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El voto, el sustrato para construir un destino

21 de octubre de 2023 a las 12:00 a. m.

La grandilocuencia de la campaña electoral llegó a su fin y la veda puso un manto de silencio a los slogans de las distintas fuerzas políticas, abriendo un marco de reflexión para posibilitar que la ciudadanía ponga en acto su poder y lo materialice con la emisión de su voto en las elecciones. 

Si bien el tránsito de información en las redes sociales le impone a estos días una dinámica distinta, por cuanto hay mensajes que siguen circulando, el silencio que la ley les impone a los candidatos aparece como la oportunidad propicia para que la sociedad procese lo que se dijo y lo que no se dijo en este proceso electoral que ha tenido todo tipo de matices.

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Desde hace cuarenta años la sociedad argentina vive en democracia, y hoy más que nunca ese concepto cobra un valor superlativo. En una nueva jornada electoral, la democracia es el sistema que posibilita el ejercicio de derechos y obligaciones y que les permite a los ciudadanos elegir a sus representantes y buscar en ellos a esos hombres y mujeres que posean los atributos y cualidades para orientar las acciones públicas hacia el ideal de poder vivir en una sociedad mejor.

Por estas horas las encuestas de distintas consultoras exhiben resultados posibles y el mar de las especulaciones está en boca de todos. Sin embargo, la historia reciente muestra que la verdadera voluntad del pueblo se expresa sólo en las urnas y no en consultas de opinión que resultan sumamente volátiles y son susceptibles de humores y estados de ánimo propios de un momento. El final, aunque predecible en el análisis de muchos, está abierto. Hay quienes sostienen que este proceso electoral encontrará su punto final en primera vuelta y otros que entienden que se extenderá unas semanas más hasta el ballotage. Independientemente de ello lo que propone la veda electoral y la concurrencia a las urnas es la reflexión y la expresión del valor verdadero de la vida en democracia.

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En un contexto marcado por una profunda crisis económica y de valores de la propia dirigencia que se han puesto en juego, el voto cobra una relevancia sustantiva porque esa acción soberana y ejercida en la más profunda libertad es la que marca el compromiso de la propia sociedad con su futuro. 

Resulta oportuno recordar que lo que se define en esta elección es mucho más que un presidente. Es un modo de establecer las reglas del juego claras para sortear los avatares de un tiempo que irremediablemente será complejo, porque la dimensión de la crisis es inmensa y el desmembramiento social, enorme. Se requerirá del consenso como basamento indispensable para construir nuevos pilares que sostengan a esta democracia.

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En este sentido, la expresión de la ciudadanía una vez más ratificará o rectificará un rumbo y deberá transformarse en el puntapié inicial para la construcción de acuerdos, porque sea cual sea el resultado, e independientemente de que la elección del futuro presidente se dirima o no en primera vuelta, lo que sí es cierto es que el voto mostrará claramente una decisión y exhibirá una voluntad que deberá ser respetada. En el estado actual de cosas, superada la instancia electoral habrá que poner manos a la obra y sea quien sea el elegido, convocar a todos para atender las cuestiones estructurales y las urgencias. Ya no hay tiempo para especular en el juego chico de la política. El endeudamiento, la inflación, la rotura del tejido social carcomido por la corrupción y la pobreza, la inseguridad, la mala calidad de la educación y la salud, son apenas algunos de los problemas que deberá enfrentar el próximo gobierno. Y el inventario no se agota en esa enumeración, la política está llamada a reconfigurarse y para ello se requerirá de madurez y sensatez, atributos que muchas veces quedan desdibujados por el tono que cobra la discusión pública.

Sea cual sea el resultado, será inadmisible que las oposiciones se trasladen a las calles- como amenazan algunos dirigentes sindicales y sociales-porque el dolor social por el estado del país ya no tiene lugar para más fisuras. Todo hace suponer que gobierne quien gobierne lo hará en un escenario en el que no habrá mayorías absolutas. La composición parlamentaria y el juego de fuerzas en las provincias que ya han cumplido con su proceso electoral demuestran una composición heterogénea que obligará a la negociación sea de quien sea el oficialismo. El trabajo por la construcción de equilibrios y sopesar posicionamientos antagónicos será tarea irrenunciable del próximo gobierno.

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Nadie sabe a ciencia cierta cuánto pesará el descrédito de una sociedad que hace tiempo siente que sus políticos no tienen la misma agenda de prioridades de la gente. Tampoco cuanto incluirá el enojo, el hartazgo y hasta cierta decepción con una democracia con la que aún ni se come, ni se vive ni se educa.

Lo que no puede suceder es que el cansancio deprima el entusiasmo por lo que representa el voto en términos formales y simbólicos. No es la democracia la que está en discusión, es el sistema de valores con la que la dirigencia política ejerce ese poder de representación. Y es la libertad lo que está en juego realmente, lo que hace soberano a un pueblo y le da autonomía para tomar sus propias decisiones.

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Con argumentos contrapuestos, con las chicanas que resultan la moneda corriente de la política, a 40 años de la recuperación democrática esta campaña electoral se clausuró sin la mística que generaba el doctor Raúl Alfonsín recitando el preámbulo de la Constitución Nacional en su histórico cierre de campaña. Tampoco la campaña tuvo el ingrediente de la sana convivencia entre contrincantes de distintas fuerzas políticas que respetaban sus códigos. En una sociedad atravesada por la grieta, la devaluación de la política también se expresó en el proceso electoral y mostró, en varias ocasiones su rostro degradado. 

Esta nueva jornada electoral abre la posibilidad de volver a poner en valor la política como herramienta de transformación de la sociedad. Con la decisión que el pueblo tome, esta posibilidad quedará nuevamente inaugurada. En esto reside la verdadera importancia que tiene el ir a votar, ejercer la responsabilidad y el derecho de elegir no solo a un presidente o presidenta, sino de adoptar ese conjunto de valores desde los cuales concebir un destino que no puede ser irremediablemente el de una crisis sin retorno.

Votar es sinónimo de libertad, de patria, de cambio, de madurez, esa que la ciudadanía ha ganado en estos cuarenta años de democracia, a pesar de todas las dificultades y los atropellos. No hay oportunidad más grande ni poder más supremo que emitir ese voto. Es la llave para abrir las puertas a lo que por delante nos ponga más cerca del cumplimiento individual y colectivo de los sueños. Y por eso, ir a votar es un llamado, una obligación y una responsabilidad indelegable, porque es el voto el sustrato indispensable para construir un destino posible.

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