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El sistema educativo en una rigidez que condena el presente y el futuro laboral

11 de julio de 2017 a las 12:00 a. m.

Venimos planteando, desde este pequeño espacio, el enorme cambio que viene sufriendo el mercado del trabajo de la mano de lo que se ha dado en llamar “la cuarta revolución industrial”, que no es otra cosa que los avances en la robótica, la genética, la inteligencia artificial, la nanotecnología, las impresiones 3D y la biotecnología. 

Estos avances son los que van determinando los nichos laborales que tendrán las nuevas generaciones. Dicho de otro modo, el trabajo de los chicos que hoy están en la escuela puede no haberse inventado aún, o lo que es más grave, los chicos se están preparando para trabajos que cuando sean mayores ya no existirán como formar fabricantes de velas cuando ya se inventó la electricidad.

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Estamos en un nuevo mundo para el que se hace imprescindible preparar a nuestros jóvenes, una labor que por el momento no se está haciendo y que nadie en los ámbitos de decisión ha encarado con la seriedad que la cuestión merece y que, por otra parte, ya de por sí llevará tiempo pergeñar e implementar, al menos una generación. 

Hablamos de cambios estructurales, no coyunturales, esos que requieren de muchas horas de elucubración, de la asesoría de técnicos, de la convocatoria a participar a los actuales transmisores de la educación y, sobre todo, de la decisión política que luego procure los consensos.

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Ayer un informe publicado en el diario Clarín daba cuenta que ya, hoy mismo, las empresas tienen dificultades para cubrir puestos de programadores, ingenieros de software y analistas de sistemas. De las 7.800 plazas disponibles en el último año, el 65 por ciento quedaron vacantes, según la última encuesta del Observatorio Permanente Software y Servicios Informáticos de la Cámara de la Industria Argentina del Software en la que se basó el matutino.

La industria del software volvió a generar empleo, incorporando a 2.800 nuevos profesionales y dejando una demanda insatisfecha de más de 5.000 posiciones, que hubieran permitido alcanzar los 7.800 puestos que el sector proyectó para 2016, no hay profesionales en la materia más requerida para el empleo, en un país donde el trabajo no sobra precisamente.

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Es decir, que el problema es doblemente grave: por un lado, hay puestos vacantes pero para los que nadie reúne las cualificaciones, y por otro, hay gente desempleada que no cuenta con los saberes para emplearse en ellos.  Más allá de la crisis económica y de inversiones que estamos viviendo, lo cual es algo coyuntural, se advierte que tenemos un gran problema estructural: incompatibilidad entre los saberes que se imparten en escuela/universidad y lo que busca y necesita el mercado laboral. 

Debemos tener en cuenta que la programación computacional forma parte de la nueva alfabetización básica, porque permite capacitar a los jóvenes en las habilidades necesarias para el Siglo XXI. 

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Para los miembros de la Generación Z, considerados los primeros nativos digitales, las ciencias de la computación promueven habilidades distintivas que los preparan para ocupar puestos de trabajos que todavía ni siquiera existen.

La tarea es muy importante y plagada de dificultades porque no es un secreto que nuestra educación en todos los niveles tiene la rigidez propia de una comunidad educativa que se resiste a los cambios. Incluso nuestra universidad, la tan avanzada educación superior de la Argentina que el año que viene cumple 100 años de la primera y única gran Reforma Universitaria.

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La falta de flexibilidad con que se ha concebido nuestro sistema educativo es lo que nos ha hecho retroceder en los niveles de excelencia y sobre todo a pensar una universidad que prepare a los jóvenes para el mundo real, para las necesidades del mercado. Porque, al fin, no es positivo que se haga el esfuerzo de terminar una carrera y luego no haya posibilidades de ejercer la profesión elegida. La frustración se termina por arrastrar toda la vida. 

Otros modelos, como el de Canadá donde los profesores promueven el crecimiento intelectual, personal y emocional de los alumnos, el gobierno y la industria trabajan en conjunto para apoyar la investigación en áreas como las telecomunicaciones, la medicina, la agricultura, la tecnología informática y la ciencia del medio ambiente, entre otras. La importancia de este modelo es que el Estado direcciona la estrategia educativa para generar profesionales sobre la base del mercado laboral real.
En la Unión Europea el papel de la educación superior en la sociedad del conocimiento está reconocido tanto a escala europea como por los Estados miembros. Europa, de larga tradición universitarias, tiene objetivos para el Siglo XXI que se separan del enciclopedismo para acercarse a un modelo de profesional que promueva “crecimiento, prosperidad y cohesión social”. El programa de trabajo de la Unión Europea “Educación y Formación” resalta claramente la importancia de la modernización de las instituciones de educación superior. 

En Estados Unidos el régimen universitario es más abierto que en muchos de los países europeos incluso, donde hasta hace poco se enseñaba solo a través de la pizarra.  Hace varios años la mayoría de los países latinoamericanos trabajan sobre textos y estudios de casos, mientras que en Estados Unidos la pedagogía se amplió mucho más: hay una discusión profunda acerca de los temas y se focaliza en las ideas. Los alumnos estudian en base al pragmatismo y la competencia en la que van a vivir cuando salgan de los claustros.

Lo concreto es que las políticas universitarias de los países occidentales están en pleno proceso de cambio, para adaptarse a la nueva revolución tecnológica en marcha. Se debaten estas cuestiones porque ninguna nación está dispuesta a darle la espalda al futuro.

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En la Argentina nos hemos quedado durmiendo en los laureles de una universidad que supo ser faro en América Latina, pero que luego no ha ido adaptándose a la realidad que estamos viviendo. El enorme avance que implicó en su momento imponer el cogobierno universitario no está generando en esta etapa el resultado esperado, quizá porque los cambios educativos (de contenido y de método) en relación a la aparición de nuevas tecnologías (que lleva a la aparición de nuevas demandas de saberes y al mismo tiempo a la desaparición de ciertas profesiones tal como las conocemos) no parecen estar en la agenda de quienes tienen en sus manos la educación superior. La rigidez de nuestro sistema educativo en general, sumada a que la mayoría de docentes son resistentes a los cambios, es lo que hace la diferencia para no generar las modificaciones necesarias. Si la universidad no prepara a los alumnos para una vida profesional adulta cierta, su principal objetivo se ha perdido.

Del mismo modo que la dirigencia política, último responsable de la política educativa, no tiene el tema en agenda. En medio de una campaña electoral camino a los comicios de medio término, los candidatos no hablan de educación en estos términos, no parecen tener planes ni propuestas al respecto. Incluso cuando se les pregunta sobre el tema educativo, con un cinismo a toda prueba, repiten el latiguillo conocido: es el tema más importante pero ninguno se está ocupando del asunto.

Debieran recorrer las universidades, ver las prioridades de las carreras que se dictan, de aquellas que es necesario promover porque son las más requeridas del mercado, como vemos que sucede con la tecnología. Debiéramos estar camino a una amplia reforma educativa que implique incluso desde el nivel inicial hasta la universidad. 

Sin embargo, en la agenda política de ningún sector hace pie el problema educativo, mientras quedan libres miles de puestos de trabajo en áreas tecnológicas y se siguen poblando de alumnos carreras tradicionales que cada vez tienen menos peso laboral, sobre todo por la saturación de profesionales que ya existe. Ya se tendrían que estar analizando leyes que promuevan estrategias para estas carreras no tradicionales, haciendo hincapié en la posibilidad cierta de desarrollo posterior del nivel profesional, en un mercado real del trabajo.

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En fin, en la Argentina la política está en otra cosa.

 

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