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El pueblo venezolano, entre la violencia y el desconcierto

25 de octubre de 2016 a las 12:00 a. m.

Venezuela está en el peor momento de su democracia: la decisión del Consejo Nacional Electoral de suspender el proceso de recolección del 20 por ciento de las firmas necesarias para convocar un referendo revocatorio contra Nicolás Maduro, deja sin salida legal al pueblo venezolano. No le permiten expresarse. No le permiten utilizar la única herramienta que hubiese podido ofrecer una salida pacífica al conflicto permanente  en que se vive producto de los desaciertos de un gobierno sobre el que, al fin, no pueden siquiera opinar.

De este modo, los partidos políticos que integran la Mesa de la Unidad (donde se reúne toda la oposición) y los hombres de a pie que no militan en ninguna organización política, pero que también quieren desesperadamente un cambio, ven cómo organismos que debieran ser independientes pero que están claramente ligados al gobierno, impiden que el pueblo venezolano se exprese mediante una consulta popular. Por eso afirmamos que se acaba de cerrar la única salida pacífica, democrática y constitucional que existe para sacar del poder al presidente. Y al mismo tiempo, la calidad de la democracia en ese país ha descendido a niveles más que preocupantes.

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En su momento, Hugo Chávez se expuso a un revocatorio en Venezuela en su segundo mandato y lo ganó. Reafirmó así su poder y siguió gobernando con una oposición golpeada. Pero Maduro, que tiene una muy menor estatura que el fallecido presidente, no puede arriesgarse. No solo por eso sino porque, a diferencia de las épocas de Chávez, hoy la economía está decrépita, sumida en las consecuencias de un populismo ilimitado.

Porque en esto nos parecemos mucho argentinos y venezolanos: mientras la economía era beneficiosa para amplios sectores, Chávez gozaba del voto de las mayorías, aun cuando no simpatizaran con sus ideas. Ahora, con la economía adversa, el discurso de Chávez encarnado en Maduro, no consigue más seguidores que los fanáticos.

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Maduro, que se sabe perdido en el terreno electoral, conoce las encuestas y está suficientemente enterado de que no goza del apoyo popular, y que, por el contrario, tiene un enorme rechazo que ronda más del 80 por ciento, ha decidido tomar al atajo de la ilegalidad, violando expresas disposiciones contempladas en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, para tratar de evitar lo inevitable: el fin de este régimen opresivo y corrupto, que no solo ha dilapidado la mayor riqueza que haya conocido el país en los últimos 100 años, que gracias al petróleo pasó de ser reducto turístico a potencia energética, sino que ha menoscabado la calidad de vida de 30 millones de venezolanos, obligándolos a vivir en la miseria y el desconcierto.

Maduro puede decir lo contrario en sus discursos, sus seguidores pueden defender a ultranza su relato, pero las calles de Venezuela hablan por sí mismas de cuál es la verdad: góndolas vacías, falta de medicamentos, carencias de lo elemental. 

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El presidente ha decidido poner sobre la mesa su última carta. La jugada, por cierto, huelga decirlo, ha sido burda y torpe. Ordenar a seis jueces penales del interior del país que dictaran sendas sentencias anulando la recolección del 1 por ciento de las firmas es la cosa menos inteligente que se les ha podido ocurrir. Estadísticamente hablando, la posibilidad de que seis tribunales produzcan el mismo día, a la misma hora, la misma decisión, es la cosa más improbable que existe en el mundo. Eso sólo puede pasar en Venezuela, donde el 70 por ciento de los jueces son activistas del partido de gobierno.

El gobierno de Maduro hizo todo lo que políticamente podía hacer para impedir el referendo y no lo logró. En paralelo, ha perdido mucho terreno electoral, seguramente tienen las encuestas de modo que ya sabe que no goza del apoyo popular. Por eso, comenzó con caminos alternativos para evitar dejar el mando, degradando al máximo la democracia, que empieza a hacer agua toda vez que el Gobierno ha decidido tomar al atajo de la ilegalidad, para quedarse en el poder, aun cuando la vida de 30 millones de venezolanos atraviesan por la miseria y el desconcierto, en medio de una sociedad que se vuelve cada vez más violenta, más insegura y con una economía devastada.

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Es importante que, a pesar de la desesperación y el hartazgo la oposición y los independientes venezolanos no caigan en la trampa de la violencia, porque siempre será mayor la que pueda ejercer el Estado. Sobre todo en un país donde ya hay presos políticos y no parece que Maduro vaya a detenerse si debiera encarar un baño de sangre si la oposición le da la excusa. 

Deberán tener temple realmente y en todo caso recurrir a los entes internacionales a fin de lograr apoyo sin llegar a la lucha cuerpo a cuerpo contra el Gobierno que tiene, como en todos los países, el monopolio de la fuerza y comenzará una suerte de guerra civil que traerá más dolor y sufrimiento a los venezolanos.

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Desde que comenzaron las protestas, el gobierno hizo todo lo que podía para impedir que se llegue a un referendo sobre la gestión de Nicolás Maduro. Desde anular más del 30 por ciento de firmas pidiendo que se llame a revocatorio diciendo que eran apócrifas, sin fijarse que denunciaron como falsas firmas de conocidos dirigentes opositores venezolanos, hasta reducir el número de sitios y los horarios para ir a estampar la firma. Y entremedio, miles de trapisondas más. Al fin, Maduro jugó su carta final: suspender judicialmente el referendo.

Y lo que surge claramente de todas estas acciones es que Maduro no quiere referendo, ni las elecciones regionales, ni el diálogo. Lo único que quiere es que lo dejen ser presidente los años que le quedan para gobernar y más si es posible.

Pero al mismo tiempo que el pueblo no debe caer en la trampa de la violencia, como dijimos, también debería recurrir al Parlamento Nacional que actualmente es el único organismo que Maduro no puede controlar, ya que la oposición ganó los comicios legislativos y tiene mayoría. Los legisladores no pueden permitir estos atropellos legales y dejar que el hombre de a pie deba enfrentarse a un poder que lo excede. Ellos representan al pueblo de Venezuela y como tales son quienes deben encabezar la resistencia de los ciudadanos. 

 

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Mientras todos estos juegos legales se suceden, que esconden en definitiva que la democracia está desapareciendo en el régimen venezolano, el hombre de a pie padece las escases de alimentos, la hiperinflación, la inseguridad, la violencia institucional. Todo en nombre de un régimen que, paulatinamente, va convirtiéndose en una dictadura habiendo nacido de una democracia.

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