Fin de la pandemia: ¿llegó el momento en que la humanidad iba a ser mejor?
En los momentos más aciagos de la emergencia sanitaria por Covid-19 mucho se dijo y predijo de lo que este fenómeno sumamente disruptivo iba a generar en el conjunto de la humanidad. La incertidumbre del comienzo, el temor y la vulnerabilidad frente a lo desconocido hacían ensayar escenarios de transformación futura producto de haber atravesado un momento de la historia singular. Se decía que el planeta iba a ser mejor después del tránsito por la Covid-19 y que las relaciones iban a estar llamadas a humanizarse. Que la confrontación cercana y repentina con un enemigo silencioso iba a poner no solo el mundo patas para arriba, sino que iba a cambiarlo.
Y verdaderamente algo en el mundo cambió después del virus Sars-COV 2. La emergencia sanitaria obligó a la comunidad científica internacional y a los propios Estados a poner en marcha mecanismos colaborativos sin precedentes, en la búsqueda de hallar tratamientos y vacunas. Pero de la mano de ello también hubo desigualdades, y las sigues habiendo, en el acceso a la salud.
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La pandemia puso en jaque el corazón de la humanidad y las culturas propensas al contacto afectivo y a la interrelación con los otros se vio seriamente afectada. No hubo dimensión de la vida personal y colectiva que no hubieran sido amenazadas. ¿Pero salimos mejor de esa experiencia?
Seguramente la humanidad ha tomado algunos aprendizajes. Desde el punto de vista sanitario los sistemas se fortalecieron, sin embargo, muchas de las estructuras de atención montadas durante la emergencia luego se desarmaron y alcanza con recorrer algunos hospitales para observar que incluso tecnología de alto costo quedó arrumbada en algún cuarto producto de que no se generaron verdaderas transformaciones ni estructuras intermedias de atención para ampliar la capacidad de atención más allá de la coyuntura urgente.
En lo individual muchos volvieron a compartir el mate y olvidaron la recomendación de lavarse con frecuencia las manos y ventilar los ambientes, hábitos de cuidado personal que impactan sobre la salud colectiva no solo frente al coronavirus sino contra muchas otras enfermedades.
Antes de la declaración de fin de la emergencia sanitaria por Covid-19, las sociedades recuperaron sus rutinas habituales y restauraron sus costumbres e intercambios con dinámicas similares a las de la prepandemia. Y ya casi nadie pensaba en el virus Sars-COV 2 y sus variantes. Como si la humanidad en su conjunto hubiera dejado atrás una experiencia dolorosa y traumática antes de tiempo, ganada por la imperiosa necesidad de volver a la normalidad, con lo que ello implica en términos de trabajar, producir, planificar, restablecer relaciones y volver a vivir, sin desatender las innumerables pérdidas ocasionadas por este fenómeno.
Lo que no está claro es qué lecciones han sido verdaderamente aprendidas y cuanta predisposición queda para mantener altas las barreras que eviten que otras pandemias ocurran más temprano que tarde. Cuánto de la humanidad cambió después de la emergencia sanitaria mundial por Covid-19 es algo que solo mostrará el tiempo. La observación de la realidad cercana y lejana y el modo en que el mundo salió de esta contingencia parecen haber dejado atrás las ideas ilusorias de un mundo mejor tras la pandemia.
Quizás se fortalecieron algunas dimensiones del sistema. Tal vez algunos países potenciaron su capacidad de investigación y desarrollo. Seguramente hubo estrategias colaborativas. Pero lo cierto es que hay geografías que quedaron olvidadas, agentes sanitarios que estuvieron en la primera línea de la trinchera y hoy volvieron a ser relegados.
Ni se preservaron formas de conservar la biodiversidad- algo de lo que se habló en pleno confinamiento cuando la naturaleza mostró su capacidad de florecer cuando el conjunto de la humanidad se quedó en casa- ni se humanizaron las relaciones. Solo se transitó por una experiencia sumamente dolorosa y se aprendió a convivir con ella. Pero nadie sabe si el mundo pospandemia será mejor. Eso lo dirá el tiempo. Y como todas las cosas, incluso el coronavirus, no surgen por arte de magia, sino que son la resultante de acciones que cada uno promueve individual y socialmente para habitar el mundo que vive.
Por ahora, la recomendación de la Organización Mundial de la Salud es seguir manteniendo activa la vigilancia, entendiendo que el virus no desapareció sino que su manejo deberá quedar integrado al de otras enfermedades infecciosas.
Por delante queda mucho camino por recorrer y trabajo por realizar. A nivel de los estados, será necesario conservar lo ganado en términos de capacidad para prepararse para eventos futuros; integrar la vacunación contra la Covid-19 en los programas de inmunización; continuar con la notificación de datos; promover que las vacunas se autoricen, lo mismo que los medios de diagnóstico y los tratamientos dentro de los marcos regulatorios nacionales: y persistir en el esfuerzo para lograr programas sólidos, resilientes e inclusivos, sin olvidar que hay mucho conocimiento por construir en relación a la afectación post Covid-19 y muchas acciones que desplegar en la búsqueda de la equidad de oportunidades en el acceso a la saluda. A nivel individual y de las comunidades, en tanto, es imperativo no olvidar lo vivido, exigir que se instrumenten las medidas necesarias y trabajar subjetivamente en la esfera íntima para tomar los mejores aprendizajes de esta experiencia de la que jamás se vuelve igual, aunque sea inmenso el empeño por recuperar la normalidad de la vida conocida antes de la pandemia.













