Enfermos por el dólar
Hace un año comenzaba la corrida cambiaria que provocó la crisis económica que ahora intentamos dejar atrás. A mediados de abril de 2018 el dólar orillaba los 21 pesos. Hoy, redondeando, vale el doble.
El dólar es el indicador económico que más altera nuestro humor social y nuestra percepción política. Cuando la relación peso/dólar se torna inestable, la imagen positiva del presidente cae en picada; si el dólar se mantiene estable o se deprecia, la estimación de la figura presidencial crece. Así de endeble es nuestra cultura democrática: una cotización nos hace cambiar de candidato en candidato.
Las mas leidas de Opinión
Salir de la intolerancia, la trampa de este vertiginoso Siglo XXI
Estar educados para el nuevo mundo de las finanzas
La naturalización de la pobreza en los actos de gobierno
La compleja situación económica y la falta de unidad
Biorevolución o Muerte

Por eso, el dólar no es para nosotros una moneda extranjera: es la moneda nacional. Usamos el peso como moneda de cambio para las cosas pequeñas y cotidianas. Pero si vamos a comprar una casa, planear un viaje importante o simplemente queremos ahorrar, pensamos en dólares porque es la moneda que consideramos más valiosa.
El Banco Central ha creado, en la era Macri, una unidad de valor que fluctúa de acuerdo con la inflación: las UVA (antes UVI). Podemos hacer operaciones financieras con ella, por ejemplo un plazo fijo o sacar un crédito. Podríamos usarla en diferentes contratos. No solo no lo hacemos sino que la mayoría de nosotros desconoce la existencia de esa unidad (salvo los que han tomado créditos bajo esta modalidad) y su importancia.
Es que nuestra relación con el dólar no es un fenómeno estrictamente económico, sino cultural.
La cultura es ese conjunto de principios, conductas y saberes que definen nuestra identidad. En algún caso, puede ser disfuncional, como veremos a continuación:
Si un producto determinado aumenta demasiado su precio, naturalmente dejamos de comprarlo. Esa ley básica de la economía tiene, entre nosotros, una excepción: el dólar. Si aumenta mucho, automáticamente corremos a comprar dólares, porque pensamos que va a seguir aumentando. Entonces aumenta, y se cumple nuestra exótica predicción. Y no reconocemos que se está cumpliendo otra ley básica de la economía, sino que nos damos la razón, con una importante carga de pesimismo: el dólar subió porque la economía nacional está desmadrada, concluimos; o sea que va a seguir aumentando, entonces volvamos a comprar.
Ese círculo vicioso afecta nuestra percepción de la política: si el dólar está por las nubes, decimos que el plan económico vigente no sirve y alentamos su cambio. En otras palabras, buscamos cambiar las autoridades.
Por supuesto, no alcanza con eso. Porque apenas el dólar vuelve a moverse hacia arriba, empezamos a desconfiar de la capacidad de ese nuevo equipo de gobierno.
Lo que necesitamos es romper ese círculo vicioso por el cual el dólar se convirtió en nuestra brújula. Y para eso hace falta una moneda propia, con entidad suficiente como para darnos seguridad. Pero eso no se logra en poco tiempo. ¿Podremos apostar en ese sentido alguna vez? La cuestión es que desde arriba hagan la apuesta y no pongan el dólar arriba o abajo, apreciando o depreciando el pesos sistemáticamente, según sople el viento, generalmente el viento electoral que nos azota cada dos años. ¿Cómo pretender que la ciudadanía apueste a la moneda nacional si los sucesivos gobiernos no lo han hecho?
Precisamente, en esta ciclotimia que tienen los gobiernos respecto de la divisa, la gestión Macri enfrenta una extraña paradoja: viene de un año en el que el precio del dólar pegó un salto del orden del 100 por ciento y, ahora que intenta plancharlo un poco para tratar de enfriar los precios y llegar sin sobresaltos cambiarios a las elecciones, empieza a recibir los reclamos de los industriales. Los hombres de negocios observan que una cosa es la competitividad cambiaria versión septiembre 2018 y otra muy diferente es la de la actualidad.
Contando desde ese mes, el dólar no solo que bajó unos centavos en términos nominales sino que además se terminó acumulando un avance de la inflación de más de 20 puntos.
Y la estrategia que comenzó a desplegar el Banco Central, de ampliar su poder de intervención en el mercado para salir a comprar divisas y así contener cualquier mínima escapada de la cotización, preocupa a los industriales, a punto tal que desde la cúpula de la UIA quisieron enviarle un mensaje contundente al Gobierno cuando deslizaron que se agarran la cabeza cuando ven cuál es el plan oficial para con la divisa. Sin embargo, si algo caracteriza al debate económico en la Argentina es su tendencia al maniqueísmo: así como hay quienes ya levantan la voz argumentando que se está perdiendo buena parte del colchón de competitividad ganada en 2018, también hay sectores productivos que protestan porque el salto del billete verde no solo les disparó los costos sino que terminó afectando a un ya golpeado mercado interno, como consecuencia de la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores. La realidad es irrefutable: se dispararon los precios de los insumos -dolarizados- y de los servicios, principalmente el costo de los fletes, al tiempo que la demanda doméstica no hizo más que achicarse, dejando el peor efecto de la devaluación. Es decir, una divisa versión 2019 que no conforma ni a uno ni a otros. En esta bipolaridad de la Argentina dolarizada, ¿para qué lado recostará al dólar el Gobierno?
Cómo se ve, no estamos hablando ya de inversiones, ni de compra de inmuebles ni de turismo sino que estamos hablando del dólar y su relación con los costos de producción, de traslado, todo lo que finalmente hace a la economía doméstica. ¿Y el peso? Nada, una moneda de transacción nada más. Así las cosas, estamos más cerca que adoptar al dólar como moneda que de cualquier otra alternativa.













