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El relato de la muerte de Nisman: Cristina dio su versión de los hechos

28 de enero de 2015 a las 12:00 a. m.

Con varios días de retraso y dos cartas previas en Facebook, una con la teoría del suicidio y otra con la del asesinato, Cristina Kirchner se presentó finalmente en cadena nacional. Lo hizo en una silla de ruedas y exhibiendo una bota ortopédica en su pie. En el plano gestual, la imagen se asemejaba mucho a una puesta en escena -porque bien podría haberse sentado en una silla convencional o al menos tras un escritorio, como cada vez que se dirigió a la población en cadena- que pretendió mostrar vulnerabilidad en la mandataria. Todo ese armado era el prolegómeno de lo que pondría la presidenta en palabras: la muerte del fiscal Alberto Nisman fue, para ella, una pieza más del encubrimiento, lo cual puede ser perfectamente cierto, con la salvedad de que en su versión la víctima era la propia mandataria. 

La compleja trama de intereses con que se ha manejado la búsqueda de justicia para el atentado a la Amia, desde hace más de 20 años, quedaría ahora resumida en la victimización de su gestión, a través de un complot para dejar al Gobierno en mala situación frente a la causa.

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Sin profundizar demasiado, encontró un autor intelectual: el espía Antonio “Jaime” Stiusso, según su nombre de “guerra”. Y sugirió el nombre del autor material: el informático Diego Lagomarsino, teoría que deberá probar la Justicia, porque cuando el asunto se mezcla con los servicios de inteligencia no es sencillo destejer la madeja. El sigilo es total por los requerimientos propios del trabajo que realizan pero ante una situación como ésta, tanto enigma y hermetismo dificultan sindicar autores y responsables. Desde lo que hacen hasta los propios nombres de los funcionarios son secretos guardados con siete llaves.

La hipótesis de Cristina es que los servicios estaban en contra del memorándum con Irán, le llevaron pruebas falsas a Nisman de un acuerdo secreto del Gobierno y luego lo eliminaron para generarle conflicto a la administración K. Es decir que, según esta versión, el fiscal fue sólo un medio para dañar a la real víctima, que vendría a ser la presidenta.

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En cuanto a la autoría material, insinuó que Lagomarsino podía ser algo más que el hombre que le prestó un arma a Nisman un día antes de morir. Presentó dos pruebas: el hombre es un “feroz opositor” al kirchnerismo de acuerdo con sus expresiones en Twitter y, para colmo, uno de sus hermanos trabaja en una firma del Grupo Clarín, lo que la empresa desmintió. Es cierto que escribe en la red social contra el Gobierno, pero eso no es un crimen, todavía, en la Argentina. Lo que debiera analizarse es que su tarea en este caso es, al menos, sospechosa. ¿Llevar un arma a un fiscal cuando tenía dos a su nombre? Y que de resultas fue la pistola con la que lo mataron. Eso hay que investigar, no si un familiar trabaja en la empresa o simplemente lee Clarín.

Sin autocrítica ninguna, y esto es lo cuestionable, en su versión de los hechos Cristina no ofreció hipótesis alguna para explicar por qué las fuerzas de seguridad a su cargo no pudieron proteger a un funcionario judicial que estaba bajo amenaza y que había presentado una denuncia incendiaria contra la cúpula del Gobierno.

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En cambio, para la presidenta, esta muerte, podría ser como el “Hilo de Ariadna”, la joven que, enamorada de Teseo, ideó la forma de que saliera con vida del laberinto del feroz Minotauro. En otras palabras, el asesinato del fiscal puede desentramar, definitivamente, la causa del atentado.

Lo que faltó en el discurso, aunque hizo algunos anuncios a los que luego nos referiremos, fue emoción frente a la muerte, ante una sociedad conmocionada no hubo condolencias que generaran empatía para familiares, amigos de Nisman y frente a la sociedad en su conjunto. Sí, en cambio, se mostró guerrera en esas frases que tanto gustan a la militancia: “A mí no me van a extorsionar. No les tengo miedo”, dijo Cristina Kirchner sobre el final de su discurso, refiriéndose a los servicios de inteligencia.

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Obviamente que hizo la defensa de su gestión, donde hay muchos aspectos destacables, incluso concernientes a la propia causa Amia, hasta que llegó la cláusula de entendimiento con Irán, que fue un error a todas luces. Como sucede con otras áreas de gobierno, lo que no entiende la presidenta es que las cosas positivas o bien hechas que hayan promovida no actúan como enmienda para los errores. Los aciertos son aciertos y los errores, errores. Y hay que asumirlos.

Precisamente sin reconocer errores ni asumir responsabilidades, la respuesta a los hechos que propone el Gobierno es una reforma del aparato estatal de espionaje. Así, una vez más, Cristina enmarcó la muerte de Nisman en la guerra paraestatal desatada en los últimos años y que su gobierno falló en controlar.

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La futura Agencia Federal de Inteligencia que reemplazará a la SI, que a su vez sustituyó a la Side, retendrá gran parte de las funciones de su predecesora. Se le encomienda explícitamente involucrarse en investigaciones de delitos complejos. Al nuevo organismo le quitará el área de escuchas telefónicas: decidió transferírsela a la Procuración General. 

En concreto el monopolio de los secretos los tendrá la jefa de procuradora Alejandra Gils Carbó, mujer de su íntima confianza y que, dicho sea de paso, como jefa directa de Nisman, tampoco tuvo un gesto o pronunciamiento ante la tragedia de cara a la sociedad o a sus colegas. Al desarmar la vieja Side, la presidenta intentará el control político sobre un  organismo que es ayuda y, pesadilla a la vez, de todos los países del mundo. Los servicios de inteligencia le han traído problemas a Estados Unidos, a Latinoamérica toda. También a Europa, por supuesto. Porque son organismos con presupuesto propio, transnacionales, que manejan muchos secretos y a veces los agentes trabajan para sus intereses y no los de la nación para la que fueron contratados. Puntualmente en nuestro país se vuelcan al espionaje político y al interior del país cuando en realidad debieran proteger los intereses nacionales frente a los otros países para evitar, por ejemplo, otra Amia y la radicación de cárteles de la droga. 

Por voluntad propia, asesorada o por sentir la presión de la molestia generalizada que causó su comunicación con la sociedad vía Facebook, Cristina finalmente apareció y nos dejó su relato que, como sucede últimamente, se reduce a resaltar los logros de la gestión y a victimizarse frente a supuestos enemigos.  

Pasado este momento político veremos qué dice la Justicia sobre la muerte de Nisman, ya no con hipótesis sino con pruebas.

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