El sueño americano se da en el norte
Entre cinco y siete mil hondureños iniciaron el 13 de este mes una caravana a pie con el objetivo de llegar a Estados Unidos, un país al que ven como una meca, pese a que las constantes palabras de desprecio del presidente Donald Trump hacia los inmigrantes.
A la amenaza directa de un aguerrido recibimiento, el mandatario agregó que quitará el apoyo a todos los países por donde dejen que pasen los migrantes.
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La caravana salió hace dos semanas de San Pedro Sula, la segunda ciudad más importante del país centroamericano.
Es dramático ver entre los emigrados, casi sin nada de equipaje, a niños y adultos mayores, incluso personas que van en silla de ruedas. A ese punto de desesperación han llegado las familias que huyen de Honduras.
Mientras 5.400 de ellos, la mayoría hondureños ingresaron a Guatemala, según el gobierno de este país unos 2.000 regresaron a su Hogar y el resto, que se calcula en unos 3.000, sigue aferrado al deseo de llegar a Estados Unidos para tener un futuro mejor.
Los inmigrantes se van del país por razones de seguridad y en busca de calidad de vida. Algunos viajan para reencontrarse con familiares que partieron antes arriesgando su vida con traficantes de personas conocidos como coyotes, a los que pagan cantidades de dólares que pueden oscilar entre 4.000 y 6.000, o más, según testimonios de ellos mismos. Para las familias completas, la suma es inalcanzable y además no es garantido que se logre el objetivo; de más está decir que todo lo que estos personajes gestionan es ilegal.
Más allá de anhelar un mejor pasar económico, lo gravitante para estas familias que dejan todo para probablemente obtener nada es el riesgo de vida que tienen en Honduras: asesinatos, extorsiones, reclutamiento de niños y adolescentes, violencia sexual, secuestros y el despojo de tierras, entre otros flagelos que se suman al hambre para configurar una vida de horror.
Cualquiera de nosotros, cualquier ciudadano del mundo, pediría que alguien haga algo por el pueblo de Honduras. Lo mismo que con Venezuela. Ahora, cuando los países de la región toman alguna posición, o la OEA, o la ONU, no faltan los declamadores que esgrimen la improcedencia de la intromisión. Ni hablar si el que interviene es Estados Unidos. Sin embargo, cuando de buscar una salida se trata, todos los ciudadanos oprimidos de Centroamérica se encaminan, esta vez literalmente, hacia allá.
Para llegar a Estados Unidos, los hondureños tienen que cruzar las fronteras de Guatemala y México.
A solo días de iniciar la caravana, y ante las amenazas de Trump de sancionar países que los dejaran pasar, el gobierno guatemalteco expresó que no iba a dejar ingresar a su territorio a los hondureños si no cumplían con los requisitos legales. Asimismo, México también informó que los que quisieran entrar en territorio mexicano debían hacerlo cumpliendo la legislación vigente y realizando los trámites que corresponda en los consulados.
Estados Unidos denunció este lunes que la caravana de migrantes va con falsas promesas que les han hecho personas que buscan explotarlos. Y no sería extraño, siendo generalmente acciones encaradas por aquellos que buscan explotar a sus compatriotas, indicó la Embajada estadounidense en un comunicado, en el que también advirtió que hará cumplir vigorosamente sus leyes de inmigración.
Salvando las distancias geográficas, económicas, culturales y sobre todo en las formas de proceder de los receptores, la caravana que salió de Honduras se parece bastante a la huida de los venezolanos, tanto hacia Argentina como hacia Brasil y otros países de la región. No se trata de cuán bueno es un presidente o su pueblo para cobijar a los que llegan sino cuáles son las posibilidades reales de poder absorber a estos inmigrantes en la sociedad, cubriendo para ellos las necesidades, de salud, educación y trabajo, y sin que esto afecte profundamente la economía de los nacionales. No somos países que estemos en condiciones de ampliar infraestructura hospitalaria y educativa en estos momentos. Todo se hace difícil y si bien Estados Unidos está en mejores condiciones que cualquier país de América Latina para recibir migrantes, no está dispuesta a gastar más por este motivo. Absorbe a los extranjeros que su necesidad de mano de obra requiere y al resto busca expulsarlo.
Porque además Estados Unidos tiene un atractivo importante entre los latinos, por la enorme cantidad de inversiones que tiene, lo que les permite un estilo de vida con el que más de un país latinoamericano soñaría. Por eso tiene más de 50 millones de migrantes latinos que han llegado en busca de una mejor calidad de vida. Aunque los hispanos comparten rasgos que culturalmente los hacen parecidos, los motivos para mudarse a Norteamérica varían de acuerdo a la situación económica, social y de seguridad de sus países. Y la verdad es que mexicanos y hondureños que sufren los estragos del narcotráfico y la delincuencia común, ven en EE.UU. la posibilidad de brindarles a sus familiares una vida más segura, además de las posibilidades de progreso.
La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía comprobó que en México la violencia cuesta 3,8 por ciento del PIB y Honduras es según órganos internacionales uno de los lugares más peligrosos del mundo con una tasa de 14 homicidios por día. Las razones de los venezolanos para migrar es la crisis social que vive este país desde hace más de cuatro años. La inflación estimada por el Fondo Monetario Internacional para Venezuela en 2017 es de 2.200 por ciento, la más alta del mundo, algo que los ciudadanos venezolanos no están dispuestos a soportar.
Es claro que no solo es la cuestión económica la que lleva a los de-sesperados a migrar de sus países, la violencia, el narcotráfico, lo que también los arrastra a países donde la vida tiene otro valor. Y, casualmente, cuando buscan dónde recalar, todos miran a Estados Unidos, el mismo país que medio Latinoamérica critica a boca de jarro por sus maneras, por su capitalismo, por su imperialismo cultural. Algo bien deben estar haciendo ellos y algo mal más abajo en las latitudes. Nos cuesta reconocerlo de la boca para afuera, pero todos, al fin, queremos vivir como ellos.














