Es fácil indignarse sin comprometerse, casi lo más sencillo del mundo
Luego de ofrecer una recompensa de medio millón de pesos por información para dar con su paradero y un fuerte operativo que incluyó drones, buzos tácticos en arroyos de agua oscuras contaminadas y más de 150 policías, un grupo de perros rastreadores y otro de bomberos con pico y pala ingresaron al complejo. Seis horas después apareció el cuerpo de Sheila Ayala, la chica de 10 años que estaba desaparecida desde el domingo.
Toda la estructura a disposición del hallazgo de una niña desaparecida, pero cierto desconocimiento de parte de quienes estaban investigando el caso acerca de los niveles de marginalidad extrema que se vivían en ese conjunto de viviendas. Por eso al comienzo se dispersaron esfuerzos investigando fuera del predio, cuando la niña nunca salió de la casa de los tíos donde fue asesinada, tal como los vecinos decían.
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Lo macabro del crimen, que sus tíos Leonela Ayala y Fabián González confesaron tras ser arrestados, no le resta nada a un cuadro general del hábitat de la niña, su casa, donde su padre organizaba riñas con menores por plata. Normalmente los emborrachaban para que tomaran coraje y pelearan. Obviamente se hacían apuestas al respecto.
Como no podía ser de otra manera en una muerte tan injusta y perversa, hay alcohol y drogas de por medio. Sheila es el extremo de lo que sucede cuando las conductas se naturalizan. Lo que para unos son los vicios más bajos, para otros son placeres de la vida cotidiana. Tan internalizado está el consumo, no solo por el adicto sino por el entorno conviviente de esta realidad, que con total desaprensión la tía de Sheila y su asesina, confesó que al cometer el crimen estaba borracha y drogada, aún cuando se encontraba embarazada de ocho meses.
Cuando vemos los desastres que hace la droga en los sectores de menores recursos donde se consume, se vende, circula a como dé lugar, vamos naturalizando que haya barrios donde hay muertos diariamente, tiros a cualquier hora del día, pero es en estos temas horrendos como el asesinato de una niña, su violación y su martirio, donde aparece la indignación de todos, los propios vecinos de la menor y todos los que nos enteramos. Las hipótesis de los investigadores apuntaban a una supuesta rivalidad entre los padres separados de la menor o un ajuste de cuentas por presuntos negocios narco en la familia. La droga que se toma y la que se vende, una vez más en medio del horror.
El problema es cuánta de esta indignación que sentimos va más allá de las expresiones de horror y activa los mecanismo que tiene el ciudadano para ser parte de la solución. En nuestra provincia tenemos una línea gratuita de denuncia anónima. ¿Nos involucramos frente a situaciones de marginalidad como las que se vivían en ese complejo? ¿Por qué ningún vecino denunció (anónimamente si era necesario) el descontrol que había allí?, ¿ese municipio no tiene asistentes sociales que adviertan los problemas de los sectores más vulnerables?, ¿el médico tratante de la tía asesina, por ejemplo, no advierte las condiciones en que lleva su embarazo?, ¿no hay concejales que recorran los barrios? Todos algo saben, nadie hace nada.
Y no hay necesidad de vivir en una villa para advertir la droga y tomar una posición frente a ella. En Pergamino mucha gente en este momento sabe dónde y quiénes venden droga, y no todo sucede en la periferia. Pero ¿cuántos de ellos tomaron el teléfono y denunciaron? Ahora eso sí, las proclamas indignadas por lo sucedido a Sheila estuvieron al tope de los posteos en las redes sociales, muchos incluso pidiendo la pena de muerte para los tíos.
Las responsabilidades, de todos modos, no son todas del mismo grado. Sería muy valioso que el ciudadano se involucre, pero el Estado no puede dejar de hacer su parte. Y aquí hubo de los dos: un descuido por parte del Estado frente a semejante marginalidad, promiscuidad y ausencia de familia para contener a los menores. Pero también estuvo ausente la primera línea de conocimiento que es la de los vecinos, que evidentemente tienen naturalizado el desastre. Luego, claro, al conocerse el horroroso crimen se pusieron todos como locos y empezaron los incidentes en el barrio Trujuy, los vecinos enfrentaron a piedrazos a la Policía que reforzó la presencia de Infantería en la zona. Es una reacción que suele darse en sectores donde se viven estas tragedias.
Lo mismo pasa a nivel social: no hacemos nada pero después, cuando suceden cosas, gritamos como locos.
Si vemos o sabemos que venden drogas, denunciemos; es anónimo, no hay efectos colaterales. Sin dudas que con estas intervenciones habría menos narcotráfico, menos muertes y una sociedad que se descompone menos. Porque después cuando vemos lo que hace la droga nos indignamos. Es fácil indignarse sin comprometerse, casi lo más sencillo del mundo.
Después son la Policía y la Justicia las que deben intervenir también antes de llegar a un desastre. La conocida lentitud de los procesos investigativos podría morigerarse si hubiera más denuncia, más colaboración de la ciudadanía.
Si antes de indignarnos nos comprometemos a ser parte de una sociedad menos ruinosa, seguramente poco a poco iríamos viendo resultados que no imaginamos siquiera ahora. Porque es muy importante lo que una sociedad que toma conciencia puede lograr frente a situaciones tan graves como la droga y su circulación.















