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Hombres y mujeres de mi pueblo: hoy, Hugo Eduardo Apesteguía

16 de marzo de 2020 a las 12:00 a. m.
Hombres y mujeres de mi pueblo: hoy, Hugo Eduardo Apesteguía
'' Hugo Apesteguía en una imagen que lo sintetiza en el Complejo LA OPINION Plaza. (ARCHIVO LA OPINION)

Por Carlos Luján Del Valle para la Redacción de LA OPINION. Un antiguo proverbio expresa que el hombre es hijo de sus obras. Si bien es cierto que en la inestabilidad de las cosas humanas ocurren con frecuencia sucesos imprevistos que desbaratan los planes mejor concretados, en el orden físico como moral, la casualidad no significa nada. Hugo Eduardo Apesteguía no es producto de la casualidad. Sus realidades, su trayectoria, sus obras, sus aciertos y errores; Hugo, nuestro personaje de hoy en “Hombres y mujeres de mi pueblo”, desde siempre ha tenido presente el fin que se proponía, de modo claro, determinado, fijo.
En alguna de las tantas charlas, no exentas de anecdóticas controversias, Hugo Apesteguía me habló de su pasión por la empresa, por los proyectos vivos que deambulaban en su personalidad, hasta convertirlo en un hacedor que deja para el hoy y el mañana una realidad que no engaña a la vista. Todo lo que materializó está, se ve, se palpa, aunque la mayoría de nuestra indiferente comunidad no lo aprecia en su real dimensión.
“Tengo una dimensión empresaria muy fuerte, donde estoy tratando permanentemente con los negocios. Esa es una vida muy material. Cuando uno sale de esa dimensión entra en otro mundo. Tal vez mejor que el que te mencioné anteriormente. Un mundo que es muy lindo vivir y que se transforma en adicción. Además de ser una vida muy hermosa, ayuda mucho a la empresa; tenés una oxigenación más amplia, un panorama total. En esas dos o tres horas que estoy en la bicicleta, todos los días, me vienen mis ideas empresarias y las resuelvo ahí, pero de forma totalmente distinta de como las resolvería estando en una habitación de cuatro por cuatro”. He allí el pensamiento de Hugo empresario, y el porqué de la bicicleta, su adorable compañera.
Pedaleando lo lleva a evocar sus múltiples aventuras. “Cuando empecé a andar en bicicleta comencé a viajar, siempre detrás de los camiones, previo acuerdo con los camioneros. Así llegué a Trelew (1.500 kilómetros), a la Triple Frontera en Foz de Iguazú (1.800), a Salta (1.600) y a Mendoza (1.200). Para llegar a cada destino debía concretar 400 ó 500 kilómetros sin parar durante ocho o nueve horas. En una oportunidad la cargué en un avión y me fui a Cuba a recorrer ese país, pero no parando en hoteles sino viviendo como los cubanos. Fue un aprendizaje increíble”.
Junto a Fernando Nus y Pablo Molina vivió con su bicicleta siempre presente, una experiencia única. “Con Fernando y Pablo viajamos a las Islas Malvinas y recorrimos el territorio en bicicleta. El viaje fue de enorme riqueza para mí por su significación histórica. Recuerdo que fuimos al cementerio de Darwin y apenas pisé ese suelo, junté tierra y a nuestro regreso la entregué a los excombatientes”.

