Estado del Cementerio: responsabilidades compartidas frente a una problemática que continúa sin solución
Desde hace tiempo en la necrópolis local ocurren hechos de vandalismo. El faltante de placas y otros elementos de valor que son robados para ser vendidos y el abandono de lápidas y panteones están a la vista de los visitantes. A la desprotección del predio, que es resorte del Municipio,...

Desde hace tiempo en la necrópolis local ocurren hechos de vandalismo. El faltante de placas y otros elementos de valor que son robados para ser vendidos y el abandono de lápidas y panteones están a la vista de los visitantes. A la desprotección del predio, que es resorte del Municipio, se suma el desentendimiento de los deudos sobre sus propiedades.
Las quejas de vecinos por el estado del Cementerio Municipal y la preocupación por los recurrentes hechos de inseguridad que tienen a los deudos y al patrimonio como blanco de la delincuencia, aparecen entre la problemática ciudadana frecuente. Y lamentablemente la realidad no es privativa de Pergamino, lo que muestra claramente que subyacen a esta cuestión fenómenos y realidades mucho más complejas que las definidas por la propia desidia o inacción.
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Lo que ocurre en estos lugares es un problema de los vivos, causado por los “vivos”. De aquellos que dejan a sus muertos allí y luego se desentienden de las responsabilidades que les conciernen en términos de cuidado de tumbas, nichos y panteones y descansan esa responsabilidad en la queja con la que pretenden que sea el Estado Municipal quien afronte la tarea de preservación y mantenimiento. También sucede que hay familias que ya no existen, es decir muertos que ya no tienen deudos vivientes o que estén en la ciudad y se hagan cargo. ¿Puede el Estado legalmente disponer de esos restos y espacios tras haber agotado todas las instancias? Debería, sino sería perpetuar el deterioro por siempre.
El mantenimiento de la necrópolis es también es un problema del Estado, al que le caben obligaciones específicas y en contraprestación de una tasa, en relación a la atención de espacios comunes y a la salvaguarda de la seguridad no solo de quienes visitan las tumbas para honrar a sus muertos, sino del patrimonio por cuanto hay elementos de valor que suelen ser arrebatados en hechos de vandalismo que nadie parece controlar.
Son los vivos, particulares y Estado, los que deben hacerse cargo para que la viveza de quienes pretenden siempre encontrar el modo de quedarse con lo ajeno no encuentre lugar en este que es precisamente un sitio que debiera ser de honor y respeto.
Con solo observar lo que sucede a diario pareciera que la gente olvidara que el cuidado de las tumbas es algo que compete a los propietarios. Sin embargo, todas las miradas cuando este tema se instala recaen sobre el Municipio, desconociendo que hay una responsabilidad primaria individual que es de los dueños de esas parcelas donde descansan seres queridos que suelen ser olvidados.
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Las quejas y reclamos de vecinos por el estado del Cementerio Municipal resurgieron en las últimas semanas. (LA OPINION)
Un hábito que parece perderse
Sin pretender cargar las tintas sobre los usuarios, es cierto que quizás por cuestiones culturales y por sentires que son propios de cada persona en relación al modo en que se recuerda a los muertos, ciertas costumbres parecen perderse. Ir al cementerio antes era una práctica habitual -y lo sigue siendo en muchos casos- pero cada vez más se impone la idea de que no es necesario ir a un lugar para tener presente en el recuerdo a los que ya partieron. Y con el argumento de esa creencia cada uno se va desentendiendo de lo que le corresponde hacer que es contribuir al mantenimiento de ese lugar donde descansan los difuntos.
Y del otro lado, aparece la inacción del Estado, que descansa en la certeza de que la responsabilidad del cuidado de las tumbas es de los propietarios y se desentiende de funciones que le correspondería ejercer. Valiéndose de las herramientas que le aporta la legislación, y ante el estado actual de situación en que hay sectores donde son visibles las muestras de abandono, deberían arbitrarse los medios para tomar posesión de esos dominios y ejecutar las acciones que sean necesarias para evitar que tumbas abandonadas, panteones venidos abajo y mausoleos olvidados terminen siendo el blanco elegido por los delincuentes para realizar su hazaña poniendo en riesgo la seguridad de quienes aún honran a sus muertos yendo y cuidando lo que les corresponde cuidar.
Desalienta la visita de cualquiera el sentir que se está ingresando a un territorio inseguro. La crónica policial da cuenta de hechos ciertamente violentos, frente a los cuales el Estado parece desentenderse de su responsabilidad que es preservar la seguridad y contribuir al cuidado de un patrimonio compartido.
Responsabilidad compartida
Los cementerios municipales son en cierta medida un ámbito de responsabilidad compartida. Allí hay propiedad privada y también patrimonio público. Esa es una premisa que no hay que olvidar. Hay contribuciones que se hacen para el mantenimiento y compromisos que se asumen cuando los espacios son adquiridos.
Propietarios de tierras, nichos y espacios dentro del cementerio y autoridades tienen responsabilidades diferentes y compartidas en la tarea de preservar un lugar que hace tiempo dejó de ser lo que era. Y lo que representaba desde su valor simbólico.
En la vorágine de la vida cotidiana, en las nuevas formas de vivir que se imponen y se adoptan, no hay que olvidar que ese es el lugar en el que habitan los restos de nuestros difuntos. No vale el argumento de que pasa el tiempo y pierde sentido visitarlos para desapegarse de la responsabilidad asumida al momento de dejarlos allí. Tampoco el fundamento de que corresponde a cada familia hacerse cargo de eso. Es un tema comunitario en el que urge encontrar puntos de encuentro entre Estado y particulares. Y el desentendimiento no puede ser el común denominador de ambos.
Hay muchos interrogantes que se plantean cuando este tema pretende abordarse con rigurosidad periodística. Del lado de las autoridades aparece la queja hacia los vecinos. De boca de estos, la queja constante a la inacción municipal. Las respuestas deben surgir del sinceramiento profundo de lo que significa este espacio para las sociedades y qué se pretende hacer con ellos. Sabiendo que detrás de cualquier urgencia, estos espacios tienen arraigo en cuestiones profundas en creencias y por lo tanto las soluciones que se ideen para terminar con el estado de abandono no pueden reducirse solo a cuestiones instrumentales de coyuntura sino habilitar una reflexión profunda sobre el modo en que honramos a nuestros muertos y cómo asumimos cada cual desde el propio lugar las responsabilidades que caben ante semejante cuestión que es tan esencial, por lo que significa. La respuesta nunca puede ser el dejar hacer o el abandono.













