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El vacío de palabras estuvo repleto de connotaciones

20 de febrero de 2015 a las 12:00 a. m.

llegó el día después, siempre hay un después ante los grandes momentos en la historia de las naciones. Una de las primeras movilizaciones masivas, en Buenos Aires y en todo el país que no fueron convocadas desde un partido político o no las movía una razón económica (“corralito”, inflación y tantos deslices que hemos vivido en nuestro país).

La convocatoria de los fiscales a marchar en silencio en homenaje al fallecido Alberto Nisman, no hubiese tenido marco si la gente no hubiese sentido esa mezcla de tristeza y desamparo que provoca una muerte teñida de intereses tan espurios como los políticos. Porque el fiscal no murió por cuestiones privadas o por inseguridad, murió (asesinato o suicidio inducido) por su tarea de investigación en el marco del atentado terrorista a la Amia. Murió por los intereses geopolíticos cruzados que ese caso entraña. Y murió porque su accionar se contraponía con planes de sectores que, en definitiva, no quieren que se sepa la verdad.

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Los aparatos políticos respetaron la consigna. O más bien se la hicieron respetar quienes tuvieron la iniciativa. No hubo banderas pero tampoco fue posible el meta mensaje que significa encabezar semejante multitud ya que a ningún político le fue permitido ingresar al sector destinado a los fiscales y familiares, mucho menos portar el estandarte “para la foto”. Por eso todo salió como estaba previsto, incluso a pesar del diluvio porteño. En la Capital y en todo el país reinó el silencio interrumpido sólo para entonar el Himno Nacional.

Los protagonistas fueron los millones de personas que en todo el país se excusaron en el homenaje a Nisman para pedir justicia en la mayor amplitud de su significado.

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No es común en la Argentina y menos en Pergamino, donde por razones sociológicas que exceden el marco de este editorial, la gente no es afecta a la protesta pública, que un tema relacionado directamente con la emoción convoque a los vecinos. Que por un rato sea el sentir colectivo lo que los haya convocado, no es frecuente, claro que no lo es.

El periodista de LA OPINION Héctor del Giúdice, que en sus brillantes comentarios llamaba a Pergamino la “ciudad fenicia” en alusión a que sólo le importa a sus habitantes lo derivado del dinero, hubiese quedado perplejo de ver marchando por las calles a la gente, cantar el himno e izar la bandera en la Plaza Merced en silencio, como si fuese una misa, para homenajear a un fiscal de la Patria muerto en confusas circunstancias vinculadas con el poder.

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Quizás porque en nuestro país, como sucedió en Pergamino, hemos naturalizado, desde hace años, palabras como corrupción, ineficiencia judicial, ineficacia policial. De hecho ayer fue procesado el vicepresidente de la Nación, ya no por los papeles de su auto sino por un negociado con la fábrica de billetes Ciccone, y aquí seguimos, como si nada hubiese pasado. Todo lentamente se va convirtiendo en parte de la realidad y ya ni causa sorpresa ni siquiera es tema de conversación. Hasta que algo sucede. Como en las novelas, aunque esto sea la vida real, algo nos conmueve y de pronto nos damos cuenta que hemos permitido tanto, que hemos exigido tan poco a nuestras instituciones y a nuestros políticos que comienzan a suceder aquellas cosas que se nos transforman en la pesadilla, una película de la mafia devenida en realidad. Como en este caso, la muerte de un fiscal y nada menos que el que investigaba el caso del peor atentado de nuestra historia, un día antes de concurrir al Parlamento a explicar por qué había denunciado a la presidenta y al canciller argentino por encubrimiento de los iraníes que, todo apunta, fueron los responsables del atentado a Amia con todos sus muertos y sus heridos.

Y en Pergamino también se vivió ese sentimiento colectivo, en el cual el crimen y la política han anudado la tragedia. La muerte y la política, la política con los negocios, los negocios con los delitos, los delitos con la Justicia. Y esto generó un clima de sospecha tan generalizado respecto de que aquí nunca se descubre nada -y en eso el cargo abarca a todo el Poder Judicial también- que llamó a mucha gente a sumarse a la marcha. A reconocerse con otros vecinos que también tienen la misma desesperanza.

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Porque aunque se le quieran sindicar intereses destituyentes de parte de algún sector, la marcha tuvo otro sentido; los que concurrieron no buscaban un “golpe blando”, como dice el Gobierno. Fue una expresión de angustia colectiva y quien quisiera sacar ventajas iba a quedar descolocado del mapa de los pedidos de la sociedad que se reunió a homenajear a Nisman y a pedir justicia y verdad. 

También lo hicieron en su momento las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, porque la pérdida de sus familiares motorizaba ese dolor y lo transformaban en marchas, en pedidos de justicia. Y está bien que lo hicieran porque era encuentros pacíficos, llenos de pesar y sin pedir venganzas.

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En este caso, a Nisman la mayoría de los que marchaban apenas si lo conocía por foto, algunos no estaban enterados de su trabajo hasta que murió, pero igual sintieron angustia y eso es lo que transforma el sentimiento en colectivo. Que no se trata de relaciones interpersonales sino de reacciones sociales, casi espontáneas, donde sólo hace falta dar la idea para que la gente quiera salir a la calle. En ese sentido, todo resultó muy genuino.

No importa si los medios que el Gobierno tiene de enemigos permanentes promocionaron la marcha. Al fin, es precisamente su función dar cuenta de las actividades de la sociedad. Más hubiese estado que alguno no publicara hora y lugar de encuentro en su ciudad para que quien quisiese pudiera asistir. No hay que dar tanto crédito a un par de tapas periodísticas, menos en la era de las redes sociales. 

Cualquiera sea la cifra final, la demostración fue contundente. Por el motivo que fuera, muchísima gente sintió que era muy importante estar en una manifestación silenciosa. Y ese vacío de palabras estuvo repleto de connotaciones.

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