Hecho solo
Hugo Apesteguía nació en Pergamino en el mes de agosto. Es un leonino perfecto.
Fueron sus padres Ada Sbolci y Alberto Apesteguía. De padre radical militante y madre maestra, Hugo comienza a trabajar a los 10 años junto a su hermano Alberto en un tambo propiedad de su padre en Francisco Ayerza. Los hermanos, en un carro traían leche del establecimiento a la Cooperativa de Tamberos Sol de Pergamino SRL.
Años más tarde y en plena madrugada, mi padre, entonces administrador del Matadero Municipal, solía verlo a Hugo ayudando a su tío Mario Apesteguía, reconocido matarife de entonces, en la faena habitual que se desarrollaba en el lugar. Seguramente en esa no siempre agradable tarea se le ocurriría pensar en su veta empresaria que comenzaría apenas cumplidos los 18 años.
Empezó a comprarle carne a su tío Mario, se instaló en soledad en una casa en San Nicolás y allí logró una clientela interesante. Sería su comienzo empresario. En esa vecina ciudad hizo el Servicio Militar y la fortuna parecía ponerse a su disposición. El flamante vendedor de carne es elegido por el jefe del batallón para ser su chofer.
Una circunstancia familiar lo acercó al negocio de los seguros y allí comienza una primera etapa que en su vida sería notoriamente relevante. Su tía Olga Bonazzi, que padecía una enfermedad terminal, le pidió a su sobrino que no dejara solo a su hermano, Hugo Bonazzi, e inicia junto a él lo que años más tarde lo llevaría a convertirse en el mayor productor individual del país de La Agrícola Compañía de Seguros. Junto a él, sus adlátares e inseparables colaboradores: el “Negro” Illia y Luis Gandolfi. Además amigos y compañeros de ruta en los negocios.
Ya consolidada su actividad empresaria, Hugo Apesteguía comenzó a involucrarse en otros proyectos. Un asegurado de su empresa, Nicola Rasuk, lo interesó para trabajar en el Club Sirio Libanés cuando comenzaba a construirse la Ciudad Deportiva, llegando a constituirse en el primer presidente del consorcio. En la concreción de dicho barrio privado compartió horas de charlas y proyectos con otros que como él aspiraban darle al club y a la comunidad toda un lugar para la construcción de una ciudad que le dio a la postre un complejo habitacional con su cancha de gol como emblema y que hoy da muestras que aquellos contactos no habían sido solo ilusorios sino realidades concretas. Suele memorar Hugo sus contactos de entonces con Víctor Adba, Roberto Jure, Alfredo Annan, Jacobo Raies y Fahim Auil, entre otros.
Por su iniciativa se forjó el Taller Protegido. Junto a la docente Nelly Pujol buscó superar a través de ese espacio la dificultad que tenían los chicos con discapacidad para ingresar al campo laboral. Con esfuerzo y el acicate de Nelly pudo concretar el edificio donde funcionaría el Taller Protegido. El objetivo inicial pudo concretarse.
Un camarógrafo, Jorge Torralba, que solía acompañarlo al Taller para filmar las actividades que realizaban los chicos para llevarlas a otras ciudades e incentivar a que repitieran la experiencia, lo interesó en la instalación de una empresa de TV por cable. Así fue como, sin saber nada del negocio de televisión, procuró y logró la licencia en el entonces Comfer. En plena marcha para la instalación del canal de cable, me llevó a un edificio a punto de inaugurarse sobre calle Florida, al lado del Municipio de Pergamino, y luego de recorrer juntos su flamante departamento me comentó: “Termino de venderlo para poder concretar mi aspiración de que Pergamino tenga su propio canal”.
Para ponerlo en marcha, Hugo Apesteguía tuvo que regalar la conexión en las primeras manzanas aledañas el primer lugar físico con que contó STC Canal 4, ubicado en calle Pueyrredón 958. Nadie se abonaba. No se entendía el concepto de pagar por ver televisión de lo nuevo que era en el país.
El canal de cable iba a inaugurarse un 25 de mayo de 1985, hecho que fue postergado por 48 horas por el fallecimiento en la fecha primaria del dirigente radical, entonces ministro de Defensa de la Nación, Raúl Borrás.
Tuve la fortuna de haber sido durante más de tres meses el conductor del primer programa del canal. Bajo el título de “Esta es mi ciudad, y este mi gente”, el espacio de 60 minutos de duración, que en algunas ocasiones llegaba a emitirse por una hora y media, tuvo en la pantalla la presencia profesional de periodistas de la talla de Héctor Del Gíudice, Roberto Veros, Horacio Abel Ayestarán, José Luis Lanzillotta, Omar Pacini y Carlos Vanaro. En los primeros días de octubre del año de su nacimiento, STC tendría su primera alegría y consideración a nivel periodístico y empresario: la Cámara de Comercio en su cena aniversario convocó a Hugo Eduardo Apesteguía para entregarle un plato alusivo con esta nominación: “Al director de STC Canal 4 Hugo Eduardo Apesteguía, el medio periodístico más importante de la ciudad”.
En plena y exitosa marcha del canal de cable, a Apesteguía le llega el ofrecimiento de compra del diario LA OPINION. La empresa de la familia Venini atravesaba una difícil situación económica y el medio estaba a la venta. Más de un empresario rechazó la propuesta de compra. En ese interregno Hugo Apesteguía mantiene una reunión con Héctor Coltrinari, con quien iba a efectuar la adquisición del Diario, emblema de la ciudad. El empresario del rubro agrario deniega su participación en el incierto negocio de los medios y Hugo Apesteguía decide afrontar el desafío en soledad y asume como propietario y director de LA OPINION, el 23 de julio de 1989. Hasta hoy el diario de Pergamino ha tenido dos aliados y empleados a la vez muy comprometidos con la causa del medio: Adriana Maschietto en la administración y José Rafael Picone, amigo incondicional de la familia Apesteguía.
Por muchos avatares debió atravesar la publicación del Diario, entre ellos dos incendios que se llevaron consigo el histórico archivo y el elemento vital para su aparición diaria: el taller y su imprenta. Esta última instancia llevó a la empresa a solicitar un crédito de un millón de dólares para la adquisición de una rotativa de cinco cuerpos a color, moderna y es la que actualmente utiliza el diario para su impresión.
En el largo historial de la familia Apesteguía en defensa y progreso de LA OPINION suelen memorarse muchas de las realizaciones que se efectuaran en su mayoría en el Club de Viajantes. Con la asistencia de más de 800 personas desfilaron por el escenario pergeñado y concretado por LA OPINION valores singularísimos de la música nacional: Jairo, Los Chalchareros, Rubén Juárez fueron algunos, además de generar un engalanado escenario para el lucimiento de los artistas locales.

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LA OPINION PLAZA
La construcción del Complejo LA OPINION Plaza coronó la tarea empresaria de Hugo Eduardo Apesteguía. Ahí está hoy con sus cines, con su canal y con el diario LA OPINION. Con su Patio de Comidas, una confitería y los diversos comercios que funcionan en el interior del Complejo. Miles de vecinos de la zona se suman al interés que suscitan las salas cinematográficas. La mayoría de sus concurrentes ignoran seguramente que alguien con mucha visión de futuro, una persona con mucha intuición y por sobre todas las cosas tremendamente constante, instaló su idea y logró contra viento y marea lo que se había propuesto conseguir.
Alguna vez se le interrogó sobre el éxito empresarial. “A mi criterio –respondió- las empresas tienen que tener tres cosas para tener éxito: riesgo, inversión y creatividad. Mis actividades han tenido esos ingredientes. Sin conocer nada de ninguna de mis empresas, pude crearlas y darles sustento con una impronta distinta”.

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