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Francisco antepuso el pedido de paz al peligro de viajar a Africa

27 de noviembre de 2015 a las 12:00 a. m.

Pese a las recomendaciones de no realizar un desplazamiento a Africa en este momento de turbulencia, el Papa Francisco llegó a Nairobi, capital de Kenia, un país donde hay prácticamente paridad entre cristianos y musulmanes, una nación con enorme riqueza y gigantescos contrastes en los niveles de vida de la población cuya mayoría es claramente pobre y donde la violencia es la moneda más corriente.

Kenia como país sólo existe en los mapas. Sobre el terreno, es un conjunto de territorios controlados por señores de la guerra, igual que su capital, una de las más peligrosas del mundo.

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Una vez más, Francisco se puso en la piel del mismo Jesús y afrontó su mandato de ser pastor de todos, sin prerrogativas ni privilegios. Quiso ser  uno más y se rehusó a usar chaleco antibalas, como lo haría cualquier estadista o figura de envergadura política mundial. Claramente, él no se siente así y privilegia su condición de hombre de Dios, replicando el mensaje de Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta”.

En su visita pastoral no fue condescendiente ni eludió ningún tema ríspido. El Pontífice hizo referencia incluso a los atentados de la milicia islamista somalí de Al Shaabab, que en los últimos dos años ha matado a 230 personas en los atentados a un centro comercial de Nairobi en 2013 y en un campus universitario en el este del país, así como en Mandera, en el norte.

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Fue directo al punto y en su primer discurso en Kenia dijo que “la violencia, los conflictos y el terrorismo, que se alimenta del miedo, la desconfianza y la desesperación, nacen de la pobreza y la frustración”. Así fue más allá de condenar a quienes perpetran los hechos violentos y apuntó directamente contra el poder financiero y económico del mundo, que ha dejado a Africa siempre al borde del abismo, haciendo proliferar allí desde pestes hasta guerras por hambre.

Lo que ha dicho Francisco es innegable pero es sorprendente escucharlo en este contexto de una visita oficial. Los dirigentes mundiales eluden decir verdades  de tanto peso, envolviendo sus palabras en lo políticamente correcto en el marco de las relaciones internacionales, Francisco es uno de los pocos que blanquean estas realidades. Quizá por eso se ha erigido como uno de los más importantes líderes del mundo libre.

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Este viaje tan peligroso seguirá por Uganda y la República Centroafricana, que por otra parte está atravesando por una cruenta guerra civil. Hay pocos lugares en el mundo más peligrosos que Bangui, capital de la República Centroafricana, para cualquiera que se adentre en sus calles. Esta ciudad destartalada por años de guerra, atraso y aislamiento será el punto final del viaje del Sumo Pontífice a tierras africanas. En ella pasará por un campo de desplazados internos, que proliferan por todo su perímetro, y charlará con el imám de la mezquita central, otro campo de refugiados en sí mismo. Para su seguridad contará con la escolta de 900 militares de dos misiones: los franceses de Sangaris y los cascos azules africanos de la Minusca. Si en República Centroafricana no hubo un genocidio en 2013 fue gracias a ellos. Aunque la seguridad es inexistente, al menos se detuvieron las grandes matanzas, como la del 5 de diciembre de aquel año, con 3.000 muertos alfombrando las calles cercanas a la avenida de Francia, la bisectriz que parte el Bangui cristiano del musulmán, el mismo número de muertos del primer día del desembarco de Normandía.

En el pensamiento del Papa, cuando las sociedades comienzan a dividirse por las razas, por las religiones o por la situación económica, nacen los conflictos y es allí donde Francisco llama a hombres y mujeres de buena voluntad a que trabajen por la reconciliación, que sea una tarea común. Y que se establezcan órdenes democráticos sólidos y tolerantes, porque los gobiernos tienen que buscar el bien común. Estas palabras que tienen mucha importancia en cualquier nación como concepto, en Africa adquieren un significado muy especial por la situación de gobiernos dictatoriales, enorme pobreza y enfrentamientos brutales.

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Y lo dice en un continente donde es clara la enorme brecha entre ricos y pobres, el extremismo de grupos fundamentalistas islámicos -que en abril pasado, en un atentado a una universidad cristiana de Garissa, provocaron más muertos que en París- y la corrupción que también genera muertos, porque los negociados terminan en violencia y el dinero que queda en el bolsillo de pocos provoca las guerras del hambre y la sed.

Además está la cuestión tribal entremezclada con los avances europeos del Siglo XX. Los distintos colonialismos, que se disolvieron entre los años 60 y 70 han provocado fronteras artificiales, divisiones religiosas y étnicas en Africa. En muchas oportunidades las guerras han sido generadas desde fuera del continente, enfrentando naciones entre las cuales hoy es difícil reiniciar el camino del diálogo. Más cuando además hay enfrentamientos religiosos extremos.

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La labor que realiza la Iglesia Católica en el plano educativo en Kenia es muy importante, tanto que el propio presidente del país lo reconoció afirmando que él también había sido beneficiado con la educación que ofrecen las distintas congregaciones cristianas afincadas en el país.

La capital, Nairobi, es la ciudad más grande de Africa oriental y estaba decorada con banderas del Vaticano y de Kenia y enormes pancartas que decían “Karibu Pope Francis” (Bienvenido Papa Francisco). Pasando las grandes avenidas, están las enormes villas, altamente militarizadas, por la visita del Papa. Cientos de personas se agolparon allí para saludar al huésped ilustre, celular en mano, mientras el tradicional ulular de júbilo de las mujeres, algunas de las cuales llevaban sobre sus espaldas bebés, dominaba la bienvenida.

Lo esperaban para el acto central cerca de 500.000 personas para la misa que ofició en Nairobi y allí Francisco dio un fuerte discurso contra la violencia de género: denunció “la arrogancia de los hombres que desprecian a las mujeres”. También pidió defender la familia y proteger “al inocente que aún no ha nacido”. Un tema de actualidad que engloba, en este caso, a muchos otros países, como la Argentina que vive una ola de femicidios como nunca antes. En un país con grandes episodios de violencia étnica en los últimos años, el Papa llamó también a los jóvenes a rechazar todo lo que conduce “al prejuicio y a la discriminación, porque esas cosas ya sabemos que no son de Dios”.

Una gran apuesta la del Papa Francisco que al peligro de su visita antepuso la necesidad de salir a predicar la paz, la concordia y la reconciliación. Un Santo Padre único el que tenemos, orgullo de los argentinos por haber nacido en nuestro suelo y por haberse erigido en el líder más importante del mundo.

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La visita del Papa ofrecerá una visibilidad inusual a un país olvidado que permanece en la sombra mediática, a pesar de sus enormes reservas naturales de diamantes, oro, madera y uranio. Y a pesar de ser uno de los cotos de caza favoritos de la realeza europea. Las agencias humanitarias y las ONG agradecen el gesto papal, pero sobre todo los centroafricanos, tanto cristianos como musulmanes, encantados de volver a los titulares de prensa por algo que no sean matanzas. La visita del Papa tiene el riesgo equivalente a su gran oportunidad: enviar un mensaje de paz entre dos grandes religiones en un lugar en el que se matan por ello, en estos momentos de confrontación y manipulación. Dónde mejor.

 

 

 

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