Hay que nacer de nuevo, dos siglos después
Los violentos episodios en Jujuy permiten vislumbrar que el año electoral viene cargado con un pésimo clima social. La política se despedaza cada vez más en fuerzas antagónicas, con enfrentamientos ajenos a la ética política y llevados a cabo sin el código más básico: la coincidencia mínima para tratar de defender el interés común. Y el interés común, es decir es, entre otras cosas, que se terminen los cortes de ruta, los paros salvajes y la prepotencia de las "burguesías" punteriles y serviles que crecen en el país.
La grieta es más profunda que nunca. Es estéril y contraproducente la antinomia entre las denuncias de "represión policial" y el apoyo a la violencia de barricada, frente a la exaltación de la "mano dura". Entre ambos extremos se confunde el rol del Estado.
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Así es que mientras el gobernador jujeño, Gerardo Morales, responsabilizó a la vicepresidenta Cristina Kirchner y al presidente Alberto Fernández por la presencia en Jujuy de manifestantes muy bien organizados, muchos de ellos vinculados a la organización Tupac Amaru de Milagro Sala y otros venidos de provincias vecinas,
el presidente y la vice, en contraste con el silencio que mantienen sobre un hecho gravísimo: el crimen mafioso de los piqueteros oficialistas de Chaco (y sobre la derrota electoral que sufrió su candidato en esa provincia Jorge Capitanich), le respondieron a Morales que el único responsable de lo que pase en Jujuy es él.
Emerenciano Sena y Milagro Sala responden a la misma matriz: empoderamiento de punteros que manejan grupos de desocupados y de militantes (todo se confunde allí) financiados con fondos públicos, a los que se delega poder territorial, gestión de escuelas y a los que se les reconocen atribuciones al margen del derecho.
Esta descomposición de la política nace, en primer lugar, de la crisis de un sistema que desde hace 22 años ingresó a un proceso de progresiva fragmentación. Los "espacios" han reemplazado a los partidos políticos y la ideología como cosmovisión se ha transformado en relato, discurso y mitología.
Los conceptos arcaicos en materia económica plasmados es planes reincidentemente fracasados, como el control de precios- y la incapacidad de lograr una inserción constructiva en el mundo, llevan a la fuga de cerebros, la emigración de capitales, la caída del empleo y al crecimiento de la pobreza estructural a cifras que oscilan por encima del 40 por ciento.
El surgimiento de caudillos locales va de la mano con un sistema distribucionista de recursos que les garantiza poder a través de las prácticas clientelares (el voto cautivo) en muchas provincias y en los municipios del Conurbano bonaerense.
El resultado está a la vista: las elecciones de este año muestran a un país caminando al borde del abismo.
Juntos por el Cambio y el Frente de Todos (ahora Unión por la Patria) no llegan a ofrecer certezas para el próximo período, pero la violencia organizada permite vislumbrar cuál será la conducta del kirchnerismo si le toca ser oposición.
Nada va a ser fácil para nadie en un país con dos décadas de fracasos.
Es probable que Gerardo Morales haya sido imprudente al realizar esa reforma constitucional en la actual coyuntura, por más que mucha gente esté saturada del piqueterismo, de los paros irracionales y de los atropellos a los derechos de propiedad y circulación. Pero nadie puede taparse los ojos para no ver la realidad social; tampoco es posible disfrazar con relatos épicos la utilización de la pobreza para construir el propio poder.
Ni Emerenciano ni Milagro Sala son pobres ni son "el pueblo". En estos días son solo el nombre propio de un desbarajuste social y político cuyo desenlace, por ahora, es sombrío e imprevisible.
Publicado en 1845, el "Facundo o Civilización y barbarie en las pampas argentinas", de Domingo Faustino Sarmiento, es uno de los textos fundacionales de la cultura y de la literatura argentina. La vida de Facundo Quiroga, caudillo federal del interior del país, es utilizada por Sarmiento en su campaña antirrosista para explorar el espíritu político, económico y social de esa época y revelar, finalmente, la dicotomía central en la que el autor ve cifrado el porvenir argentino: civilización o barbarie. Casi 180 años después, seguimos inmersos en la misma dicotomía.
No hace falta empuñar un cuchillo o un arma para ser violento. Se puede ejercer una mucho mayor cuota de violencia empuñando un plan social; la promesa de un terreno; el sueño de una vivienda. La promesa de un sustento a fin de mes. Ofreciendo una educación a cambio de adoctrinamiento que, a edades infantiles, corromperán esas mentes de por vida. Pocas violencias son más violentas, crudas y efectivas que la violencia ejercida acuciando la pobreza y explotando la necesidad.
Las organizaciones sociales solo son necesarias cuando el Estado no cumple su rol, cuando el Estado está ausente. Desde Cáritas hasta la más oscura organización social no tendría cabida alguna, ni rol ni razón de ser, en un sistema donde el Estado haga lo que tiene que hacer. Cuando atiende las necesidades de aquellos a quienes pretende atender. La organización social -genuina o ilegítima- solo tiene razón de ser ante la ausencia parcial o total del Estado.
Pero cuando el Estado desvía su atención y sus fondos a punteros políticos violentos como Emerenciano Sena en Chaco; o a Milagro Sala en Jujuy; o a los infinitos minicaudillos barriales como ellos, el Estado mismo se constituye en una organización social espuria que, con dinero del Estado, compra voluntades y votos. Que ejerce una violencia canallesca lucrando con la necesidad ajena. Que crea más pobreza y más necesidad. Que lucra (electoral y monetariamente hablando) con esa necesidad y con esa pobreza que acaba de acrecentar.
Además, cuando el Estado desvía estos fondos y atenciones hacia estos personajes bárbaros, brutales y violentos, el Estado mismo se convierte en un Estado bárbaro. Pierde su legalidad y las pizcas de representatividad y legitimidad que le quedan. Se vacía a sí mismo desde dentro hacia fuera. Queda un remedo de Estado democrático. Un remedo de Estado representativo. Un remedo de Estado funcional. Un remedo y una burla de Estado nacional. Subroga la razón de ser de un Estado soberano y patriótico que defiende a sus ciudadanos, para convertirse en un Estado que esclaviza, a mano de caudillos feudales tan barbáricos como esa misma barbarie que hace casi 200 años se trató de erradicar y sobre la cual se quiso construir algo. No lo conseguimos. Seguimos sin conseguirlo.
Los Emerenciano Sena, las Milagro Sala y los infinitos seres que crecen a la sombra y al abrigo del poder de gobernadores como los Capitanich, los Ramón Saadi o los Alberto Rodríguez Saá, los Zamora, los GildoInsfrán, y toda la larga lista de dinastías provinciales que se perpetúan en el poder, que quitan y eliminan trabajo legítimo y lo suplantan por dádivas discrecionales o por empleo estatal, son apenas un síntoma de un sistema que está corrupto y podrido desde la raíz hasta la médula. Un sistema que, por razones que nadie alcanza a comprender, no vamos a poder cambiar sin cambiarlo todo. No el cambio gatopardista -que todo cambie para que nada cambie- que proponen casi todos los precandidatos del oficialismo, de la oposición y del inhóspito ultraliberalismo radicalizado.
Solo un cambio de raíz, un cambio completo de la matriz de valores y de los propósitos de la Nación; solo un cambio de veras revolucionario que busque instalar -por vez primera- un país libre, un país de verdad, una Patria de todos para todos. Civilización o barbarie: 180 años después y el dilema sigue siendo el mismo.














