalgia los tiempos de su infancia y adolescencia. “Trabajé desde chico, barría veredas por un centavo, en aquel tiempo, cuidadito con llegar a la casa con algo ajeno, había mucha rectitud, eran otras épocas, hoy no hay respeto ni por los propios padres.
“Aprendí el oficio de chico, de tanto ir a mirar cómo se amasaba el pan, un día arranqué, trabajé en la Panadería Riera catorce años y me jubilé en Amoruso, donde empecé a trabajar por cuatro días, allá por la década del 70 y me quedé hasta 2003.
“Cuando empecé a trabajar como panadero hacíamos treinta bolsas a mano, era de no creer el pan que salía; trabajábamos desde la medianoche, eran cuatro turnos, había que hacer mucho pan; después comenzó a aflojar la producción así que salí al reparto y atendí el negocio, gracias a Dios siempre me gustó mucho mi trabajo”.
Valora tanto el arte de su oficio como el trato con la gente. “Yo era pura sonrisa, amasaba el pan y a los clientes les contaba cuentos”, refiere.
Actualmente está retirado del oficio. Tiene en su casa un horno pizzero que cuando se jubiló empleó para hacer prepizzas que vendía al club de su barrio y pan dulce que preparaba para las fiestas.
“Me jubilé en Amoruso y ahora no trabajo más”, refiere y acerca a la charla múltiples anécdotas de esa panadería tradicional de la ciudad.
“Tengo muchas anécdotas, hacíamos el pan, las tortas negras y la pastafrola”, señala y agrega que siendo panadero “se hacen muy buenas relaciones con las personas”.
En varios momentos de la entrevista la historia quiebra la temporalidad para mostrar que Hugo tuvo una vida rica en experiencias. “Antes de entrar en Amoruso estuve como encargado en la Cooperativa de Guerrico; trabajé un año, me llamó el gerente y me convocó para trabajar, quedé como encargado de personal, recuerdo que hicimos muchos cambios, ropa apropiada, gorros y pedí que les aumentaran el sueldo, tengo muy buenos recuerdos de aquel tiempo”.
Por aquella época vivía en la Avenida, donde actualmente funciona el banco Supervielle. “Estuve en la Tienda La Aurora, de ahí me cruzaba a Amoruso, en otro momento también me buscaron de Flic, que en ese tiempo estaba Bonet, que me pidió trabajar allí con maquinaria, estuve un tiempo pero cuando comenzó a crecer la demanda, ya no quise saber nada”.
Es un defensor del trabajo artesanal dentro de la panadería. “Antes se trabajaba con otros materiales, se usaba bromato de potasio, nadie decía nada, ahora la harina tiene mucho almidón, por eso el pan sale más gomoso, la actividad está muy mecanizada; yo horneaba con la pala y a leña; era otro pan”.
Así como tiene innumerables anécdotas, guarda el recuerdo de muchos compañeros de tarea. Menciona a Taborda, Barreiro, el cantor Veliz. “Todos trabajaban conmigo, e incluso a algunos los sigo viendo”.
“Con los clientes tenía muy buena relación, mi vida era solo reír; contaba cuentos y atendía; en aquel tiempo había como quince o veinte bolsas de maíz que había que llenar con galleta grande y pan felipe”, recuerda.
Otras habilidades
A la par de su oficio, durante su vida tuvo la posibilidad de hacer múltiples cosas. Menciona su pasión por el fútbol y recuerda las instancias del Campeonato Evita en 1950.
“Me acuerdo como si fuera ahora, me llamó Pacheco y me dijo: ‘Negro tenés piernas, ¿te animás a jugar al fútbol en la quinta?’. Me fui a Provincial, estuve once años”.
Otra habilidad fue el zapateo. “Zapateaba malambo en la confitería que estaba en Avenida de Mayo al lado de la estación de servicio; donde hacía exhibiciones de malambo; después me fui a Rojas y actué en el teatro, se quedaron todos contentos porque nadie esperaba eso de mí”.
La gloria
Hugo tuvo su momento de gloria de la mano de uno de sus deportes preferidos: el boxeo. Afirma que tuvo la suerte de pelear en el Luna Park y guarda intacto el recuerdo de cada una de las competencias, con resultados y características. “También tuve la posibilidad de pelear en Rosario, en Santa Fe, en muchos otros lados.
