Gladys Sánchez: educar con sensibilidad y vivir con resiliencia
Isabel Gladys Sánchez tiene 84 años, los cumplió el 14 de este mes y celebra la vida con resiliencia. Le ha tocado atravesar duras pérdidas, pero siempre salió adelante valiéndose de su fortaleza y el temple que da el paso del tiempo, con la aceptación como consigna que impulsa a...

Isabel Gladys Sánchez tiene 84 años, los cumplió el 14 de este mes y celebra la vida con resiliencia. Le ha tocado atravesar duras pérdidas, pero siempre salió adelante valiéndose de su fortaleza y el temple que da el paso del tiempo, con la aceptación como consigna que impulsa a seguir.
Habla de su infancia cuando comienza la entrevista y menciona a sus padres, Jerónimo Sánchez y Juana Parra. Cuenta que él tenía un camión con un hermano y se dedicaba a trasladar ladrillos a Buenos Aires y a San Miguel. También refiere que su mamá fue ama de casa, abocada a criarlas a ella y a su hermana menor, Fanny, que actualmente vive en La Plata donde desarrolló su profesión vinculada a las letras. "Eramos chicas buenas, que crecimos en una familia rodeadas por mucho afecto, nuestros padres eran muy cariñosos y siempre quisieron para nosotras lo mejor", reconoce.
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Gladys, como la llaman todos, comenta que fue a la Escuela N° 22, que quedaba a una cuadra de su casa. Su papá, sin embargo, la acompañaba. Lo menciona en varias partes de la charla con un afecto entrañable y conserva para sí enseñanzas que quedaron para siempre. "El nos inculcó el amor por la lectura, siempre que viajaba nos traía libros. Su desvelo era que estudiáramos una carrera porque sabía que con el secundario no nos iba a alcanzar".
Habla con gratitud de sus padres, y recuerda las actividades que compartían: "Los domingos salíamos a las confiterías, algo que no se usaba tanto como ahora, a tomar un 'naranjín' o un helado; y muchas veces por las tardes mi padre juntaba a todos los chicos del barrio y se los llevaba a ver las películas de cowboys que daban en ese tiempo".
Una tragedia temprana
Un hecho profundamente traumático y doloroso marcó su adolescencia y la vida de su familia para siempre. Cuando tenía apenas 13 años, perdió a su papá en un accidente de tránsito. Lo atropelló el tren cuando regresaba a su casa, en un paso a nivel conocido que cruzaba con frecuencia. "Era su último viaje, un día después de mi cumpleaños. Los vecinos que siempre lo saludaban cuando lo veían pasar, esa vez le hacían señas para que no cruzara, pero él no advirtió que venía el tren. Fue terrible. El, que siempre le tenía tanto respeto al tren y era capaz de esperar horas para cruzar, ese día no lo hizo. Había un destino marcado", relata. Y prosigue: "La muerte de mi papá fue un golpe tan grande para nosotras y para mi madre que lo adoraba".
Esa tragedia las obligó a seguir solas y reinventarse. "Mi mamá con unos tíos compró la confitería 'Merced' que era de Otegui, estaba donde ahora funciona Litoral Gas. Trabajó muchísimo y nosotras la ayudábamos mientras estudiábamos".
"Dios nos sacó lo más importante que teníamos en la vida que era mi padre, pero nos puso por delante oportunidades para salir adelante y hacerlo bien. La confitería trabajaba mucho, hacíamos servicio de lunch, masas finas, sandwiches y vendíamos no solo en Pergamino sino a los pueblos vecinos", comenta. Y recuerda que las chicas que trabajaban en la fábrica Annan de Pergamino todos los días les encargaban el sándwich de jamón crudo y manteca para el almuerzo.
Su carrera profesional
Gladys eligió el camino de la educación para desplegarse profesionalmente. Primero estudió taquidactilografía en la Escuela Profesional N°1 y más tarde hizo el magisterio en el Colegio Normal. Ya con su título siguió su vocación de especializarse en el campo de la Educación Especial. Reconoce que desde siempre sintió inquietud por conocer más sobre el Síndrome de Down y formarse en herramientas para poder trabajar con quienes tenían esta condición. "En el Instituto de Formación Docente y Técnica N° 5 hice una capacitación docente para enseñarles técnicas de manualidades. A los tres años me recibí y durante casi toda mi vida profesional trabajé en Educación Especial".
"Antes, como maestra de actividades prácticas, trabajé en las escuelas N° 1, 2 y 50; y más tarde ya en la rama Especial, me nombraron en la Escuela N° 1 de la ciudad de Colón", refiere. Y agrega: "De ahí, por unidad familiar me pasaron a la Escuela de Educación Especial N° 502 de Pergamino, donde hice toda mi carrera y donde me jubilé".
"Como maestra de actividades laborales, estuve abocada a enseñarles a los chicos tareas que les permitieran su inserción en el mundo del trabajo. Desde hacer quinta, hasta enseñarles a cocinar o hacer manualidades, hicimos de todo con una comunidad docente muy comprometida".
"Aunque también trabajé con chicos de menor edad, a los que les enseñaba fundamentalmente cosas que sirvieran para facilitar su motricidad fina y gruesa, gran parte de mi carrera fue con chicos más grandes, en actividades de formación laboral", menciona y agradece el camino recorrido.
"Mi carrera docente me dio enormes satisfacciones, tengo recuerdos imborrables, como los de los viajes que realizábamos con los chicos que participaban de los Torneos Juveniles Bonaerenses", señala.
