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Francisco: “Nunca vi un cortejo fúnebre seguido por un camión de mudanzas”

12 de enero de 2014 a las 12:00 a. m.

El contexto de la frase

El Santo Padre pronunció esta frase como una forma de neutralizar  lo que él ha denominado  “la nueva idolatría del dinero”, tema que ha ocupado una sección en su reciente exhortación apostólica Evangelli Gaudiun.

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Los bienes, un regalo de Dios

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Dios ha puesto todos los bienes a disposición de los hombres para su felicidad en este mundo. Ahora bien la moderación en el uso de los mismos y el evitar los excesos hacen que dichos bienes puedan cumplir esa misión de ayudar al hombre, y no que lo esclavicen, en cuyo caso dejarían de ser una ayuda y pasarían a ser un problema. Dejarían de darle felicidad para ser motivo de conflicto. 

 

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La avaricia 

Nuestro Señor Jesucristo ha realizado la advertencia de que debemos cuidar de no caer en la avaricia, que es uno de los siete pecados capitales e importa un desorden en cuanto al deseo de posesión de los bienes materiales. Consiste en acumular y acumular sin medidas. En la avaricia se pone la seguridad en los bienes y no en Dios. Nos ha dicho también con severidad que “no se puede servir a Dios y al dinero”.

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Tesoros en el cielo

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Jesús ha sugerido: “Acumulen tesoros en el cielo y no en la tierra donde la polilla y el óxido los corroen”. La recomendación nos presenta la perdurabilidad de los tesoros que pueden acumularse en el cielo, los que estarán vinculados a las buenas obras, las prácticas de las virtudes, el acceso a los sacramentos, el servicio desinteresado al prójimo, la oración y la penitencia para superar los pecados propios y ajenos, etc. Los tesoros que se acumulan en la Tierra, en cambio, no van más allá de ser lo que son: inmuebles, vehículos, metales preciosos, etcétera.

 

Nostalgias del paraíso

El padre Mamerto Menapace, del Monasterio Benedictino de Los Toldos (Buenos Aires) ha dicho que la fiebre posesiva de bienes materiales que suele invadir a los hombres podría tener su origen en la condición en que vivió el hombre en el paraíso terrenal, donde la presencia de Dios aseguraba la satisfacción inmediata de cualquier necesidad que pudiera sobrevenir. Luego del pecado original fue necesario obedecer el mandato que establecía la ley del trabajo “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3:19) y también aceptar la ley de la muerte temporal: “Eres polvo y en polvo te convertirás” (Génesis 3:19).

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La muerte

El fin de los días del hombre en el mundo es un hecho futuro e incierto que reviste como la principal incógnita de la finita existencia humana. Es decir, sabemos que la muerte vendrá a nuestra vida, pero no sabemos cuándo. Y esto suele angustiar al hombre. Hay dos formas posibles de reaccionar ante esto. Por un lado, algunos viven como si la muerte no existiese, como si la vida fuese un carretel de hilo que no tiene fin. Esto es una falacia. Y cuando la muerte parece acercarse, se vive esa circunstancia con un profundo miedo a lo desconocido y desesperación. Esta forma de obrar significa la negación de la muerte. Otra forma distinta a la anterior consiste en vivir la vida, sabiendo que la misma tiene un final, y buscando estar preparado para cuando llegue dicho evento. Esto significa que la persona ha aceptado a la muerte en su plan de vida, y no tendrá dificultad en recibirla con alegría. Uno de los mejores ejemplos de esto es  San Francisco de Asís, que en su amor hacia todas las cosas también amaba a la muerte y la llamó “hermana muerte”. Otro ejemplo valorativo de la muerte es el del apóstol San Pablo, que ha dicho “para mí vida es una gracia y la muerte una ganancia”.

 

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El último día

Este concepto que responde plenamente  a la realidad ha estado muy presente en la vida de los santos. Uno de ellos ha expresado “vive este día como si fuese el último de tu vida”. Si uno se animase a realizar este ejercicio espiritual y se pusiese a pensar en este evento, ¿Qué cosas le vendrían a la mente? ¿Cuáles serían las urgencias para realizar en tan limitado tiempo? Muchas personas afirman que cuando han estado en circunstancia de perder la vida han tenido la gracia de observar algo así como la película de su propia vida, en la que necesariamente tienen su parte los vínculos sanguíneos: padres, hermanos, hijos, cónyuge, etcétera. 

 

La vida después de la muerte

Algunos teólogos sostienen que la concepción que la persona tenga sobre la muerte de algún modo determina la manera en que se asume la realidad de la vida. Sobre esto nos hace reflexionar el Papa Francisco cuando nos dice que “nunca vio un cortejo fúnebre seguido por un camión de mudanzas” en el cual la persona estaría llevando los bienes acumulados. ¡Es momento de despertar y no dejar acumular!

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