“Empecé boxeo en el Club Presidente Perón, era un galpón. Ahí íbamos todos, Piraña Gómez, el tucumano Chávez, Mustafá, Aguad y llegué a pelear en el Luna Park, esa es una experiencia inolvidable”, señala.
Tiene cuadros de ese tiempo. “Me tocó salir campeón de Pergamino con el boxeo y me llevaron a Buenos Aires, tuve que pelear en el Castro Barros y perdí”, cuenta y recuerda que en 1957 le tocó el Servicio Militar. Fue al Ejército siendo campeón de zona. “Cuando entré me llevaron a la panadería y un día me llamó el teniente coronel Burruchaga, me sacaron de la panadería y empecé a boxear y salí campeón del Ejército”.
Las peleas más memorables que recuerda son las tres disputadas en el Luna Park. “Me decían que tenía una polenta bárbara y recuerdo como si fuera hoy el día en que le gané por knock out a Benedicto Cajal, del Litoral; ya iba a Perú, pero me dieron permiso para venir a ver a mi mamá con la única recomendación de que no jugara al fútbol, no pude hacer caso y el día de la pelea como consecuencia de eso se me caían los brazos y perdí”.
En todo momento dice: “¡Qué tiempo ese!”, como si lo acompañara la nostalgia. Tal vez la siente.
Siguió vinculado al boxeo hasta los 64 años. Asegura que es un deporte que aporta disciplina y asegura un correcto manejo del cuerpo. Confiesa que hasta el día de hoy algunos entrenadores lo llaman para que colabore con ellos, pero ya no quiere hacerlo. “Estoy retirado, además el tiempo de ahora no es como el de antes, creo que si llego a ir a un gimnasio hoy me daría lástima, porque antes no había descanso y se trabajaba duro, hoy es otra cosa”.
Le queda en su haber el reconocimiento, agradece que lo consideren y tengan en cuenta. Recuerda con claridad cada hotel de Buenos Aires en el que vivió mientras estuvo allí y guarda para sí la satisfacción de “haber conseguido algunos triunfos en mis muchas peleas y haberme superado a mí mismo en cada resultado”.
“La primera pelea que hice fue en el Club Argentino, con Ramón Rocha de San Nicolás. En esa oportunidad gané”, sostiene y menciona que cosechó muchos buenos amigos. Entre ellos, nombra a Magaldi, también de San Nicolás.
Su sobrenombre es “Pipi”, sin embargo en las épocas del box lo apodaban “El canguro” por la habilidad para saltar en el ring. Lo señala con orgullo.
Un presente tranquilo
Hoy descansa en una vida tranquila. “Me casé en 1960 y tuve cinco hijos, cuatro varones, Hugo Alberto, Rubén Darío, José María, Walter Oscar; y una mujer, Silvia. Quedé viudo muy joven y en un baile en Manuel Ocampo conocí a mi mujer, Delia Mira, con quien vivo desde hace muchos años”.
Comparten una vida sencilla y austera. “En mi tiempo libre me gusta trabajar en casa, camino, hago mandados, preparo la comida, siempre me entretengo con algo y además hago masajes, en general a deportistas”.
Vive en un lugar que le gusta. “Soy bien pergaminense, me gusta Pergamino, siempre me gustó, siento que esta es una ciudad que me reconoce por todas las cosas que he hecho, tanto como panadero como boxeador”.
Devuelve con gratitud esa consideración y cuando la entrevista va llegando a su fin, vuelve sobre el comienzo. Trae de nuevo la anécdota de la infancia y se ve siendo niño barriendo veredas. Acerca nuevamente el recuerdo de los valores que reinaban en ese tiempo, como si los extrañara.
“Mi padre hombreaba bolsas y yo lo ayudaba, salía de la panadería y me iba con mi papá a trabajar con él, toda mi vida trabajé y siempre me gustó lo que hice, qué más puedo pedir”, afirma reconociendo que por delante no tiene demasiados sueños pendientes. Piensa en sus hijos, también en el hijo de su compañera y pide a Dios, en el que cree fervientemente, que ellos siempre estén bien.
“No tengo sueños pendientes, he sido un hombre contento con su vida, creo mucho en Dios y ahí lo tengo”, dice, señalando una imagen de Cristo apoyada sobre una repisa del comedor donde “Pipi” atesora elementos que forman parte de su presente y de su historia.




