A la par de la Escuela N° 502, también trabajó en la Escuela "Los Buenos Hijos". Respecto de esa experiencia resalta: "Jamás me olvido del afecto que recibí allí. Hasta el día de hoy me encuentro con los chicos y son tan afectuosos, me mandan caritas". Lo dice y la conmueve recordarlos con sus gorros de cocina y delantales aprendiendo a amasar pizzas que luego vendían. "Conservo fotos de aquellas clases. También hacíamos artesanías y las exponíamos. Era una comunidad muy activa".
Afirma que quieren trabajan en Educación Especial ponen mucho de sí, pero reciben tanto o más que lo que brindan. "El amor de los chicos es infinito, la solidaridad que expresan enseña mucho", destaca y asegura que cumplió su sueño de trabajar en un terreno de la educación que le resultó apasionante.
Las anécdotas que acerca al relato son infinitas y tienen que ver con vivencias de esa tarea diaria de enseñar y aprender.
Activa y solidaria
Cuando se jubiló, aunque dejó formalmente la actividad laboral, no se quedó quieta. Por el contrario siguió participando de manera solidaria de la vida de varias instituciones. "Colaboré durante mucho tiempo en San Vicente; también en el Hogar San Camilo, donde hicimos una linda labor, incluso llegamos a hacer una obra de teatro que llevamos a la Unnoba".
"Siempre me gustó participar y brindar a los demás lo que estuviera a mi alcance", resalta y así comenta que también fue "Abuela cuentacuentos", cuando de la mano de Elisabet Maza se acercó a esa organización que se dedica a promover la lectura y el contacto intergeneracional. "Iba a la Escuela N° 22 a leer cuentos a los chicos que me esperaban, fue una tarea hermosa que disfruté mucho, porque además esa había sido mi escuela", expresa.
Su familia
Gladys se casó con Camilo Roldán, mecánico al que conoció a través de la enfermera de su familia que se lo presentó. "Ellos eran primos. Ella venía a casa y un día me dijo que tenía a alguien para presentarme. Recuerdo que me dijo que era lindo y yo le respondí que alcanzaba con que fuera bueno. En verdad Camilo tenía esas dos cualidades: era 'muy churro' y además un ser excepcional, de una bondad de esas que no se ven a menudo".
"Lamentablemente falleció siendo muy joven, tenía poco más de 60 años, a causa de un cáncer", refiere. Cuenta que tuvieron dos hijos: Fernando y Mariano. "Mi hijo mayor falleció a los 38 años, a causa de una enfermedad renal. Mariano tiene 50 años, está casado con Vanesa Quiroz y me dio un nieto, Jerónimo, que es todo para mí".
Cuando habla de la pérdida de su hijo, la voz y la mirada expresan esos dolores que jamás se logran superar. "El tenía una malformación de los uréteres, algo que hoy se opera en el vientre materno; tuvo una vida normal hasta que necesitó someterse a un tratamiento de hemodiálisis y más tarde a un trasplante renal", relata. Y comenta que ella misma fue quien le donó un riñón. "Vivió más de 20 años trasplantado, pero se fue muy temprano".
Recuerda cada instancia de la enfermedad y el tratamiento y asegura que a pesar de que era muy duro, él lo transitó con mucha entereza: "Jamás vi que se le cayera una lágrima. Era psicólogo y hubiera querido ser psiquiatra. Amaba leer y me quedaron de él muchos de sus libros".
Lo recuerda siempre y como toda madre afirma que "la pérdida de un hijo es la única para la que nadie está preparado".
Afrontar el dolor y seguir
Pasaron muchos años ya desde la muerte de su hijo y confiesa que "no hay un día que no lo recuerde". A pesar de decaer muchas veces, hay en ella una fortaleza que es la que la impulsa a afrontar las dificultades y salir adelante. Hoy su vida se nutre de rutinas sencillas y se enriquece en la cercanía de sus seres más entrañables. Su hijo Mariano, su nuera Vanesa y su nieto de apenas un año y medio, son su pilar. "Añoraba ser abuela y no sabía si alguna vez iba a tener nietos. Pero llegó y ese chiquito es la alegría de mi vida".
Cerca siempre de sus afectos, tiene una vida autónoma y disfruta de ese poder hacer las cosas que le gustan. Ama las manualidades, tiene mucha habilidad para hacer cosas con sus manos y buena parte de la decoración de su casa tiene la impronta de lo que ha hecho. También es integrante del Coro Matices, que dirige María Auil. Tiene varios grupos de amigas. "Con las docentes que nos iniciamos juntas seguimos en contacto, nos vemos siempre y festejamos los cumpleaños. Con otras con las que trabajé después también tengo una linda amistad y estoy siempre en contacto; y a otras me las ha traído la vida y las distintas actividades que he realizado".
Un ser resiliente
Sabe que su vida ha tenido claros y oscuros, pero también conoce su capacidad resiliente y se vale de esos recursos para vivir plenamente el presente sabiendo que es "lo único real".
Sobre el final reflexiona sobre el sentido de la vida y sobre el paso del tiempo y confiesa que si algo le han enseñado las pérdidas es asumir que "nada es eterno". Tiene la certeza de ser una mujer fuerte que ha logrado sacar de cada experiencia ese sustrato vital para seguir, mirando el futuro con esperanza, pero sabiendo que la plenitud está en el hoy, ese tiempo que la tiene recordando a los suyos, y disfrutando de lo que la vida le ha traído como recompensa, por tanto.















