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Entre el optimismo y la razonabilidad, el presupuesto 2017

17 de septiembre de 2016 a las 12:00 a. m.

La realidad, lo hemos planteado infinidad de veces, es que la economía es la que marca el pulso social, lo que determina el buen o mal humor de los argentinos y la valoración que tienen del gobierno de turno.

Las expectativas de estar mejor o de empeorar también inciden sobre el humor social pero, además, inciden sobre la acción de los ciudadanos: si se largan a invertir, si retraen su consumo y ahorran, si gastan a cuenta de un porvenir auspicioso.

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Por eso, psicológicamente hablando, es mucha la incidencia que tiene el anuncio del presupuesto para el próximo ciclo económico. 

El miércoles, el ministro Alfonso Prat Gay presentó esta herramienta madre para 2017 ante el Parlamento; allí figuran tanto la proyección de gastos como las perspectivas de ingresos que recibirá el Estado, y sobre todo, cuál es el marco macroeconómico en que aplicará estas medidas. Lo importante para los ciudadanos es que a través de esta estimación podemos medir la temperatura del oficialismo, cuáles son sus objetivos, cuáles sus expectativas y la importancia que le dan a cada área. Dicho esto con independencia de que estas proyecciones se terminen cumpliendo tal y como están planteadas porque un presupuesto no deja de ser una aproximación entre los datos puros de hoy y a partir de allí lo que podemos lograr mañana. Se aumentaron las previsiones para obra pública, por ejemplo, lo que indica que el área les interesa y se va a reactivar con su correlato en empleos hoy caídos. También los gastos previsionales para cumplir con la Ley de Reparación Histórica a jubilados, a la que el proyecto destina casi 32 mil millones de pesos.

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Se proyecta un crecimiento del 3,5 por ciento, lo que sería un objetivo muy importante si tenemos en cuenta que no crecemos hace años.  Veremos sobre la base de qué herramientas de inversión se verá este resultado que nos importa a todos los argentinos. El dólar promedio para todo el año se calcula en 17,92 pesos, por lo que el Gobierno deberá esforzarse para evitar que cada punto del dólar se traslade automáticamente a los precios, teniendo en cuenta que la memoria inflacionaria de la Argentina es psicológicamente más fuerte que la realidad.

Además, admite que 2016 cerrará con una caída de 1,5 por ciento en el Producto Bruto Interno (PBI), aunque considera que lo peor de la fase recesiva ya habría pasado.

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En cuanto a la inflación, y aquí se dividen las aguas entre los economistas, ya que aparece estimada en un rango que va del 12 al 17 por ciento; un dato que Alfonso Prat Gay defiende con uñas y dientes, pero que muchos consideran demasiado optimista porque el peligro es en la Argentina cómo crecer sin generar inflación.

El Gobierno necesitará el año próximo tomar deuda neta por unos 38.000 millones de dólares. No es poco, pero un tercio de la deuda autorizada en el proyecto está pensada para cubrir el déficit estimado del 4,2 por ciento; otro tercio iría al pago de la deuda actual; mientras que el tercio restante quedaría a libre disponibilidad del Ejecutivo. Del total del Presupuesto 2017, la deuda pública representa un 10,5 por ciento y es un valor que, en comparación con 2016, crece 32,4.

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Uno de los temas difíciles y candentes es el déficit fiscal, el que no se logra bajar todavía pese a los esfuerzos del Gobierno macrista, ya que no se ha registrado un crecimiento real de la economía y esto obliga al Estado a seguir gastando con poco resultado.

Ante los legisladores de la comisión de Presupuesto y Hacienda, que preside el oficialista Luciano Laspina, Prat Gay remarcó además que el Ejecutivo buscará la “eliminación gradual de los superpoderes, a través de una modificación de la Ley de Administración Financiera, para ir limitando el margen de acción” de la Jefatura de Gabinete en la reasignación de partidas presupuestarias. Una decisión claramente positiva que le devuelve al Parlamento una autoridad que en realidad “regaló” a gobiernos anteriores nada transparentes, puesto que, a sabiendas de esta prerrogativa, al mismo momento que se aprobaba un modo de administrar los recursos públicos, ya se estaban direccionando hacia nuevos destinos, a criterio del jefe de Gabinete, lo que desvirtuaba totalmente los roles del ministro de Economía en la confección y del Parlamento –en representación de todos nosotros- en la aprobación. Finalmente, el uso del dinero se terminaba decidiendo en el Ejecutivo, que mandaba “un dibujo” para que el Congreso tratara y se cumpliera así con las formas de rigor. 

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Además, la iniciativa del Ejecutivo prevé que la recaudación por el llamado impuesto al Cheque crecerá 24,9 por ciento el año próximo, lo que se explicará por el aumento en el monto de las transacciones bancarias gravadas. Este es un punto claramente negativo, el impuesto al cheque que impuso Domingo Cavallo hace años como medida de emergencia y parece que vino para quedarse, es claramente distorsivo y perjudica claramente al empresariado. Es evidentemente mucho lo que se le quita a las transacciones bancarizadas y por eso el Gobierno actual, como todos los anteriores se niega a quitarlo. Pero eso mucho de lo que le saca al sector privado va en menoscabo directo de la población porque, a la postre, los empresarios lo incluyen en sus costos operativos, en el mejor de los casos. En el peor, evitan el uso del sistema formal y se refugian en la economía en negro.

En una primera mirada surgen dos aspectos salientes, algo contradictorios entre sí: por un lado, las metas planteadas parecen razonables pero por otro, hay un exacerbado optimismo en materia inflacionaria que ojalá se cumpla. Tenemos nuestras reservas porque habrá incrementos tarifarios periódicos y esto conspira con la propuesta. Por otro lado necesitamos ir achicando subsidios para acotar el déficit fiscal que lo terminamos pagando igual entre todos. Son los problemas clásicos de las frazadas cortas.

Ya estamos llegando al fin del primer año de gestión de Mauricio Macri y la crisis que trajo el reordenamiento de un país que iba en claro descenso. Las expectativas para el año que viene son más alentadoras, en parte por los caminos corregidos pero principalmente porque, sobre todo en términos inflacionarios, partimos de un piso muy bajo, prácticamente un subsuelo, desde donde no queda otra cosa más que ascender. Dicho sin eufemismos, peor no podríamos estar.  

 

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Mientras tanto, y en la certeza de que hay un plan en marcha, un tratamiento para este país enfermo, nos toca atravesar la dolorosa convalecencia de la dura recesión.

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