El valor de estar en casa: un mundo mejor y unas personas despiertas

Por Raquel Viglierchio, para la Redacción de LA OPINION (*). Un gran tema irrumpió sin permiso y nos obliga a pensar y a actuar: como un virus, esta pandemia desmorona paradigmas (conjunto de verdades que sostenían), desnuda certezas, porque las certezas tambalean y plantea incertidumbres. La incertidumbre marca una presencia feroz. Algunos ya la sentían y conviven con lo incierto, porque esta sociedad, este mundo no es equitativo. Pero ahora es de todos: demócratas o autoritarios, capitalistas o no capitalistas. Pertenecientes a cualquier sector social, económico o geográfico. Todos estamos en cuestión. Y están en cuestión los supuestos discursos consistentes y los relatos y las investigaciones y las instituciones.
Estamos ante un mundo más líquido, una economía más volátil y un virus muy veloz.
¿Qué paradigmas desmorona? ¿Qué pasa hoy en las sociedades contemporáneas? Y ¿qué nos pasa a nosotros, a cada uno? Se ha hecho imprescindible reflexionar sobre las variables que arman, sostienen, o ya no sostienen a nuestra sociedad, sin fundamentalismos o ideologismos. Sin ismos si somos capaces. Abiertos.
Tenemos que dejarnos asombrar, despertar y bucear en nosotros mismos. El dinamismo y el peligro que nos impone la realidad nos lo exige. Y por qué no la necesidad de buscar y trabajar por un mundo mejor.
A farmacéuticos, médicos, comunicadores, enfermeras, investigadores, a los recolectores de residuos, a quienes trabajan en los mercados, en seguridad o transporte, les deberemos la salud, la vida ¡Gracias!
Porque siempre hay lugar para el deseo de vivir.
Esta vez el problema toca diversos temas. Pro: delante, blema: obstáculo. Por ende el coronavirus es un obstáculo que se nos presenta. Impredecible, inasible, inmenso. Y pone en cuestión: la salud, los abordajes de la salud, el cuerpo, el sentido de la vida y de la muerte; el rol del estado, el poder y sus manifestaciones; el cuidado de sí y el cuidado de los otros; los modelos de sociedad, lo universal y lo singular; los derechos individuales y el ser buen ciudadano; la libertad: siempre relacionada con la angustia y ligada a la responsabilidad; la relación con la naturaleza; los modos de alimentación; los criterios de imputación presupuestaria de los municipios, provincias, naciones, la globalización.
Y con todo esto: la cuarentena. Para la mayoría hay un paréntesis en nuestra vida laboral y de relaciones. Pero, uno siempre se lleva a uno mismo. Y puede aburrirse o no.
Mucho tiempo atrás el aburrimiento era considerado la aversión a algo, aborrecer. Luego aburrir fue apesadumbrar. Inclusive desasosegar. Asociado a pelma, que es una cosa que esta compacta, apretada; pudiendo estar suelta, esponjosa. Entonces: reaccionemos: si nos aflojamos puede escapar el desánimo y quizá asomar algo nuevo de uno mismo.
Que no sea holgazanería, que es la raíz de todos los males, nos advirtió Kierkegaard.
Y Muñoz Redón lo dice tan claro y poético a la vez, según lo sentí al leerlo: El aburrimiento es una emoción sin rostro, un silencio que enfatiza el vacío de la existencia.
Schopenhauer llama aburrimiento a la ausencia de felicidad en el lugar mismo de su presencia esperada. Por eso quizás sea bueno no esperar tanto. O sea momento de preguntarnos qué suponíamos que nos hacia felices. Dejarnos sorprender, que tenga lugar lo nuevo.
Pero ¿qué se suele considerar lo contrario del aburrimiento?: La alegría. Y como ahora no tiene lugar. Hay vacio. Pero a no desesperar porque el vacío es el elemento que hace posible lo lleno. Para buscar qué hacer, cómo hacerlo. Un mundo por ganar está quizás en cada uno.
Casi como un atrevimiento se me ocurre proponer en estos tiempos de soledad para los que podemos, claro: aceptar que puede no divertirnos lo que divierte a otros. Cuando el deseo es impuesto es el del otro. Y recordemos que hay aburrimiento cuando hay ausencia de intereses propios.
Aceptemos que el ocio puede ser creativo.
Aceptemos el silencio. La mayor parte de nuestras vidas sucede dentro de nosotros mismos. Se escucha cuando hay silencio. Para hablar con uno mismo solo basta sentir nuestra emoción. Y si nos desarma puede venir lo auténtico y permitirnos volver a armarnos.
Hay que aprovechar la conciencia de la temporalidad y de la muerte (nos creíamos inmortales) para dar nuevos rumbos a la vida: afianzar lo que se desea afianzar y buscar y modificar lo que no nos haga bien. Por eso creo el descanso, en este caso forzado, es tan esencial como la actividad. Nos da la oportunidad de recuperar el tiempo y también de recuperarnos. Es el momento de legitimar lo hecho y encontrar coraje para seguir. Porque no hay ensayos para vivir.
Más allá de las contingencias de la vida de cada uno (nacimientos, muertes, razones y sinrazones, certezas e incertidumbres, salud, enfermedad, amores y desencuentros) y del coronavirus, que deseamos pronto aminore sus intensidades. Permitámonos y esforcémonos en seguir abrazando la vida. Que siempre es con otros, en esa corriente de simpatía, que es sentir juntos, es más vida.
Encontraremos las nuevas formas.
La vida sigue siendo una maravillosa tarea. Y la impronta es siempre singular, y por eso tiene una belleza particular.
Ni como sociedad estemos indiferentes ni nosotros aburridos.
Lo interesante de una persona son las líneas que la componen, o las líneas que ella compone, que toma prestadas, o que crea.
Tiempo de valorar estar en casa.
(*) Licenciada en Filosofía, coordinadora de talleres de Filosofía.
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