Entre los planes y el trabajo, una grieta peligrosa
El testimonio de una beneficiaria de planes sociales jactándose de las bondades de \"vivir sin trabajar\" irrumpió en la escena pública y causó malestar en una buena parte de la ciudadanía agobiada por una profunda crisis social y económica. Las palabras que se viralizaron rápidamente a través de las redes...

El testimonio de una beneficiaria de planes sociales jactándose de las bondades de "vivir sin trabajar" irrumpió en la escena pública y causó malestar en una buena parte de la ciudadanía agobiada por una profunda crisis social y económica. Las palabras que se viralizaron rápidamente a través de las redes sociales mostraron además la foto de una triste realidad: así como hay una argentina donde la búsqueda por superar cualquier dificultad es incesante; también hay otra donde lo que existe es un profundo desprecio por el esfuerzo propio y colectivo. Y la falta de liderazgos y de políticas que pongan al trabajo como norte que guie el camino, hace de las diferencias, grietas insalvables.
Sería irrespetuoso y falaz aseverar que todos aquellos que reciben algún tipo de ayuda del Estado tienen la misma mirada sobre el conjunto de la sociedad que aporta para que esos mecanismos de asistencia social sean posibles. Por el contrario, hay muchos que son respetuosos y se desvelan por volver a ser parte del sistema productivo del país. No todos caen en la burda exposición casi transformada en espectáculo ni invierten su tiempo en burlarse de quienes sí se levantan cada mañana para "ganar el pan con el sudor de la frente".
Las mas leidas de Tendencias
Arranca la temporada de nieve 2026: cuánto cuesta esquiar en los principales centros de Argentina

Hoy se celebra el Día del Cupcake, un clásico de la pastelería

Llegó el calor y las comidas al aire libre: cómo cuidar los alimentos para evitar accidentes

La Oktoberfest finalizó con nutrida asistencia y un récord histórico

Fallo histórico en derecho animal: qué provincia reconoció a dos yeguas como seres sintientes

Pero si es cierto que están aquellos que fruto de sus propias biografías personales y sociales han gestado un resentimiento, que se expresa en la voz de esa mujer que circuló por los medios de comunicación faltándole el respeto al Estado que le otorga un beneficio y al conjunto de la sociedad. Aunque le suspendieron los planes a los que accedía, lo que dijo quedó impreso en el imaginario colectivo e instaló lo que por lo bajo de cualquier debate cotidiano se esgrime a uno y otro lado de la grieta como argumento. Hay una porción de la sociedad que no está dispuesta a volver a trabajar porque aprendió a vivir de esas dádivas que, a fuerza de presión, equiparan y en algunos casos superan el ingreso de muchos trabajadores. Y hay otra porción de la ciudadanía que siente el peso de ese sistema que ha hecho del asistencialismo la única política social.
Lamentablemente lo que esa mujer expresó en defensa de los planes sociales mostró el sentir de muchos que han hecho de su condición de desempleados un modo de vida. Ese testimonio amplificado por la comunicación algo dijo de la cultura del trabajo que se ha resquebrajado profundamente hasta desmembrarse. En el imaginario social no son pocos los que entienden que "en este país no tiene sentido trabajar, que es más vivo el que se queda en su casa y a quien el Estado le provee de lo necesario para su subsistencia.
El crecimiento de los planes sociales y su desdibujamiento como instrumentos válidos solo por un tiempo perentorio y en una determinada contingencia, han lesionado lo que alguna vez hizo grande a este país: el apego al trabajo y al esfuerzo como medio para el crecimiento personal y social.
Cualquiera que con un poco de atención escuche a empresarios de diferentes rubros confirma que casa vez es más difícil conseguir mano de obra calificada para la realización de tareas simples y complejas y descubre que esto sucede por un lado por las falencias estructurales del sistema educativo y porque muchas personas no aceptan ser contratadas porque al ingresar al sistema formal del trabajo pierden el plan que reciben.
Esto habla de los resultados históricos de malas gestiones de mala política y también dice mucho del modo de concebir el progreso. ¿Es de la mano de la educación y del trabajo como instrumentos de ascenso social? ¿O es por consecuencia de la dádiva eterna convertida en sistema que transforma a los legítimos beneficiarios en rehenes?
Más allá de cualquier respuesta, desentrañar estos interrogantes supone adentrarse en uno de los problemas más complejos que afectan al país, esos que están en lo medular del entramado social.
No es posible la viabilidad de un país donde haya quienes se vanaglorien de no trabajar y ridiculicen a aquellos que siguen poniéndole el hombro a la realidad todos los días. No es viable un país en el que se clase dirigente hace del cobro de un plan una industria sin otro propósito que la perpetuación en el poder. Y de la escuela ese lugar elegido solo para los buenos discursos prometedores de transformaciones profundas que nunca llegan.
Tardará años recomponer la estructura social que se ha corrompido, que se ha quebrado al extremo de establecer una grieta entre quienes trabajan y quienes no lo hacen.
Esta semana el anuncio realizado por el ministro de Economía Sergio Mazza respecto de que se replanteará el esquema de los planes sociales y se los "transformará en un puente" para el acceso al trabajo genuino, abrió un marco de expectativas. Sin embargo, la precisión brindada en ese mismo anuncio, en relación a que "transcurrido un año de permanencia laboral- tiempo en el que igualmente se les seguirá pagando el plan como complemento del salario-, los propios beneficiarios son los que deberán optar entre "seguir trabajando" o "quedarse solo con el plan", reabrió nuevamente el debate. ¿Es opcional trabajar? ¿Puede el Estado seguir sosteniendo la voluntad de quienes habiéndose insertado elijan volver a quedar excluidos del circuito productivo?
Demandará tiempo repensar aquellas acciones que surgieron en la emergencia y han perdurado al extremo de conseguir que sean varias las generaciones que no han visto a sus mayores trabajar.
En ningún punto esta reflexión pretende la nostalgia de entender que cualquier sociedad pasada fue mejor. No hay nostalgia en esta apreciación. Hay una descripción. Y una apelación a generar los cambios necesarios, estructurales, profundos, difíciles de instrumentar en una coyuntura donde cualquier esbozo de restricción a la ayuda social amenaza la paz social.
Hay una línea delgada que divide a unos argentinos de otros y esas diferencias lejos de convivir en armonía, en el contexto de una crisis tan profunda como la que afecta al país, no hace sino acrecentar el riesgo de un quiebre que puede resultar tan peligroso como doloroso para el conjunto social que en su mayoría aún quiere vivir en un país donde estudiar, trabajar, progresar y convivir en paz sea posible, sin burlas y sin repetidas faltas de respeto que no hacen sino vulnerar valores que son los que han sostenido al país y lo han hecho grande.














