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Hay que salir del círculo vicioso impositivo para volver a crecer

02 de agosto de 2017 a las 12:00 a. m.

Cualquier empresario argentino conoce el excesivo peso de los impuestos en sus costos.  Pareciera que el público consumidor lo desconoce y que los políticos recién ahora se están dando cuenta, tras una larga historia de echar mano a poner más y más, metiendo bajo la alfombra el impacto negativo que la presión impositiva produce sobre la economía. 

La Argentina tiene no solo la más alta de América Latina sino la segunda en el mundo, salvo la isla de Comoros, en Africa, según el informe “Haciendo negocios”, del Banco Mundial. Hemos superado incluso los gravámenes de países centrales, como Alemania, donde el Estado se queda con aproximadamente el 70 por ciento de los ingresos de los ciudadanos, pero le retribuye con servicios de excelencia que abarcan desde salud y educación hasta agua, gas y electricidad. Es decir que la gente tiene libre disponibilidad del 30 restante.

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Aun con el tremendo aporte que todos los meses hace el sector privado, tanto en conceptos progresivos como el IVA como en contribuciones que son parte de las leyes sociales, la contraprestación del Estado es altamente deficitaria. Es decir que, en términos sencillos, en algún punto del camino el dinero se diluye.

Es común oír que las grandes empresas en la Argentina evaden y pagan pocos impuestos. Con ese argumento se intenta defender que los impuestos no son un freno a la economía. Esto es erróneo.

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Es cierto que hay fuerte evasión en la Argentina. Esta es una de las consecuencias de la altísima presión impositiva. Pero es un error creer que quienes más evaden son las grandes empresas, que son controladas por el fisco y deben cumplir reglas internacionales o nacionales de transparencia exigidas por los mercados de valores, las calificadoras y los propios auditores. Cuando una empresa internacional decide una inversión incluye en el análisis todos los impuestos, sin considerar la evasión. Por lo tanto, una elevada presión impositiva nominal influye en la magnitud de las inversiones. Suele ser mayor la evasión en las pequeñas empresas y en las personas. La prueba es que, frente a tasas similares de imposición, la recaudación del impuesto a las Ganancias de las personas es en nuestro país apenas un tercio de lo obtenido de las empresas, mientras que en el mundo ocurre lo contrario.

Para comprender el impacto impositivo tomemos como ejemplo la facturación de una gran empresas: sobre un valor de ventas anuales de 1.000 millones de pesos. La ganancia antes de impuestos, tasas y contribuciones es del 6,05 por ciento de las ventas, o sea, 60,5 millones de pesos. Es un porcentaje similar al que puede obtener una empresa semejante en los Estados Unidos. No obstante, una vez que se deducen impuestos, tasas y contribuciones, la ganancia neta resultante es de 3,93 millones de pesos, apenas el 0,39 por ciento de las ventas.

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¿Quién invertirá en un país donde el Estado se queda con el 93 por ciento de las ganancias? Agréguense las contingencias que puede tener una empresa, tales como juicios, regulaciones, municipales, control de los precios en un contexto inflacionario, conflictos laborales, carencia de insumos importados, huelgas, y tantos otros factores que sabemos que existen en nuestro país particularmente y que son exógenos a la productividad. Un bono del gobierno argentino paga un 7 por ciento de interés anual en dólares sin tener que hacer nada más que tomar el riesgo de prestar a la Argentina. Por eso es que no llega, ni puede llegar, una lluvia de inversiones. Con este nivel de impuestos solo es posible invertir en sectores protegidos o subsidiados. Y ahí vuelve a comenzar el círculo vicioso, porque estas ayudas del Estado provienen, ni más ni menos, que de nuestros impuestos. 

Pensadores como Lao Tsé o Confucio sabían que los altos impuestos empobrecen los reinos. Entre los economistas modernos, Arthur Laffer ha difundido la tesis de que los altos impuestos generan pobreza. Laffer demostró que a partir de cierto punto la elevación de las alícuotas impositivas termina reduciendo la recaudación. Sencillamente porque la gente produce menos. Así que su disminución generaría un aumento de la recaudación basado en un más importante incremento de la producción. 

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Es indispensable y urgente una reforma impositiva orientada a reducir el número de impuestos y bajar sus alícuotas. Pero en el caso argentino ello exigirá una disminución del gasto público, ya que el déficit fiscal y el ritmo de endeudamiento son elevados y no sería admisible incrementarlos más. Una reducción de la presión impositiva que recupere la competitividad exige una reforma del Estado que permita reducir el gasto público. Ambos procesos deben desarrollarse simultáneamente.

La única vía pasa entonces por reducir el gasto y así poder desarrollar una racional y efectiva reforma tributaria. Mientras esto no se logre, se deberán introducir correcciones prioritarias, comenzando por suprimir los impuestos más distorsivos, buscando aquellos cuya supresión o disminución tenga un impacto positivo sobre la actividad económica para compensar la pérdida directa de recaudación. Dentro de estos deben mencionarse los impuestos que gravan los salarios y encarecen el trabajo, afectan la competitividad y desalientan la inversión.

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Correspondería suprimir el impuesto al cheque, ya que tiene un negativo impacto sobre la bancarización y alienta la economía en negro. Su fácil recaudación motivó su introducción, supuestamente temporaria para paliar la crisis en 1999. Pero en realidad, nunca más se movió e impulsó hacia la informalidad de las operaciones. También otros impuestos distorsivos -algunos nacionales, otros provinciales y municipales- han sido perniciosos y hasta se superponen, como los de sellos, renta presunta, tasas municipales por ningún servicio y, muy notablemente, los derechos de exportación. Hay alrededor de 95 impuestos diferentes que requieren la asistencia de un profesional hasta para operar un pequeño kiosco. Además, se han ido incorporando múltiples desgravaciones y excepciones que exigen revisar todos los días las resoluciones de la Afip. La presión impositiva no solo es abrumadora, sino además de muy compleja administración.

 

Así las cosas, es natural que las inversiones no lleguen, que los comercios cierren y que quien dispone de un dinero lo ponga a trabajar en el banco en lugar de iniciar una actividad y tomar personal. Totalmente comprensible, ¿verdad? Ahora, si queremos que esto cambie, primero el Estado deberá achicarse, ya que recaudará menos, y también la ciudadanía tendrá que prepararse para hacer su parte porque que el Estado se achique no solo implica desprenderse de personal y estructura sino también, y principalmente, disminuir o dejar de prestar ciertas ayudas económicas que todos hemos asumido como derechos adquiridos cuando en realidad siempre debieron ser para quienes los necesitan.

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