Fama, dinero, obsesión corporal y automedicación, un cóctel explosivo que se llevó a Ricardo Fort
Logró la fama tan anhelada, cifrada en su afán por estar en la televisión como modo único de trascendencia, pero en el camino pagó el precio más alto: su propia vida. La necesidad de reconocimiento de una familia de empresarios que no comulgaban con su veta artística y su obsesión corporal llevaron a Ricardo Fort a morir a los 45 años, dejando dos hijos de los que es único padre.
Ricardo Fort, según sus propias palabras, fue un niño que se hizo grande y que arrastró la pesada mochila del desa-mor. Su historia de vida tiene que ver con una infancia en apariencia normal, escondiendo los problemas que luego desarrolló en su juventud. No hablaba el mismo idioma que el resto de su familia y en su tozudez, exigió a su cuerpo más de lo aconsejable, con exceso de gimnasio, anabólicos y múltiples cirugías estéticas tendientes a reforzar una imagen de “macho” al estilo superhéroe de caricatura con la que intentó contrarrestar el estigma de “marica” -según sus propias palabras- con que su padre relacionaba su homosexualidad.
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Fort murió a los 45 años por un paro cardíaco, según el último parte médico, producto de una hemorragia digestiva masiva; y después de 27 cirugías y 16 tornillos de titanio en su cuerpo.
Excéntrico y millonario, uno de los herederos de la empresa FelFort, que fundara su abuelo Felipe Fort y siguiera su hijo su padre Carlos Fort, Ricardo supo hacer de su vida un show que lo montó en la cresta de la ola de la fama hace apenas cinco años. La muestra pública de sus riquezas le generó más problemas familiares aún, porque sus hermanos, ambos empresarios, no toleraban sus presentaciones públicas, porque explicaban que podía hacerlos presa de la inseguridad y, como sucedió, de la Afip.
Felipe Fort, abuelo de Ricardo, fundó la fábrica -hoy centenaria- de chocolates y golosinas FelFort en el año 1912, cuando contaba apenas con 12 años. Es hoy la única en su rubro cuyos capitales son 100 por ciento argentinos. Felipe supo hacer de ella una gran industria chocolatera y cuando Carlos -padre de Ricardo- la recibió en sus manos decidió hacerla crecer aún más. Su madre Marta Campa de Fort exhibió interés y gusto por el arte; confesa cantante lírica y amante de la música clásica, se merodeó del espectáculo pero siempre de forma moderada.
Tras la muerte de Carlos Fort, en 2007, la fábrica quedó en manos de los tres hijos, Ricardo, Eduardo y Jorge, pero Ricardo aprovechó esa situación de la ausencia de su rígido padre para despegarse del mandato familiar y empezó a trabajar en hacer realidad su sueño de pertenecer a la farándula. Para iniciar su periplo por el mundo de la fama decidió instalarse en su lugar en el mundo, Miami. No obstante, siguió en contacto con la firma: renovó el packaging de los tradicionales productos e introdujo las barritas de cereal, que él ya consumía en Estados Unidos.
Para Fort era vital estar vigente en los medios, creía fervientemente que si se ausentaba de la TV la gente lo olvidaría. Por eso decidió filmar y hacer público cada instante de su vida, desde sus dramas familiares y su orientación, hasta sus ampulosos viajes con amigos pasando por cada cirugía e internación respectiva.
El cuerpo de Fort se transformó en el mejor testigo de su pena: autoflagelación, cientos de tatuajes y una espalda rota y luego reconstruida, sobrecargada por el exceso de peso en sus rutinas de entrenamiento en el gimnasio. Sobre el final, una rodilla con la apariencia de la de un anciano que terminó en la necesidad o tal vez su exigencia de un reemplazo por prótesis. Porque como sus allegados lo afirman, no era una persona fácil en su trato con los médicos, a los que manipulaba con su carácter y su billetera. Siempre reacio a los tratamientos prolongados, solía exigir soluciones quirúrgicas e inmediatas a sus patologías crónicas. A su vez -y más allá de que ahora parte de la familia hable de mala praxis profesional-, era un ejemplo de mala praxis de paciente, es decir que no seguía las indicaciones post quirúrgicas e incluso procedía de manera contraproducente.
El pico de popularidad lo encontró rodeado de médicos y anabólicos. La muerte, entre médicos y morfina, que intentaron paliar el dolor corporal de cirugías, quebraduras, nuevas cirugías, prótesis y un sinfín de tratamientos alternativos, aquí y en Estados Unidos.
Sus hijos, Felipe y Martita -hoy de 9 años- tienen que ver con su idea de formar su propia familia y lejos de pagar con desamor, les dio en vida protección, amor y cuidados. Los tuvo por un sistema mixto que garantiza la uniparentalidad: donación de óvulos de una mujer y vientre alquilado de otra. Por eso es que los niños sólo contaban con un padre y ahora quedan en manos de un tutor, que será Gustavo Martínez, expareja, a quien designó hace dos años.
La vida de Fort deja algunas reflexiones para hacer, sobre todo acerca de riesgos de los excesos, de las obsesiones, de la desesperación por la búsqueda de la imagen perfecta. La vida de Fort nos advierte que el dinero no sólo no compra salud sino que a veces la destruye.
Ricardo Fort fue la imagen extrema y paradigmática de la cultura de una época en que la imagen física parece conseguirlo todo, por lo que las cirugías estéticas reinan como parte de este esquema, el del “siempre joven” o la eterna belleza conseguida a cualquier precio. En este caso el precio fue el más alto: la propia vida.














