Entre la devaluación y la inflación, el Gobierno sigue ensayando salidas
En medio de la crisis económica indisimulable por la que atravesamos, el jueves padecimos la mayor devaluación del peso desde la convertibilidad hasta la fecha. En apenas 38 minutos, el Banco Central convalidó una devaluación de 12 por ciento. En el peor momento del día, el presidente de la autoridad monetaria, Juan Carlos Fábrega, se comunicó personalmente con varios banqueros y les pidió colaboración.
La intervención oficial, tras lo que bien puede denominarse “una corrida” como la que se vivió el jueves, después de que el dólar hubiera tocado ya los 8,40 pesos, dejó la sensación entre los operadores de que la depreciación del tipo de cambio estaba lejos de haberse terminado con la devaluación del 29 por ciento que acumula el peso desde que asumió el nuevo equipo económico. Mientras el “blue” alcanzaba sus máximos valores, ubicándose en los 13 pesos.
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Se vivieron momentos de extrema tensión en la City porteña, mientras los comercios, sobre todo de electrónicos y turismo, no querían vender sus productos porque no sabían, al fin, que valor tendría la mercancía horas después. Esto se vivió en Buenos Aires y aquí también en Pergamino, como informáramos en la tapa del diario de ayer.
La realidad es que todo lo sucedido, corrida de por medio y responsables que no podemos afirmar si son los que el Gobierno indica o no (le achacaron a un director de Shell haber alterado el mercado con una monstruosa operación), genera un nuevo escenario que provocará una suba de costos en la economía. En momentos en que es evidente que el Gobierno no tiene plan antiinflacionario y más bien parece no tener ningún plan a la vista. Aunque sí ensaya muchos que, en los hechos, buscan un impacto inmediato en el ánimo más lejos están de ser una solución de fondo o de complementar otras medidas existentes. Más bien todo lo contrario. No es menos que contradictorio que a dos meses de haber incrementado la percepción en 15 puntos para el uso de divisas y de sostenerse por más de un año que había que dejar de pensar en dólares, de la noche a la mañana el nunca asumido cepo cambiara radicalmente sin que ninguno de los motivos que lo originaron revertieran su situación. Todo lo contrario, insistimos: las reservas no paran de caer.
El funcionario dijo que con la autorización para la compra de dólares a personas físicas para atesorar se busca “generar más equidad en el asunto cambiario” y “dar alguna certidumbre, sobre cómo vienen las variables principales” de la macroeconomía. Si hay algo de lo que carece el equipo económico y que afecta al normal desenvolvimiento del país es precisamente la certidumbre, a causa de este tipo de medidas espasmódicas e injustificadas (¿o la anterior versión era la injustificada? Una de las dos debe serlo, porque el escenario no mejoró sino que cambió para peor).
Siempre se sostuvo desde el Gobierno que se apuntaba a un tipo de cambio flexible, pero el manejo que se ve habla más de desorientación y falta de rumbo que de flexibilidad.
Dos hechos podrían haber motivado este último giro: se puso a prueba hasta cuánto pagaba el dólar el mercado sin intervención del Central y una vez ubicado en torno a los hechos se intervino con una batería de anuncios que propiciaran calma y, de algún modo, se plantó en ese punto una oficialidad. Es decir, se dejó devaluar al mercado para que no tuviera que quedar el Gobierno como artífice de la medida.
Otro hecho que podría estar relacionado es la rueda de conversaciones iniciadas por Kicillof frente al Club de París y –se dice- gobierno y empresas chinas. Por más que diga el ministro que no se aceptarán condicionamientos del grupo ni del FMI, los acreedores pudieron haber exigido algunos signos y, como todo deudor que aspira a una renegociación, el Gobierno no se puede negar. Lo mismo si se aspira a que China inyecte divisas, a través de inversiones, en nuestro mercado. Es obvio que algunas garantías querrán tener los orientales.
Estos son los momentos en que más se nota la ausencia de Néstor Kirchner, un economista nato era el expresidente. Por eso se daba el lujo de tener ministros de Economía dibujados, sólo para llenar un casillero del Gabinete. Pero la presidenta no parece tener formación en esta temática y la cuestión ideológica sosteniendo el relato es la que comanda todas sus decisiones y las líneas que baja al equipo económico que, seguramente integrado por idóneos, no atina con un plan de acción que a la vez de incluir lo que técnicamente es necesario hacer, agrade a la presidenta en términos políticos y de aceptación popular. Es sabido: algunas medidas son tan ingratas y antipopulares como necesarias. Y es común que no se quiera asumir el costo político de implementarlas.
Es decir, cualquier estudiante de Economía avanzado, no digamos ya los economistas que están en el Gobierno, saben qué medidas tomar frente a estas crisis. El problema es que todas las vías parecen llegar a determinaciones ortodoxas, enfriamiento de la economía, por ejemplo, para frenar la inflación y otras del mismo estilo.
Y la realidad es que los programas ortodoxos que haría falta aplicar, no coinciden con la ideología de la gestión kirchnerista. Y quizá esa es la razón por la que intentan parches a una situación que cada vez se pone más difícil en materia económica.
Y mientras tanto, así estamos.














