Hospital: la peor cara de un problema social y una seguridad que debe reforzarse
Lo ocurrido el domingo pasado en el Hospital Interzonal General de Agudos San José, cuando jóvenes que se enfrentaron en una pelea terminaron tiroteándose en uno de los quirófanos del nosocomio, puso al principal efector de salud de la región en el centro de la escena. Aunque el episodio no se dio en el contexto de la atención sanitaria, lo que sucedió puso en evidencia la vulnerabilidad del sistema de salud pública frente a la violencia. Y mostró la fragilidad de un sistema de vigilancia que parece no poder hacer frente a la creciente inseguridad que denuncian los propios actores del sistema sanitario, consternados frente al hecho que resultó inevitable cuando todos los controles fallaron.
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Si bien en el último tiempo fueron repetidos los hechos de inseguridad, y cada vez más frecuentes las agresiones al personal de salud, lo sucedido el domingo tuvo ribetes sin precedentes. Nunca un hecho de estas características había sucedido en un área cerrada del nosocomio, un sector que se supone debe estar vedado al paso de cualquier persona ajena a la institución de salud.
Una vez ocurrido lo inevitable y agradeciendo que no se hubiera producido una tragedia mayor a causa de los disparos- ya que las pérdidas en este caso fueron solo materiales y ocasionaron la rotura de vidrios- el conjunto de la comunidad hospitalaria mostró su estupor frente a la violencia y fueron unánimes las voces de repudio. Se quejaron las autoridades hospitalarias; el personal de los distintos servicios y los propios usuarios del establecimiento a voz altiva por cualquier pasillo admitían que la violencia es moneda corriente, como correlato de un sistema de salud colapsado en una sociedad violenta. Una vez más, la dirigencia política también se pronunció ante lo ocurrido y el propio intendente municipal se acercó de inmediato al nosocomio y se puso en contacto con los más altos funcionarios judiciales de la ciudad para exigir que el episodio se investigue hasta las últimas consecuencias, como si un manto de impunidad pudiera dañar aún más a la salud pública. También pidió responsabilidad a los padres de jóvenes que causan este tipo de desmanes y que andan por las calles protagonizando grescas sin dimensionar cuánto se lesionan a sí mismos y a la comunidad en la que viven producto de ese descontrol.
Si bien la respuesta oficial no tardó en llegar y es cierto que la presencia de funcionarios del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires se dio de inmediato, no menos real es que las soluciones que se proponen para hacer frente al flagelo de la inseguridad hospitalaria, siguen resultando de dudosa eficacia, a la luz de lo que la propia realidad muestra que sucede en las instituciones de salud en relación a la violencia.
Desde la dirección provincial de Hospitales se anunció que el nosocomio va a ser incluido en el Programa Hospitales Libres de Violencia que supone la aplicación de un protocolo de seguridad que contempla la instalación de un sistema dotado de cámaras, botones antipánico y central de monitoreo. Aunque la medida fue valorada positivamente en términos de respaldo ministerial, por lo bajo hay voces dispares y cautela en torno a la utilidad que tendrán estos dispositivos en un equipo de salud que se siente desprotegido cada vez que la violencia irrumpe.
Quizás esto sucede porque el propio sistema sanitario está desbordado, atravesado por múltiples falencias y descreído respecto de la posibilidad cierta de que la problemática de inseguridad se resuelva porque a diario es la propia realidad la que les demuestra que la violencia gana las calles y el Hospital no es ajeno a un problema social que parece no encontrar límite para su expansión.
Lo que sucedió en el Hospital San José fue grave. Igual de delicado que si hubiera ocurrido en una escuela, un espacio público o en cualquier otra institución de la ciudad porque cada vez que ocurre, la violencia es una tragedia, y una batalla perdida para un sistema colapsado desde hace tiempo, que se enfrenta a diario a las vicisitudes de tener que resolver con carencias las urgencias.
Lo que mostró el hecho es que: a la Justicia hay que pedirle que actúe. Al personal de salud hay que cuidarlo más y escucharlo en su reclamo. Lo que delató es que los mecanismos de seguridad son vulnerables, quizás porque por tradición los agentes que trabajan en los equipos de salud no están acostumbrados a desenvolverse en contextos violentos. A contracorriente de lo que podría suponerse, la salud no está a salvo de lo que ocurre en la sociedad. Y las estructuras quedaron obsoletas frente a hechos cada vez más violentos. A pesar de los esfuerzos que autoridades hacen por idear mecanismos para evitar que estas situaciones se expresen puertas adentro de un lugar destinado al cuidado de la salud. Días antes de que ocurriera el tiroteo en el quirófano, se habían inaugurado con rimbombantes discursos las oficinas del Grupo Apoyo Departamental en el Hospital. Cuando la violencia llegó al área quirúrgica del nosocomio, no había ningún efectivo policial custodiando los pasillos técnicos por el que entra y sale el personal durante el cambio de guardia. La intervención policial se dio después, cuando lo evitable había ocurrido. ¿La cantidad de efectivos afectados a la custodia de tamaña institución son suficientes en contextos de violencia extrema? ¿Qué los agentes estén apostados en el exterior del predio hospitalario, aunque sea con todas las comodidades y aunque hagan rondas, resulta lo que la dinámica de funcionamiento del establecimiento requiere para que el personal de salud trabaje en condiciones de mayor seguridad?
¿Los dispositivos de seguridad con los que se cuenta son los adecuados? Si una institución bancaria, e incluso algunos organismos públicos pueden tener claves de seguridad para ingresar a determinados sectores y han conseguido modernizar su infraestructura ¿por qué la infraestructura de seguridad de los hospitales sigue resultando escasa o vulnerable? ¿Es más importante cuidar caudales que proteger pacientes y agentes sanitarios?
Estos son algunos de los interrogantes que surgen a raíz de lo ocurrido. Hay muchos más. Y si bien es cierto que no puede haber un policía para cuidar a cada médico o enfermera, es real que con tanta virulencia social y hasta tanto se encuentren los caminos apropiados para poner la seguridad bajo control, es necesario que los mecanismos de seguridad disponibles se aceiten y funcionen. De lo contrario seguirá la política respondiendo por espasmo, la comunidad lamentando daños frente a una problemática que irrumpe, golpea y evidencia cuan vulnerable es un espacio de salud, que por su función importantísima y vital, debiera quedar exento de cualquier custodia, porque debería estar libre de todo tipo de violencia.














