Francisco dijo su última palabra entre conservadores y progresistas
Durante el sínodo católico en Roma, se fueron desarrollado problemáticas intensas entre obispos renovadores y conservadores, en temas sensibles como la familia, la comunión de los divorciados y la homosexualidad. El Papa Francisco se inclinó hacia los reformistas, aunque con límites y va paulatinamente estableciendo nuevas pautas para la Iglesia moderna, sin perder la esencia básica que el catolicismo lleva en su ADN, además de considerar la conformación total de la feligresía, que incluye un nutrido sector altamente conservador de formas y fondos.
Por eso y tras revisar los documentos del sínodo, el Papa hizo su propio documento que es el final y definitivo, donde hay cambios de doctrina. El documento que en latín se denomina Amoris Laetitia (La alegría del amor), es la exhortación apostólica post sinodal, sobre los desafíos de la familia y publicada en medio de una gran expectativa mundial entre los católicos. En principio y antes de ingresar en la cuestión de fondo, hay un cambio en el lenguaje con que se dirige a los fieles, lo que genera un primer impacto. Pero lo más importante es la misericordia que pide que tenga la Iglesia con las familias imperfectas, con las situaciones irregulares y con todas las personas heridas. Y considera que esas familias deben ser integradas y acompañadas siempre, más allá de las normas y las rigideces de la doctrina. Esto permitirá un mayor acercamiento al catolicismo de las parejas de hecho o casadas sólo por civil y los divorciados vueltos a casar. Este último fue el tema más polémico del sínodo, porque para los conservadores es un sacrilegio que los separados puedan, por ejemplo, comulgar.
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Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio. No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión, sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren, señala el Papa en el capítulo 8 del documento, el más novedoso, titulado Acompañar, discernir e integrar.
Sin dudas es un nuevo enfoque, muy profundo, muy cristiano y muy franciscano a propósito del nombre que se puso Jorge Bergoglio cuando se transformó en el Santo Padre.
Amoris Laetitia de 262 páginas en su versión en español, destaca que la conciencia individual debe ser el principio rector para los católicos a la hora de abordar temas complejos como el sexo, el matrimonio y la vida familiar, y no frías normas escritas. Hemos sido llamados a formar conciencias, no a reemplazarlas, sentencia el Papa. Está dividida en nueve capítulos y un total de 325 párrafos, esta virtual guía para la familia, advierte que no hay que creer que todo es blanco o negro, generando espacio para las nuevas modalidades de familias. Y, significativamente, afirma que ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada irregular viven en una situación de pecado mortal. En el capítulo 8, que es el que más atención acaparó, trata las denominadas situaciones irregulares, el tema que más dividió en los dos sínodos que hubo en el Vaticano, en octubre de 2014 y 2015. Aunque lo de irregular ya ha quedado demodé, si se tiene como referencia, por ejemplo, que en estos días dentro de un curso escolar son menos los casos en que el alumno pertenece a una familia de tipo tradicional (padres casados por Iglesia y en primeras nupcias). La mayoría se divide entre hijos de padres en concubinato, familias monoparentales o ensambladas.
En el documento, en el cual también hace autocrítica durante mucho tiempo creímos que con sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales (...) sosteníamos suficientemente a las familias-, reafirma la indisolubilidad del matrimonio entre hombre y mujer, pero reconoce que a veces, cuando hay violencia, la separación es inevitable, echando un manto de realidad sobre la vida intrahogar. De todos modos, mantiene los pies en el plato cuando plantea especialmente que las uniones del mismo sexo no pueden equipararse al matrimonio. No obstante no las estigmatiza ni las aparta del rebaño, solo evita llamarlas por el nombre adjudicado al sacramento.
Citando la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, recuerda a los curas que el confesionario no debe ser una sala de tortura, sino el lugar de la misericordia del Señor. Y que la Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio para los más débiles. En este punto invita a los sacerdotes a atender en sus parroquias cada caso en particular que es lo que en general se vienen haciendo- sin generalizar un nuevo dogma. Los insta a escuchar y a incorporar en lugar de aplicar la letra fría de un cuadro normativo que ya tiene siglos de vida y que en poco se adecúa a la realidad del Siglo XXI.
El cuarto capítulo, titulado El amor en el matrimonio, se reflexiona sobre el amor verdadero, la dimensión erótica del amor, sobre la vida sexual de los cónyuges y la virginidad, temas tratados con una naturalidad sin precedentes. En el quinto capítulo, Amor que se vuelve fecundo, elogia a las madres, y destaca el papel de la familia en el cuidado de los hijos y de los ancianos. En el sexto, subraya la necesidad de una mayor preparación de los curas en la pastoral familiar, así como de los novios para el matrimonio.
Obviamente que hubo vaticanistas que se mostraron escandalizados por lo que consideran un desliz del Papa, porque los sectores más conservadores no ven con buenos ojos el nuevo documento del Papa, que también dejará decepcionados a los más progresistas. Unos pretendían menos apertura y los otros más. Pero Francisco ha hecho las aperturas que considera justas y necesarias, de una manera discrecional y operativa, sin someter estos aggiornamientos a los extensos trámites burocráticos que implica para la Iglesia modificar sus normas institucionales. Someter estos asuntos a extensos concilios y otros instrumentos renovadores importaría una lucha encarnizada y de ningún modo se podrían poner en consideración las innumerables situaciones de familias que se presentan en estos días, incluyendo las paternidades autogestionadas mediante la ciencia. En cambio, desliza una venia para que cada presbítero obre con libertad de conciencia. Porque la misericordia no depende de las luchas entre conservadores y progresistas, sino con la íntima convicción de lo que debe hacer un cristiano y, sobre todo, cómo debe recibir la Iglesia a sus fieles, no solo en las condiciones más rígidas de la doctrina sino también a aquellos a quienes la vida ha lastimado, herido o separado. Francisco llama entonces, para promover una pastoral inclusica, a recordar la necesidad de discernir bien las situaciones, siguiendo la línea de la Familiaris Consortio de San Juan Pablo II, en la que se afirma, de manera humilde y simple, que se puede dar también la ayuda de los sacramentos en ciertos casos. Y es allí donde los divorciados y convivientes tienen su oportunidad.
Francisco ha dicho su última palabra pero le siguen puntos suspensivos y no un punto final, ya que descansa en la misericordia, generosidad, discrecionalidad y fundamentalmente la potestad de los presbíteros en sus parroquias para tomar las últimas decisiones, porque es en ese ámbito donde se produce el contacto real con la vida de cada feligrés, no en el Vaticano. Todo lo demás es política eclesiástica e internas propias de la Iglesia, en las cuales el Papa no basa su labor, como es visible. Francisco está para cosas superiores del espíritu humano y lo demuestra a cada paso.













